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Irene Vallejo: “Para que la democracia sea saludable también tienen que serlo las palabras”

La escritora Irene Vallejo.

Karmentxu Marín

Experta en el mundo clásico, doctora en Filología por Zaragoza y Florencia, Premio Nacional de Ensayo 2020 por El infinito en un junco (Siruela), este libro la ha catapultado a un lugar en el que aún se siente apabullada por el tsunami que ha sido el último año y medio de su vida. Un ensayo y en pandemia. Y traducido a 30 idiomas en unos meses. 

¿Es mejor hablar de griegos y romanos que del personal actual?

Cuando hablo de griegos y romanos estoy hablando del presente. En realidad, lo que me interesa es reflexionar, a través de una perspectiva histórica, sobre cómo hemos llegado a ser los que somos, y afinar las reflexiones, porque muchas veces damos por hecho lo que ha sucedido como única opción y no es así, deriva de una serie de desarrollos históricos.

¿Qué clásico le produce más tranquilidad?

Me gusta leer a Heródoto, que es un personaje admirable, porque, siendo quizá el fundador del relato histórico y el padre de la disciplina, la practicó de una manera muy interesante, muy abierta. Fue un viajero, se codeó con pueblos extranjeros, nunca los miró por encima del hombro ni con superioridad, tiene algo de antropólogo, es capaz de darse cuenta de lo arbitrarias que son las costumbres y contempla los acontecimientos con una mirada que siempre intenta simpatizar con los demás. Me parece esperanzador que en aquella época mostrase una mentalidad tan abierta y tan desprovista de chovinismo. 

Tiene una especial predilección por el poeta latino Marcial. No sé si por ser su paisano. Ya en el siglo I, hablaba, y esto no ha cambiado, de lo caros que son los alquileres en Roma. Y más para él, que cobraría en sestercios.

Él viajó desde Hispania y se quejaba de lo dura que era la supervivencia en Roma, una ciudad carísima. Y era también sensible a los desahucios. Habla de cómo expulsaban a la gente de sus hogares y los veía vagar por la ciudad con sus ollas bajo el brazo. Como él venía de la provincia, pasaba apuros económicos y era precario de la literatura, siempre se queja de lo poco generosos que son los mecenas. A su manera, tenía una visión social de la realidad y nos proporciona muchísimos detalles sobre la vida cotidiana. Además, como era un humorista, utiliza los recursos de la ironía y el sarcasmo. 

Con esto de los desahucios y los alquileres, ¿cree que hoy Marcial sería de Podemos?

No lo sé [ríe], lo cierto es que Marcial era un personaje bastante contradictorio, muy incorrecto políticamente y en el fondo con muchas ganas de ser rico, de vivir bien, de conseguir prestigio y de que lo llamasen a la corte de los emperadores. Lo que tenía, y es muy refrescante, era mucha autocrítica y capacidad para reírse de sí mismo y de sus aspiraciones a la fama y al éxito, que la mayoría de las veces acababan mal y salía malparado y él mismo se convertía en materia de su sentido del humor. Pero no se trataba de un individuo que tuviera una mentalidad muy moderna en muchos aspectos, como la sexualidad o la forma en que se ríe de los defectos físicos. No cuestionaba muchos aspectos de su sociedad, en los que otros autores de la época se mostraban más avanzados. Pero él tiene esa parte humorística y cáustica que nos da otra visión. Es cierto que los que practicaban la sátira y el epigrama se reconocían más o menos como los indignados de la época. Juvenal, del que fue amigo, y él decían que escribían desde la indignación y en ese sentido tienen algo que ver con el 15-M. 

Marcial es un ejemplo de algo muy actual: la vuelta a casa, el retorno a la tierra. Tras hacer mucho la pelota a Tito y a Domiciano, cuando le desprecian Nerva y Trajano regresa a su Bílbilis natal, a Calatayud, a la vida rural, y se solaza en una propiedad campestre que le regala su novia, con la que también se solaza.

