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¿Y si apagamos internet?

Fotografía tomada por el escritor Jon Tyson en la ciudad de Nueva York.

Esther Paniagua

Vivimos en el móvil. Agazapados y sumergidos en la pantalla que nos conecta con el más allá y nos desconecta del más acá. En solo una década, hemos pasado de caminar con los cinco sentidos, de observar a nuestro alrededor, de mirarnos a la cara y de prestarnos atención, a movernos cabizbajos y ausentes de la realidad presencial. Incapaces de despegar los ojos de las interfaces tecnológicas más de cinco minutos.

Descuidar a amigos y familiares, ser deshonestos con los demás o abandonar actividades placenteras se encuentran entre la lista de efectos de la traslación de la propia existencia al mundo conectado. Vidas mediadas por los omnipresentes teléfonos inteligentes, que se han convertido en una compañía constante, en una presencia persistente.

Estos dispositivos son ya una extensión del ser, tan íntimamente parte de nosotros que el cerebro los trata como un pedazo del propio cuerpo. La posibilidad de una vida sin pantallas se convierte en una pesadilla. Sería como desmembrarnos. No podemos renunciar a vivir sin ellas. De igual modo, la idea de una desconexión permanente de internet, de un apagón, se convierte en distópica.

Es una realidad que no ha pasado por accidente: lo que nos ofrecen estos dispositivos está diseñado para engancharnos y persuadirnos. Para acaparar nuestra atención y, como consecuencia, sustraerla de todo lo demás. Que una persona se concentre en su dispositivo móvil, ninguneando a quienes le rodean y a su entorno, resulta ya de lo más normal. Hasta le hemos puesto nombre: ningufoneo (del inglés phubbing).

¿Qué nos dan estos dispositivos que supla la realidad carnal e incluso sea preferible a ella? En realidad, lo mismo pero multiplicado: un bucle sin fin de recompensas sociales superficiales que hacen liberar dopamina a nuestro cerebro, y desear más y más. Alimenta nuestra necesidad de conectarnos con otras personas, que puede superar incluso la necesidad de comida.

Los tipos de interacción que ofrecen las aplicaciones conectadas son muy variados. No todos resultan positivos, aunque a pesar de ello siguen siendo fuente de interacción y suman igualmente puntos en la liberación de dopamina. Sin embargo, en la búsqueda de socialización hay una recompensa más fuerte, la que alimenta nuestro sentido de pertenencia, de ser parte del grupo. 

Las plataformas online pueden contribuir a la sensación de integración social. También generan la percepción de tener multitud de amigos. Pero se trata, en la mayoría de los casos, de una simple agregación de contactos que no reemplazan las amistades íntimas auténticas. Se enmarcan en la instantaneidad y sus vínculos son frágiles. Por ello acaban generando sensación de vacío: de soledad entre la multitud. Se busca pertenencia, pero lo que se obtiene es una popularidad efímera en base a “me gustas” o a comentarios vacíos.

Las redes sociales pueden ser un buen complemento del contacto humano, pero no un sustituto. Además, tienden a reforzar conductas antisociales. Es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no es necesario cultivar habilidades sociales. No es necesario involucrarse en ningún diálogo con personas que piensan de forma diferente ni esforzarse por ser razonables. Facilitan el individualismo y el distanciamiento del otro.

Ahí, en el ciberespacio, nada condiciona nuestras decisiones egoístas. Siempre hay algún grupo que se alinee con un gusto o idea específica. Por tanto, no se nos requiere capacidad de negociación, ni compromiso, ni autocuestionamiento. Peor aún: esta realidad salta de las pantallas al mundo físico y se traslada a los modos de relacionarse en él. Se condicionan y predefinen las interacciones para eliminar las posibles fricciones y evitar el diálogo incómodo.

Internet sabe cómo universalizar, no cómo llegar a la raíz de las comunidades locales. Y esa generalización amplifica la fragmentación del acceso al conocimiento, lo que a su vez fractura el tejido social. Es difícil construir una sociedad con personas que comparten diferentes entendimientos del mundo que les rodea.

Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿sería deseable —en términos sociales— que desapareciera internet? ¿Es acaso posible? Desde el punto de vista tecnológico, un apagón total de la red de redes es plausible. Un ciberataque, un fallo técnico o un error humano como el que desconectó a la familia Facebook de la red global el pasado 4 de octubre podrían provocar una caída masiva. También podrían hacerlo, con un mayor impacto, otros eventos como un ataque de pulso electromagnético o una tormenta solar.

Un apagón intencionado también podría darse. De hecho, muchos países se han desconectado de la red de redes total o parcialmente, de forma temporal o permanente. Desde el punto de vista social, cabe preguntarse entonces, ¿y si lo apagáramos? ¿Y si decidiéramos colectivamente dar un paso atrás y deshacernos de la red de redes?

Liberación para unos, tragedia para otros. La vuelta a la caverna, tal vez. O el momento del reencuentro. Hay quienes creen que un apagón generalizado es la única salida a su adicción a estar conectados, o la única forma de librarse de la explotación laboral a la que se ven sometidos por la conectividad permanente. Ven la caída de la red de redes como un alivio.

¿Y cómo sería esa vida postinternet? Inicialmente, una caída de internet tendría consecuencias catastróficas, dado que todo está conectado. Un apagón voluntario también sería altamente problemático, caótico y traumático. Pero, tras superar el desastre, ¿sería nuestra vida mejor? ¿Hablaríamos de una nueva Era del acercamiento?

Tal vez en ese escenario postinternet volveríamos a conectar con nuestras comunidades locales, al cara a cara, a retomar la participación en actividades sociales y familiares presenciales abandonadas, a una mayor vinculación de los jóvenes en la participación comunitaria, a cultivar las relaciones de proximidad y a dejar atrás las altas tasas de segregación y de aislamiento físico.

Pero, ¿de verdad estamos dispuestos a renunciar a uno de los mayores inventos de la humanidad? Una herramienta cuyo acceso se ha convertido en un derecho fundamental; que nos ha conectado al mundo y al conocimiento; que nos enriquece culturalmente; que ha permitido revoluciones como la Primavera Árabe o movimientos contra violaciones de los derechos humanos que han salvado vidas; que nos facilita la existencia y el día a día, y que ha generado empleo y prosperidad económica (eso sí, con un impacto muy desigual debido a sus derivas monopolísticas).

Una herramienta que durante la pandemia nos ofreció una salida contra el aislamiento físico; que da cabida a cualquier minoría y ayuda a mitigar el sentimiento de marginación, y que —al tiempo que facilita la explotación y el aislamiento social— propicia iniciativas para combatir la soledad; que, bien usada, aumenta nuestro capital social: el alcance de nuestras conexiones con los demás y el grado de confianza, cooperación y compromiso cívico.

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Reducir nuestros problemas a internet, echarle la culpa de nuestros males sociales, es la respuesta fácil. El problema es que —como suele pasar— no nos encontramos ante un problema tecnológico, sino social, político y de gobernanza. ¿Vamos a renunciar a internet solo porque no sabemos gobernarlo? ¿No sería mejor trabajar por crear espacios digitales y físicos más cohesionados, cívicos y democráticos? Es la propuesta que hago en mi libro Error 404, recientemente publicado. La respuesta a esa retórica pregunta es “no, no lo estamos”. Y, si un día un ciberataque tumba la red de redes, volveremos a crearla.

*Esther Paniagua es periodista especializada en ciencia y tecnología, profesora y autora de ‘Error 404 ¿preparados para un mundo sin internet?’ (Debate, 2021).

*Este artículo está publicado en el número de noviembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

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