Thomas Bauer: "Solo hay dos papeles en el capitalismo actual: consumidores y competidores"

El profesor de la Universidad de Münster sostiene que Internet solo ha provocado el intercambio entre los miembros de un grupo claramente delimitado.

Carmen Rosa

Berlín —

Vivimos en un mundo repleto de opciones. Infinitas alternativas de ocio dentro de las plataformas de streaming y las redes sociales nos acercan de manera inmediata a las últimas tendencias en música, moda o arte de todos los rincones del planeta. Sin embargo, esta supuesta variedad, fruto del bien engrasado sistema capitalista, no implica diversidad, sino más bien todo lo contrario. Para el alemán Thomas Bauer, arabista e islamólogo de la universidad de Münster y autor del ensayo La pérdida de la ambigüedad (Herder Editorial), la tendencia dominante es la de una alergia a todo lo que huela a ambigüedad, un rechazo a lo que admita varias interpretaciones. Esta intolerancia casi física a los tonos grises provoca que todos consumamos lo mismo dentro de nuestras pequeñas y bien definidas burbujas, y alcanza su grado de influencia más peligroso cuando impregna la política o la religión. Ahí los extremos, los blancos y negros, ganan fieles rápidamente y polarizan un mundo abocado, según el autor, a llenarse de personas máquina programadas para ser fiables consumidores y huir de la tan necesaria e incómoda ambigüedad.

¿Por qué la tendencia a huir de la ambigüedad es hoy más fuerte que nunca?

El capitalismo, especialmente en su forma neoliberal, ha provocado que las personas solo desempeñen dos roles principales: el de competidor (en el trabajo) y el de consumidor (en el ocio). Ambos son egocéntricos y, en el sentido literal de la palabra, asociales. Esta fijación por el yo va mucho más allá de lo que se entiende por individualismo, y nunca ha existido algo parecido en la Historia. El resultado es la absurdasobrevaloración de la identidad que hoy impregna todos los ámbitos de la vida. Ya no es sólo el sexo lo que es identitario, sino también la comida: eres un vegetariano o vegano declarado, o lo contrario, un carnívoro confeso. En ciertos ambientes, cada acción está controlada por una especie de censor de la identidad: “¿Es eso coherente con mi identidad?” “¿Soy realmente eso?”.

En su libro menciona muy por encima las redes sociales, pese a que tienen claramente un papel en esa unicidad del mundo que denuncia en su ensayo.

Todos los medios, incluso el cine y la televisión, surgieron (o fueron anunciados) como promesas de democratización. Se dijo que con ellos se eliminarían los obstáculos, y todo el mundo podría, por ejemplo, ver una ópera sin barreras físicas. Pero esto ha sucedido solo de manera muy limitada. De hecho, hoy cualquier persona puede acceder a una amplia variedad de bienes culturales, pero esto no ha aumentado el valor de la obra porque lo que se consigue es que uno se contente con un sustituto electrónico de la obra real. Aún más alarmante es la tendencia a hacer una y otra vez lo mismo que hacen todos los demás. Aunque existan infinidad de posibilidades para poder hacer cosas distintas.

Así que Internet no ha traído la variedad prometida, sino más bien la uniformidad en el consumo.

Ya ocurría cuando solo había televisión y no Internet. Todo el mundo quería ver el mismo programa que veían los demás. Pero al menos aquello te servía para tener un tema de conversación con los compañeros de trabajo al día siguiente. Hoy, en cambio, la supuesta diversidad de contenidos lo que provoca son burbujas. No aumenta el intercambio entre todos, sino el intercambio entre los miembros de un grupo claramente delimitado. Además, dentro de cada burbuja ese contenido no tiene rivaly, por lo tanto, pierde todo grado de ambigüedad o la opción de adquirir diferentes interpretaciones. El fenómeno del influencer está muy relacionado con eso. También en el ámbito político, los nuevos medios han contribuido más a la consolidación y radicalización parcial de los grupos que al intercambio democrático dentro de la sociedad en su conjunto.