Tienen esa relación, sin duda, aunque nunca se dice expresamente. Marcial vuelve a su tierra, pero un poco sintiéndose obligado, porque se dio cuenta de que con el cambio de dinastía en Roma los emperadores lo asociaban con el antiguo régimen y no era una persona apreciada. Pidió un préstamo para volver a su tierra y llevar allí una vida más barata y seguir escribiendo. El último libro de los Epigramas lo escribe desde Hispania, desde Bílbilis, y allí habla de que duerme mucho más, a pierna suelta, tiene la vida solucionada, gracias a la generosidad de esta Marcela que parece que fue su mecenas y su amante. Pero también se queja y añora la ciudad. Y habla del colmillo, de las envidias en el pequeño mundo y echa de menos las conversaciones, las bibliotecas, la vida cultural, la vida de la urbe. Era un inconformista, un personaje muy humano y muy reconocible. Tiene también algunos rasgos que me divierten mucho y sirven para entender cómo muchas de las lacras y problemas que afrontamos hoy tienen un origen muy remoto.  

“Las palabras son aire movido por los labios”, dijo en su discurso del Premio Aragón este año. ¿No cree que lo que ahora mueve los labios más que aire es una tormenta, un tsunami? La gente está muy irritada.

Sí, sobre todo eso, está muy irritada, y creo que en democracia es muy importante hablar y debatir. Así se resuelven los problemas, hablando y pactando. En la antigua Grecia, cuando nació la democracia, hubo una especie de explosión verbal, que se manifiesta incluso en la literatura. Empiezan a florecer los géneros literarios, como los diálogos socráticos. La filosofía se vuelve diálogo, la historia incorpora discursos. En fin, todo se vuelca hacia una gran conversación y un amor por la palabra. De lo que tenemos que ser conscientes es que, para que la democracia sea saludable también tienen que serlo las palabras. La palabra es muy poderosa y todo lo que es poderoso puede serlo para hacer el bien o convertirse en algo muy perjudicial. Los sofistas de la Antigüedad decían que las palabras eran el tirano más pequeño que existe, porque pueden provocar miedo, felicidad, o transmitir alegría, contagiar odio. 

Desentierra y reivindica el papel de las mujeres en la historia de los libros y en la filosofía: Safo, Hipatia de Alejandría, Aspasia, esposa y mano derecha de Pericles. Pero ¿cómo ha llegado a Enheduanna, la sacerdotisa acadia que vivió en el siglo XXIII a.C.?

Una de las cosas que más me llama la atención es haber estudiado durante cinco años una carrera de Filología Clásica, con Historia antigua y Ciencias de la Antigüedad, y que nadie me nombrase durante todo ese tiempo a un personaje tan importante. Me la tuve que encontrar cuando estaba ya investigando en mi tesis, porque estaba especialmente interesada en el canon y en la presencia de las mujeres en el canon. Descubrí a este personaje tan fabuloso rastreando presencias femeninas en la literatura antigua. Es la primera persona –no la primera mujer, la primera persona– que firma un texto literario en la historia conocida y una de las primeras mujeres de la historia a la que conocemos por su nombre. Se trata de un personaje de gran envergadura, del que tenemos datos biográficos que la sitúan en el tiempo y muchas certezas, no como sobre Homero, que en realidad es un fantasma, una figura totalmente borrosa. Hay muchas mujeres que han escrito y de las que queda constancia de nombres y aportaciones, cuyo papel se oscurece, se olvida, se arrincona, y a las que no se les reconoce su rol importantísimo. Homero es un escritor –vamos a llamarle escritor, aunque sea de la oralidad–, un narrador, un creador del que todo el mundo ha oído hablar. ¿Por qué de esta sacerdotisa acadia nadie ha hablado? ¿Cómo puede ser una desconocida para el público culto? Muchas mujeres han escrito, queda constancia de los nombres y de las aportaciones, y se oscurecen. Es una falta de sensibilidad, diciéndolo amablemente. Porque son absolutamente pioneras.

