Ida y vuelta

Contigo adonde vayas

Cartela de la sección Ida y vuelta, de veranoLibre 2021.

Lara Moreno

No sé por qué se me hace extraño darme cuenta de que el único sitio al que he regresado alguna vez, en puridad, con todo mi alijo (mis maletas, mis cajas, mis enseres), ha sido Madrid. Quizá también podría decir que es el único lugar del que todavía no me he ido. Estas dos afirmaciones parecen contradictorias, pero no lo son, o no lo son del todo.

Es cierto que Madrid es el lugar al que regresé sin haberme ido porque no llegué a salir de sus límites territoriales. Solo me mudé de la ciudad al campo. Más tarde, solo volví del campo a la ciudad. Pero era el campo de Madrid, misma comunidad autónoma. No es una gran escalada, hay que reconocer. También es cierto que para una andaluza de provincias como yo, la gran partida será siempre haber dejado el lugar donde creció, donde se crio, y sin embargo esa huida queda ya tan desdibujada en el tiempo, tan falsamente natural con el paso de los años, que no parece una grieta. No parece, en ningún caso, un movimiento migratorio. Aunque técnicamente lo sea. Uno, por supuesto, voluntario.

Yo fui a la universidad y perfectamente pude haber elegido otro destino vital sin salir de mi comarca. Con un poco de esfuerzo y determinación habría podido estudiar unas oposiciones, por ejemplo, y haberme quedado cerca de mis mayores, que seguro me lo habrían costeado e incluso agradecido. Los motivos por los que no elegí esa opción, por los que decidí irme a vivir a la capital del reino cuando acabé la carrera, son a todas luces un privilegio. Claro, en mi tierra no había posibilidades de dedicarme a lo que yo quería. Por eso me fui. Pero ¿a qué quería dedicarme?, ¿acaso lo tenía claro con veinte años? Que luego todo resultara más fácil o más difícil, teniendo siempre sobre la mesa la opción de volver, es lo de menos.

Los motivos por los que decidí, cuando llevaba ya unos años viviendo en el centro de la gran urbe, mudarme a una pequeña casa en la sierra, cerca del puerto de la Cruz Verde, con una amiga, eran también un privilegio. Uno más grande aún. Teletrabajaba, así que podía hacerlo desde aquella montaña, y buscaba por aquel entonces la tranquilidad de un jardín (hoy día no se me ocurre mayor lujo que este), porque deseaba sacarme de encima el ruido para escribir. Todavía en ese momento no sabía que el ruido tiene más que ver con el tiempo que con el sonido y que también en aquel paraje detenido, adonde no había nada (apenas un bar, una carnicería, un desavío), debería luchar con uñas y dientes contra la hecatombe de las condenas laborales para sacar un rato de escritura limpia, para liberar mi mente del bullicio. Porque la rueda de ratón también irá contigo adonde vayas.

Los motivos por los que decidí, cinco años después, regresar a la urbe y dejar atrás la sierra de Madrid responden quizá a aquello que llaman cohesión social y reto demográfico. Volví porque, tras haber recorrido en coche, a ciento cuarenta kilómetros por hora, la distancia que separaba mi casa en el campo de un hospital decente, con mi hija convulsionando en el asiento de atrás en los brazos de su padre, le cogí miedo a las montañas. Volví porque, tras haber tenido a mi hija, por aquel entonces un bebé, ingresada en el hospital de La Paz durante varios meses, le cogí miedo al aislamiento. Aun así, conté con el privilegio de volver. Y la ciudad, inmensa en sus aristas, hospitalaria en su dolor como ninguna, nos recibió, otra vez, con los brazos abiertos. Con esa forma de abrir los brazos que tienen las ciudades solo para algunas personas. Para las que quieren porque pueden.

A mi ciudad, la de las oportunidades, la he visto enseñar los dientes desde que empezó la pandemia. He visto sus tentáculos de cemento y grisura, y aun así los he mirado desde un castillo de cristal. He sentido el ruido tenebroso de su silencio, cuando no era posible caminarla, y veo ahora cómo se oscurece cada vez más, cuando tu médico de cabecera no te da cita en los próximos catorce días, ni en los catorce siguientes.

A mi ciudad, la de las oportunidades, acude cada día gente desde distintas partes del mundo, buscando algo que todavía no ha encontrado porque seguramente no exista. A mi país llegan, arrastrándose por la orilla quienes consiguen mantenerse con vida, personas de otros mundos que no llevan entre los dientes un billete que les permita volver cuando no sean bien recibidos. Volver, cuando se haga de noche, cuando se apaguen las luces, cuando la fiesta, por fin, se haya acabado.

Yo, en realidad, no me he ido nunca de ningún sitio. Porque puedo permitirme el lujo de pisar con nostalgia cada camino recorrido. De buscar, incansablemente, el reloj detenido que me permita sentarme a escribir, por ejemplo, estas palabras. No importa dónde.

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Lara Moreno es escritora. Su último libro es Tempestad en víspera de viernes (Lumen, 2020), que recoge su poesía completa. 

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