Usted menciona tres posturas dominantes en las que se apoya esta reticencia a lo ambiguo: solo admitir una verdad, el rechazo a la Historia y el elogio a una supuesta pureza. ¿En qué medida es el nuevo auge del populismo en política un resultado de todo esto?

La democracia me parece la única forma de gobierno que, en este mundo tan complejo, todavía permite la ambigüedad. Porque en ella aun se discuten públicamente posiciones contrarias y se toman decisiones mayoritarias que no pretenden ser definitivas. Pero la democracia no está a salvo. Por un lado, por supuesto, debido al populismo, pero también debido a esa tendencia a que cada vez menos visiones realmente diferentes del mundo estén representadas en el Parlamento. Incluso si los partidos enfatizan sus posiciones de izquierdas o de derechas, por lo general la corriente mainstream que domina es la liberal y la que apoya al mercado. Aún más preocupante es la influencia que tienen las grandes empresas, como las corporaciones digitales, en las decisiones democráticas.

El capitalismo se beneficia de esa alergia a la ambigüedad. ¿Son las sociedades con mayor tolerancia a la ambigüedad menos productivas?

En su interesante libro Anticatolicismo, Manuel Borutta explica muy bien cómo en el norte de Europa, en los países protestantes, se miraba de un modo colonialista a Oriente y también a los católicos del sur de Alemania y del sur de Europa. Esas regiones europeas eran consideradas el Oriente interior. Se las percibía como atrasadas, su gente era indisciplinada, desordenada e improductiva, y la religión parecía ser más importante para ellos que el trabajo. Sin embargo, más allá de esos clichés, hay pocas dudas de que Baviera y el Mediterráneo toleraban más la ambigüedad que Prusia o la Inglaterra victoriana. Igualmente, no se podía negar que Inglaterra y Prusia eran más productivas y, si nos fijamos sólo en la riqueza material, también eran más ricas que el sur católico y que el propio Oriente. Aunque también se afirmaba que la gente de los países atrasados no era infeliz, sino tal vez incluso más feliz. Pero eso no contaba. Todavía se pueden encontrar rastros de esta actitud, pero mi consejo siempre es que en los países árabes, que conozco bien, no se mire solo a sus sistemas, a menudo totalitarios, que ciertamente no toleran en absoluto la ambigüedad, sino que se observe a las personas.

¿Es la edad un factor determinante a la hora de tolerar más la ambigüedad en nuestras vidas?

No, la clave no es la edad. Es más una cuestión de generación. El mundo se está volviendo cada vez más organizado, disciplinado, acelerado y enfocado en la eficiencia. La Universidad es un buen ejemplo porque allí la formación ha ocupado el lugar de la educación. Apenas se investigan temas diferentes y originales antes de decidir un tema final de estudio. A los estudiantes se les guía deliberadamente hacia el área en la que (a menudo solo en teoría) tiene las mejores oportunidades laborales. Luego, durante un tiempo que no debe alargarse demasiado, se les conduce por asignaturas específicas, se les exige que acumulen créditos y se les evalúa más a menudo que nunca en la historia de la Universidad. Como uno ya no puede o quiere poner más resistencia, acaba adaptándose. Esa manera de estudiar pasa a formar parte de su mentalidad y hace que también en el resto de ámbitos de su vida quiera conseguir librarse de

toda ambigüedad.

En su ensayo afirma que encasillar la sexualidad en categorías estrictas resta cierta libertad y aumenta la homofobia. Sin embargo, conceptos como ‘no binario’ abrazan la ambigüedad.