El oscurecimiento no será casual.

Cuando estudias la historia y vas buscando los casos más significativos, descubres que en casi todas las épocas, incluso en las más misóginas, hay mujeres que han destacado y que en su momento han sido reconocidas. El problema es la posteridad. Tienden a perderse, a caer en el olvido en las generaciones siguientes. No tienen quien las reivindique y las meta dentro del canon, y quedan arrinconadas. Más difícil aún que llegar es permanecer. Por eso insisto en que resulta muy importante conocerlas y también llevar flores a su tumba, lo que quiere decir simbólicamente leerlas, estudiarlas, meterlas en los libros de texto, en los planes académicos, en los currículos, porque si no se pierden. Las mujeres creadoras pueden tener la sensación de estar empezando de cero, como si no hubiera antepasadas. Se trata de fortalecer una cadena y crear unos vínculos por los que las mujeres que creamos hoy intentemos no ser el olvido del mañana. Olvidar a personajes relevantes del pasado nos empobrece a todos. Y aunque ahora sintamos optimismo por todo lo que está pasando tenemos que ser conscientes de que todos los avances se pueden perder, que el progreso no es una línea constante.

No solo se han perdido en la Antigüedad.

No. Un caso muy interesante es el siglo XVI español, donde hubo grandes innovadoras, como Luisa de Medrano, que fue la primera catedrática universitaria mujer de toda Europa, y por tanto del mundo conocido, y es un personaje que ha caído en el olvido, al igual que muchas otras mujeres cultas de la época. También está Beatriz Galindo, llamada La Latina, que fue profesora de Latín de la reina Isabel La Católica y preceptora de sus hijas; Francisca de Nebrija, la hija de Nebrija, al que ayudó con su Gramática. Después de todas estas mujeres que fueron cultas, que estudiaron, que ejercieron incluso como profesoras universitarias en el siglo XVI, cae una especie de condena sobre las mujeres en la Universidad, y de nuevo en el siglo XIX hay que luchar otra vez para lograr que las mujeres puedan acceder a los estudios universitarios superiores o que puedan ser profesoras. Cuando Emilia Pardo Bazán consigue una cátedra de Literatura supone un acontecimiento. Los avances no garantizan una continuidad y hay que ser muy conscientes de eso para proteger todo lo que vayamos logrando y conquistando.

Cuenta que Alejandro Magno iba a todas partes con la ‘Ilíada’. ¿Se imagina a alguno de nuestros políticos tan bien acompañado?

[Ríe] No quisiera simplificar, porque me consta que hay políticos que leen.

Y se llevan la ‘Ilíada’ al Congreso.

Bueno, quizá no hasta ese punto, porque la relación que tenía Alejandro con la Ilíada era muy peculiar, y yo diría ahora que un poco quijotesca, porque soñaba con hacer realidad gestas que él había leído en la Ilíada. Era un libro en el que buscaba consejo, inspiración cuando tenía que tomar decisiones, y su deseo, en el fondo, era convertirse en un nuevo Aquiles. Dicho sea de paso, dejó bastante pequeño a Aquiles, porque lo que había hecho este era pasarse 10 años en el asedio de una ciudad y lo que hizo Alejandro Magno fue conquistar gran parte del mundo conocido. Alejandro tenía una relación muy peculiar con la literatura y esto explica algo de su ambición fabulosa. Pero a mí me interesaba insistir en que, junto al Alejandro Magno, que siempre nos lo han presentado, guerrero, estratega, estaba también el Alejandro cultísimo, discípulo de Aristóteles y enamorado de la literatura. Y esa faceta hay que destacarla también en Cleopatra, de la que siempre se habla solo por su presunta belleza física, porque no es lo que nos dicen las fuentes de la época, ya que parece que era una mujer atractiva, pero no físicamente muy llamativa. Era una fantástica políglota y además una mujer muy culta. A mí me encanta esa anécdota en la que Marco Antonio no sabe ya qué regalarle, porque tiene de todo, joyas, perlas, muebles, mansiones, vestidos, y lo que hace es regalarle libros, algo difícil de conseguir y que ella valoraba especialmente. Allí donde hay políticos cultos hay que destacarlo y ponerlo de manifiesto.

