Viajar por el arte

Al monte Fuji con la pintura

'La gran ola de Kanagawa', de Katsushika Hokusai.

Sara Gutiérrez | Eva Orúe

El mes de enero del calendario que la Oficina de Turismo de España en Tokio creó para 2020 venía ilustrado con una imagen del Teide. La fotografía mostraba el Parque Nacional con el pico al fondo y la Corona Forestal en primer plano, así como parte del Valle de La Orotava, una imagen “que permitirá a aquellos que la vean considerarlo como el Fuji españolFuji español, con el que El Teide guarda importantes similitudes”, según se explicó.

El Teide, en el mes de enero del calendario de la Oficina de Turismo de España en Tokio para 2020.

El Fuji (3.776 metros de altitud) es el monte más alto de la isla de Honshu y de todo Japón; el Teide es apenas más bajo (3.715 m), y reina sobre Tenerife. Ambos son volcanes.

Más allá del efecto concreto que la apelación a ese parentesco pudiera haber tenido si la pandemia no hubiera arruinado todos los planes, el hecho de que alguien piense en hermanar ambos montes da cuenta de la importancia simbólica que los dos tienen. Aunque, hay que decirlo desde ya, la relevancia emblemática del Fuji, su trascendencia y atractivo, no tiene parangón.

El monte Fuji, en Japón. | Max Bender (Unsplash)

El Ministerio japonés de Asuntos Exteriores explica, en su página web, que los japoneses han desarrollado un fuerte vínculo con el monte Fuji, como demuestra su historia del arte. “De todas las obras que representan la montaña, la más antigua es una puerta corrediza de papel datada en el periodo Heian, es decir, en el siglo XI”.

El Fuji aparece con frecuencia en el arte porque siempre ha sido admirado, incluso reverenciado, como símbolo de belleza. Así sucede en antiguas e-maki monogatari (historias ilustradas en rollos de escritura), en mandalas Fuji-sankei que veneran la montaña, en grabados ukiyo-e realizados sobre tablas de madera, en pinturas de estilo japonés y en la artesanía.

Hablar de obsesión tal vez sea extralimitarse, más aún cuando todos tenemos presente, por citar solo uno, el caso de Monet y sus muchas representaciones de los nenúfares o de la Catedral de Rouen. Quizá haya aquí una conexión entre el maestro de Giverny y, por citar uno, el más conocido, el maestro Katsushika Hokusai (1760-1849).

“Podemos decir que las obras de Hokusai ayudaron a los impresionistas al modo de contemplar el mismo tema desde distintas perspectivas y en distintas condiciones de luz y circunstancias atmosféricas ―nos ilumina Pilar Cabañas, profesora Titular de Historia del Arte (Universidad Complutense) y presidenta de la Asociación de Estudios Japoneses en España―. En el caso de Hokusai, lo que el gran dibujante japonés pone de relieve es el pensamiento budista de que lo único eterno es el puro cambio. La idea de lo efímero y la caducidad están presentes en todos ellos”.

Cabañas, autora de Zen, tao, ukiyo-e. Horizontes de la creación artística contemporánea, explica que el monte Fuji tiene un carácter sagrado dentro del sintoísmo, es un kami (palabra japonesa que designa a aquellas entidades que son adoradas en el sintoísmo), y por tanto, durante mucho tiempo no estaba permitido su ascenso a todos. “Si a ello le sumamos la belleza de su perfil que se alza sin obstáculos sobre el terreno, que deja verlo desde grandes distancias, pues tenemos la combinación perfecta para que se haya convertido en un icono representativo de Japón, dentro y fuera de sus fronteras”.

Sí, coincide su colega David Almazán Tomás, profesor de arte japonés en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza, desde la antigüedad encontramos el Fuji como un tema recurrente, “por ser la montaña más alta de Japón, pero también por su forma y su ubicación: es un volcán con forma de cono, casi perfecto, que además se levanta sobre una gran llanura, sin que haya grandes montañas a su alrededor, de modo que exhibe una silueta única e inconfundible”.

