Por miedo. Es el resumen más preciso. Hace casi quince años que vivo amenazada por los ejércitos armados de México, los legales y los ilegales. No sé cuál es cuál. Ni yo ni nadie. No sé quién me entregaría a quién. Ni yo ni nadie. Pero entiendo que quieren cobrarse una ofensa. Y en su lógica, tiene todo el sentido del mundo. Pero en la mía, también tiene todo el sentido del mundo haber hecho lo que he hecho. Que es mucho más de lo que he podido contar. Aunque finalmente, y después de muchos años de silencio, pánico y una situación compleja que podría entenderse como delirio desde fuera de México, he decidido contarlo. No todo, porque todo no se puede nunca, pero sí una parte. Y no lo he hecho como un capricho, sino porque ahora puedo hacerlo. Desde hace muchísimos años he tenido que aprender qué puedo decir y cuándo, dónde puedo ir y dónde no, qué puedo hacer y cuántas, cuántas veces, debería quedarme quieta. No les gusto. Y lo entiendo. A mí tampoco me gusta que nadie hable así de mi casa. Pero es que nos la reventaron. Y nos dejaron, como dice un amigo poeta, “un país cayéndose a pedazos”.
En 2004 un narco cercano al Chapo Guzmán, ‘El Güero’ Palma, declaró la guerra al cartel que tuvo la osadía y el desprecio de matar a sus hijos pequeños tirándolos por un barranco y mandarle a él la cabeza cortada de su esposa (sí, es una escena de Seven, la película). Esa fue la primera vez que alguien declaró públicamente la guerra total. Había pequeñas guerras entre carteles que afectaban a colectivos muy definidos y siempre, o casi siempre, alejados de las ciudades. Pero la guerra, así, en el país, la primera vez que alguien la nombró fue ‘El Güero’ Palma, roto de dolor por el asesinato brutal de toda su familia. En 2006 también lo hizo el presidente de México. En aquel entonces era Felipe Calderón, y bajito como era pero vestido de militar, salió en televisión y le declaró públicamente la guerra al narcotráfico. Apenas unos meses más tarde unos periodistas de Estados Unidos entraron a hacer un reportaje sobre las nuevas medidas presidenciales y cuando le preguntaron si tenía un plan para combatir lo que estaba sucediendo en el país, respondió, literalmente: “Claro que sí, quiero ser Jack Bauer” (el protagonista de la serie 24 horas que tiene un búnker desde el que trabaja y que se parece a uno que el presidente mostró con orgullo a los periodistas extranjeros, como si fuera el secreto mejor guardado de la nación). Jack Bauer: un agente federal antiterrorista interpretado por el actor británico-canadiense Kiefer Sutherland. Eso también parecía un delirio. Dentro y fuera de México.
Casi de inmediato, como si la palabra guerra trajera consigo un peso y un óxido que no éramos capaces de entender, todavía no, ni de asumir (nunca), la violencia, como un monstruo que crece, comenzó a acercarse a todos nuestros cuerpos. Y cada uno y cada una de nosotras tuvo un resorte que la involucró. El mío fue el asesinato de mi amigo Manuel. Un vendedor de tomates al que mataron de una forma horrible y probablemente lenta de la que no quiero hablar porque el dolor debe permanecer en la intimidad del amor. Y no podemos, como decía el filósofo Theodor W. Adorno, sentir morbo por la carne. Pero a su manera incomprensible y demencial, nos mataron a Manuel. Yo ya había visto morir a otros periodistas (que han sido y siguen siendo el colectivo más amenazado en esta guerra contra el narco que Netflix se empeña en embellecer; qué asco). No yo, sino todos nosotros, todas nosotras. Pero la guerra no es una masa compacta, sino un espacio al que se entra paulatinamente y que no afecta a la vez a toda una ciudadanía por igual y se va moviendo como una masa sin forma que devora todo a su paso. Y sin embargo, también aquí, tristemente también en una situación así, hay clases sociales, hay zonas geográficas y hay edades más destinadas que otras a ser las víctimas de esta guerra contra el narco que parece no acabar nunca. Yo soy una de esas víctimas. Me ha costado años asumirme como víctima de la guerra del narcotráfico de México porque estoy viva y relativamente sana (el cuerpo que ha entrado en una guerra nunca sale indemne, nunca). Pero lo soy. Y decirlo me parece hoy (y desde hace mucho tiempo, porque hace tiempo que ellas mismas me lo enseñaron) respetuoso hacia las víctimas (que deberían ser las auténticas protagonistas de estas series que tienen millones de seguidores alrededor del mundo y que no dicen las cosas como son, no cuentan el miedo como esta daga afiladísima que es, no hablan del pánico social que llevamos atravesado en el estómago, la pérdida familiar de la que no nos reponemos, la tristeza infinita de ver cómo tanto se nos hace tan poco, cómo se está quebrando lentamente nuestra casa). Sin nada que parezca capaz de detener este movimiento destructor (que lo hay, tiene que haberlo, no nos cansamos de buscarlo, sobre todo, en las palabras). Y sí, digo mi país, porque hace años que me asumí como mexicana y es una decisión que me sostiene. El resumen más corto para explicarlo no es mío, sino de Chavela Vargas: “Las mexicanas”, dice Chavela, “nacemos donde nos da nuestra rechingada gana”; y ella nació en Costa Rica y yo nací en Barcelona.