No todos los grandes lectores han sido benéficos. 

En El infinito en un junco también insisto en que han sido grandes lectores líderes que luego han resultado muy funestos, no vayamos a pensar que ser lectores nos inmuniza contra cualquier tipo de maldad o de crueldad, porque está claro que no es así. Que Mao fue librero, Hitler parece que era muy lector, Stalin fue poeta en su juventud… El amor por la literatura y el arte no nos salva de nada, pero…

A ver si leer nos va a sentar mal.

Bueno, yo creo que desarrolla la inteligencia que luego se puede utilizar para la represión y para poner en práctica tus ambiciones más desaforadas. Pero tampoco creo que eso hable mal de la lectura y de la literatura. Creo que los libros nos dan la oportunidad de desarrollar nuestra mente y de ponernos en la piel y en el lugar de otro, lo que no quiere decir que lo hagamos necesariamente, pero nos adiestra para ello. 

Usted encuentra el origen de internet en la Biblioteca de Alejandría.

Por supuesto, simbólicamente. En Alejandría fue donde aspiraron por primera vez a reunir en un solo lugar donde se pudiera consultar todo el conocimiento, las ideas, las ficciones y las imágenes. Y esa ambición, ese proyecto, es el que mucho tiempo después encontraría una versión mucho más etérea en internet. En Alejandría se suponía que de lo que se trataba era de reunir todos los libros y las mejores mentes de la época en el museo, una institución aneja a la biblioteca, donde los reyes de Egipto mantenían a los principales sabios, matemáticos, astrónomos, físicos, filólogos, escritores, y creaban allí una comunidad donde ellos convivían y se dedicaban a la investigación. Todo ese proyecto, que tiene algo de semillero de ideas o centro de investigación, unido a una biblioteca, creo que es algo muy moderno y ambicioso. Y creo que, mucho tiempo después, esa ambición ha acabado consumándose en esa gran Biblioteca de Alejandría que es internet y que aspira a ponerse al alcance de todos. Los propios desarrolladores de internet, como Timothy Berners-Lee, dicen que para ellos el modelo de organización de su estructura fue una biblioteca: la signatura, la ficha... que es un poco lo que hacemos con las direcciones URL, crear una dirección que sea el acceso a una página web. Se asemeja a identificar un libro o un documento con una signatura. Por eso piensa que la biblioteca e internet están profundamente unidos. Cuando las pantallas se ponen frente a los libros o las lecturas casi como si fueran adversarios yo insisto en que en su historia en realidad comparten raíces, objetivos, y que al final los libros y las pantallas están constantemente inspirándose unos a otros y tienen una relación mucho más creativa y mucho menos competitiva que lo que nos gusta destacar. 

¿Tiene la sensación de haberse convertido en un icono cultural?

Bueno [ríe], no sé si icono. Por pudor yo sería más prudente. Pero sí es cierto que me gustaría utilizar las posibilidades que tengo ahora desde el periodismo o las intervenciones públicas para defender una serie de ideas que creo que estaban quizá un poco huérfanas en el debate público: la sanidad pública, la educación, que es otro de mis grandes temas, las humanidades, los clásicos, el conocimiento de la historia, la filosofía. Me parece importante que haya una defensa pública de todos esos saberes y de todos esos logros sociales, porque, en el mundo que a mí me es más cercano, el de los profesores de Latín y Griego, había hasta hace unos pocos años una enorme sensación de soledad y de arrinconamiento, como si quienes aprecian y valoran esas disciplinas estuvieran en minoría y en retroceso. Y quizá es importante que esto aparezca en el debate público para que haya una especie de reagrupación, volvamos a sentirnos como una gran familia y cobremos conciencia de que quizá no somos tan pocos los que defendemos esta visión humanista de la sociedad.