El proceso de emancipación por parte del movimiento gay fue necesario para romper las estructuras represivas. Para ello, era importante que las personas se etiquetaran con términos como “homosexual”, “gay” y “lesbiana”. Las regulaciones legales para las personas intersexuales (que ya existían en la ley islámica en el siglo XIII) son esenciales. Pero hoy el esfuerzo por categorizar ha hecho que florezcan una enorme variedad de tipos de identidades. Casi parece que uno pudiera elegir su identidad de un catálogo (es decir, en las redes sociales). Pero si se elige una de ellas, la ambigüedad se elimina de nuevo. Sería ambiguo si uno pudiera ser de cualquier manera en cualquier momento sin necesitar darle un nombre todo el tiempo.

¿Qué significa para usted ser auténtico?

No me gusta ese término cuando se aplica a las personas. Después de todo, un criminal también es auténtico cuando comete sus crímenes. El objetivo debe ser convertirse en una persona que forme su propia personalidad a través de la educación, la decencia, el compromiso social y el respeto a los otros. Si todo esto se convierte en una parte integral de su personalidad y entonces se le llama auténtico, entonces para mí el término tendría algo positivo. Hoy, sin embargo, ser auténtico a menudo solo se aplica a personas que viven su supuesto “verdadero yo” sin filtros, que simplemente “se dejan llevar” tal y como son. La cortesía, por ejemplo, es considerada por muchos

Muchas personas se implantarían algo en el cerebro para suprimir la amibigüedad de sus vidas

como algo no auténtico, porque dices algo diferente de lo que sientes. Este tipo de autenticidad es fomentada en una sociedad capitalista, que prefiere al consumidor auténtico, idealmente insaciable, al ambiguo, educado.

Como experto en religión islámica, usted afirma que actualmente solo existen los extremos en la religiosidad: o fundamentalismo o ateísmo. ¿Cuál sería el punto medio ideal?

Habría tres caminos para ese punto medio. Una religiosidad domesticada por las dudas sobre la fe, una religiosidad que acepta alegremente la ambigüedad de los textos y las paradojas de las doctrinas de la fe, y una religiosidad orientada hacia la cohesión social.

¿Y cómo sería un mundo en el que las personas dieran totalmente la espalda a la ambigüedad? ¿Cree realmente que la inteligencia artificial traerá esa realidad?

Al final de mi libro profetizo sobre la persona máquina, que llegará si, como todo apunta, la tolerancia a la ambigüedad sigue cayendo. Con eso no me refiero a máquinas que reemplacen a los humanos, sino a humanos reales que felizmente se conviertan en máquinas. Hoy en día las personas son más disciplinadas y organizadas que nunca antes en la Historia de la humanidad. Muchos se despiertan a la misma hora todos los días, luego van a su trabajo habitual antes de entregarse a los mismos placeres de consumo. Visten la misma ropa y todos se van de vacaciones al mismo tiempo, para hacer, otra vez, todos lo mismo. Así que no necesitas máquinas para convertirte en una persona máquina. Las máquinas ayudan, pero la tendencia hacia la gente máquina nace de las propias personas, de un cambio profundo de mentalidad, que también se refleja en el entusiasmo con el que muchos convierten sus casas en hogares inteligentes y ceden el control de sus vidas voluntariamente. Sin duda, muchos se querrían convertir aún más en máquinas y, si pudiesen, se implantarían algo en el cerebro para suprimir muchas de las ambigüedades que llenan su vida. En cualquier caso, la tendencia es clara.

¿Qué se puede hacer para evitar este futuro?

Actualmente no veo que existan recetas con alguna posibilidad de éxito. El capitalismo no será abolido en el corto plazo, y el poder de las grandes corporaciones no se resquebrajará tan rápido. Sin embargo, yo siempre abogo por impulsar las materias escolares que tratan temas ambiguos, como la literatura, la música y el arte. También de la Historia se puede aprender mucho acerca de la ambigüedad. Pero estas son precisamente las asignaturas que poco a poco se van recortando de los currículos escolares. Estar ocupados con cosas bonitas e inútiles quizás nos ayudaría a ser un poco menos diligentes y aplicados.

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