Es el país que asumo como propio, que me acuna como propio, que me expulsa ahora como propio. Pero ocurra lo que ocurra, siempre es casa. Ha cambiado tanto desde que comencé a vivir allá que a veces todo parece haber sido un sueño, o una novela perfecta que habla de una juventud maravillosa en un país único y extraordinario. Hoy, profundamente triste. Contó la Universidad de Juárez las personas afectadas por la guerra, aunque desde dentro no le llamamos guerra sino la cuestión, la situación, lo que ocurre, lo que está pasando, todo esto. Del mismo modo que hemos tenido que aprender a cambiar muchas palabras por otras. No decimos narco sino el patrón y no decimos cocaína sino mercancía o incluso frijol. Todo se ha transfigurado y tiene otro sentido. Los narcos tienen sicarios que son desechables, como si fueran de juguete. No cuentan el dinero, sino que lo pesan porque ganan demasiado. Y los guardan en sacos mujeres y hombres desnudos y encerrados en búnqueres para que no roben nada –como si se atrevieran– y a los que dan una comida diaria.
Sus familias buscan a todas estas personas. Y ellas sí son personas alucinantes. Nadie. Nadie me ha enseñado tantas cosas sobre la bondad, la dignidad y la decencia. Nadie tan persistente, tan amoroso, tan luchador, tan constante, tan esperanzado y abatido, tan asustado y combativo como las víctimas de una guerra. Sobre todo, sobre todo, las mamás de México que buscan a sus hijos e hijas desaparecidas en todo el país. Depende de quién cuente, son entre sesenta y doscientos mil. No podemos saberlo (ni queremos aventurarnos a reducir nuestro dolor a una cifra porque no es medible, es devastador). Por ahora, además, no podemos abrir fosas comunes ni catalogar los huesos ni hacer pruebas de ADN. O no masivamente, como se está haciendo en lugares como la Argentina, por ejemplo, desde hace casi treinta años. Y no podemos hacerlo porque la guerra no ha terminado.
Por eso no he podido ir a la FIL. Porque estoy amenazada de muerte y hace años que vivo en consecuencia de esta flecha que no deja nunca de apuntarme. En Europa mi vida está a salvo. Pero yo siempre quisiera estar ahí. No en la FIL, sino en casa. En México. Mantener intacta mi voluntad de ayudar y combatir esta guerra. Pero el Gobierno me lo impide, mi cuerpo está agotado y nadie parece darse cuenta de que México está siendo el epicentro de una guerra global donde lucha el capitalismo extremo contra el capitalismo extremo. Lo dijo Saviano: es el gran laboratorio global de la guerra por el dinero. No hay bandos ni ideologías ni metas. Solo hay dinero. Y yo sé que tengo un precio. Lo entendí hace muchos años. Probablemente más caro que muchas otras personas (por todo eso de las clases sociales y las nacionalidades y las diferencias que nos marcan siempre), pero tengo un precio. Por eso no he ido a la FIL con un vuelo doméstico desde la Ciudad de México, como he estado haciendo durante muchísimos años de mi vida y que es como me hubiera gustado ir. Como había ido siempre, no como catalana, sino como mexicana. Pero hace diez años que no piso la Ciudad de México y he logrado salir viva de una guerra. Dos datos íntimamente incomprensibles, pero también una responsabilidad tremenda, que asumo.
*Lolita Bosch es escritora y activista. Fundadora de la asociación Nuestra Aparente Rendición y del Campus Lolita. Su último libro es ‘Una vida normal’ (La Campana, 2025).
Por miedo. Es el resumen más preciso. Hace casi quince años que vivo amenazada por los ejércitos armados de México, los legales y los ilegales. No sé cuál es cuál. Ni yo ni nadie. No sé quién me entregaría a quién. Ni yo ni nadie. Pero entiendo que quieren cobrarse una ofensa. Y en su lógica, tiene todo el sentido del mundo. Pero en la mía, también tiene todo el sentido del mundo haber hecho lo que he hecho. Que es mucho más de lo que he podido contar. Aunque finalmente, y después de muchos años de silencio, pánico y una situación compleja que podría entenderse como delirio desde fuera de México, he decidido contarlo. No todo, porque todo no se puede nunca, pero sí una parte. Y no lo he hecho como un capricho, sino porque ahora puedo hacerlo. Desde hace muchísimos años he tenido que aprender qué puedo decir y cuándo, dónde puedo ir y dónde no, qué puedo hacer y cuántas, cuántas veces, debería quedarme quieta. No les gusto. Y lo entiendo. A mí tampoco me gusta que nadie hable así de mi casa. Pero es que nos la reventaron. Y nos dejaron, como dice un amigo poeta, “un país cayéndose a pedazos”.