¿Qué le preguntaría al Oráculo de Delfos? 

En realidad el Oráculo de Delfos era interesante como núcleo de intercambio de información. No estoy muy segura de que sea bueno conocer el futuro a ciencia cierta. Los griegos eran muy fatalistas con esto del destino. Claro, si conoces el destino, pero no puedes cambiarlo, en el fondo eres muy desgraciado. A mí me gusta pensar que el futuro está todavía por escribir y que no hay ningún oráculo que acierte. Pero sí que hay aspectos muy preocupantes del mundo en el que vivimos de los que me gustaría conocer la evolución en los próximos años, sobre todo de las cuestiones climáticas y de todo lo que se refiere al Estado del Bienestar y las garantías de la convivencia, el problema de los refugiados y las migraciones. Sí que me gustaría preguntarle al Oráculo de Delfos qué va a pasar con esta visión humanística del mundo, con las democracias, con los logros de la sanidad pública, que parece ahora estar tan amenazada y asediada. Si vamos a ser capaces de salvar lo que ya hemos logrado.

No sé si, bajo su imagen de supuesta fragilidad, hay una aragonesa de armas tomar.

[Ríe] Yo digo más bien de palabras tomar, porque no me gustan mucho las metáforas bélicas, a las que somos tan aficionados. Sí es cierto que tengo un aspecto frágil, pero me he curtido todos estos años sobre todo en los cuidados. Tuve que cuidar primero a mi padre, que sufrió un cáncer, y después a mi hijo. Y, a pesar de lo difícil que es en el mundo actual compaginar los cuidados con la vida profesional y las aspiraciones personales, porque normalmente hay que cuidar a costa de todo lo demás, asumiéndolo todo como costes personales, he conseguido escribir El infinito en un junco en unas condiciones muy, muy difíciles. El haber logrado terminarlo sin que eso haya significado descuidar a mi hijo y todo lo que implica la vida, la organización doméstica, y el haber sobrevivido a una prueba tan dura, de alguna manera me da confianza hacia el futuro. Lo que ha pasado con El infinito en un junco ha sido totalmente inesperado. Me hace pensar en esos momentos en los que la vida se vuelve tan dura y luego sorprendentemente tan pródiga y generosa. El haber pasado por esas experiencias y no haber tirado la toalla cuando la situación era tan dura me da una cierta confianza en poder afrontar los retos que vengan.

Ni el Oráculo de Delfos hubiera podido decirle que iba a ser traducida a 30 idiomas en poco más de un año.

[Ríe] Hubiera despertado mi más profunda incredulidad. No lo hubiera pensado, sobre todo con este libro, que no deja de ser un ensayo, que en general los editores, los libreros siempre te dicen que es un género que tiene un público muy fiel, pero minoritario. Había libros anteriores que ya habían dado pistas, como La España vacía, de Sergio del Molino, o antes Librerías, de Jorge Carrión. Pero en principio lo sensato es descartar que puedas conseguir un éxito con un ensayo. La verdad es que mis expectativas eran muy humildes. Pensaba, en el mejor de los casos, en una o dos ediciones, y eso ya lo consideraba un éxito [lleva 38 en castellano y seis en catalán, cinco en Portugal y Holanda, idiomas en los que se ha publicado hasta el momento]. La verdad es que ha sido sorprendente y más por haber sucedido en este momento tan complicado, en la pandemia, con las librerías cerradas y cuando la mayoría de las industrias culturales se estaban viniendo abajo, soportando una crisis y una tensión enormes. Sin embargo, la literatura parece que ha resistido. Los índices de lectura señalan que la gente ha dedicado mucho más tiempo a la lectura durante el confinamiento.Sorprendentemente, después de décadas diciéndonos que venía la gran hecatombe de la lectura, cuando ha llegado una catástrofe auténtica lo que hemos hecho es leer más y buscar refugio en los libros. Han sido una serie de fenómenos inesperados confluyendo. Y que El infinito…, que es un canto a los libros, a la literatura y al poder redentor del arte, haya sido un libro en el que mucha gente haya buscado refugio en estos momentos es sorprendente. Ningún oráculo hubiera podido predecir una cosa así. 

¿Cuál es su Ítaca?

Mi Ítaca es la lectura y la escritura, más allá de la familia. Yo siempre he leído, he pensado y me he dedicado a reflexionar y a escribir como una forma de felicidad. Incluso cuando, en una situación tan dura como fue ese periodo de hospitalizaciones de mi hijo, yo escribía este libro como terapia para mí, y era mi recreo, no lo hacía ni por la esperanza de publicarlo ni por pensar que de esta manera saldríamos adelante económicamente. Lo hacía porque me daba fuerzas para afrontar todo lo demás. Y eso lo he hecho así desde la niñez. Ya cuando sufría acoso escolar en el colegio me refugiaba en la escritura. Me hacía sentir más feliz y sobre todo más yo misma. Cuando parece que la realidad te intenta arrebatar partes de tu personalidad y de tu forma de vivir, seguir escribiendo era una forma terca, tozuda, de afianzarme en esas cosas que para mí son importantes. Y lo he hecho siempre, incluso antes de saber que lo de escribir se podía convertir en una profesión –o que podía ser mi profesión, porque a lo mejor no es para otros–. Me parecía difícil que lo consiguiera yo, porque no tenía antecedentes en mi familia de alguien que se hubiera dedicado a un trabajo así, y por mi procedencia social y las circunstancias que hemos vivido. Sin embargo continuaba, porque para mí era importante, es algo que me equilibra, que me sana, que de alguna manera considero terapéutico, y además que me hace feliz. Siempre reivindico que pensar es un placer, y que escribir, expresarse, supone una forma de intensificar la vida, no de huir de ella.

¿En qué página se encuentra de su propio libro? 

La verdad es que se trata de una página extraña, porque en el último año y medio la vida ha cambiado totalmente y ni siquiera sé distinguir qué es lo que ha cambiado por la pandemia, por esta situación tan extraña que estamos viviendo, y qué por el libro y por la proyección que ha tenido. Es una época de cambio que asumo como tal. Admito que la vida consiste en transformarse. Pero sí hay unas cuantas lealtades que a mí me importa mucho mantener a través de todas estas revoluciones que están pasando en mi vida, y en eso es en lo que me concentro. En no perder el contacto con todo aquello que ha sido importante para mí y que es de donde yo procedo: un cierto concepto independiente de la literatura, las cosas que yo solía hacer antes, el contacto con los institutos, con los estudiantes, con las bibliotecas rurales, con todo aquello a lo que me dediqué durante una década. Meter los libros en el maletero del coche y marcharme a hacer un acto en un colegio, en un instituto, en una biblioteca, en un club de lectura. Un poco como las Misiones Pedagógicas, que yo creo que reviven en estos trayectos de los escritores. Ahora realmente visitamos la geografía, vamos y venimos, estamos en los pueblos, en las pequeñas capitales, en las ciudades, vamos hasta los últimos recodos donde están los clubes de lectura. Es algo maravilloso, algo que a mí me hace sentir unida con ese pasado republicano de las bibliotecas, de la Institución Libre de Enseñanza, de La Barraca, de todos aquellos proyectos culturales. Y es algo a lo que quiero mantenerme unida.

*Esta entrevista está publicada en el número de junio de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

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