Almazán nos recuerda que la cultura japonesa se caracteriza por su especial atracción por la belleza de la naturaleza, desde la floración de los cerezos al canto de los insectos, en su poesía y su arte, la naturaleza es el tema protagonista. “Por influencia del sintoísmo, la propia naturaleza es sagrada y las montañas, las cascadas, los bosques o las rocas son los elementos fundamentales de sus santuarios”, explica el autor (también en la editorial Satori, cuyo nombre revela su vocación) de Estampas del Japón mítico y miembro del Grupo de Investigación Japón.

Al fondo, el Fuji 

La montaña se localiza entre dos de las grandes capitales de Japón, Tokio y Kioto, de modo que, en muchos de los viajes por el país, siempre que el día sea claro, el monte aparece como un telón de fondo inevitable que hace las delicias de los viajeros. Y los pintores.

"El mar frente a Satta en la provincia de Suruga", de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji (1858-1859), formato ōban, editorial Tsutaya.

Que nunca han dejado pasar la oportunidad de plasmar en sus obras a ese guardián impasible de la realidad cotidiana. Almazán explica que las estampas japonesas ukiyo-e (volveremos sobre este término) representan la vida cotidiana del Japón tradicional en el período Edo (1615-1868), una época en la que destacaron magníficos artistas como el citado Hokusai o Utagawa Hiroshige (1797-1858), que se especializaron en vistas de lugares famosos, que pueden ser equiparadas a nuestras postales, en el sentido de que representaban los lugares más célebres de una ciudad o provincia. “Ambos artistas representaron muchas veces el itinerario del camino que comunicaba la capital política, Edo (actualmente llamada Tokio) y la antigua capital imperial (Kioto), una ruta llamada Tokaido, en la que muchos paisajes estaban dominados por la imponente silueta del monte Fuji”.

Hokusai, prosigue Almazán, fue el primero en hacer una gran serie sobre el tema específico del monte Fuji, sus conocidas Treinta y seis vistas del monte Fuji (que, en una edición reducida de la obra, podemos admirar en el Museo del Prado), que en realidad son 46, entre las que se encuentra su más famosa composición, la de La gran ola”, una onda devoradora a punto de engullir un par de barquichuelas y a los pescadores que en ellas faenan. Y sí, al fondo, casi envuelto por el agua, está el Fuji…

La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai.

Apartemos por un instante la vista del monte, fijémonos en la ola. Porque, aunque no es el motivo de este viaje, siendo Japón un archipiélago es inevitable que todo lo relacionado con el mar tenga allí una gran importancia cultural. “Lo podemos comprobar en obras como La gran ola, pero también en muchos otros ejemplos ―señala Almazán―. Asimismo, la gastronomía japonesa se apoya mucho en pescados, mariscos, algas... El sabor de Japón es el sabor del mar, acompañado del arroz, claro”.

Pero volvamos a Hokusaki, cuya serie se convirtió en un éxito que le impulsó incluso a hacer un libro en blanco y negro con otras Cien vistas del monte Fuji. Hiroshige, más joven que Hokusai, “también realizó algunas series con Treinta y seis vistas del monte Fuji, que son también magníficas y representativas de su poético estilo”.

Nos hemos comprometido, unas líneas más arriba, a detenernos en el término ukiyo-e, que Almazán nos explica. “En los siglos XVII, XVIII y gran parte del XIX, Japón estuvo gobernado por los samuráis del clan Tokugawa, que fijaron un sistema social muy jerárquico. En las mansiones de los poderosos samuráis trabajaban los pintores más lujosos, pero para las clases medias urbanas, esto es, los artesanos y los comerciantes, la solución para poder disfrutar de obras de arte eran recurrir a grabados. Estos grabados se hacían en madera y se imprimían en color desde el siglo XVIII mediante un sistema que consistía en utilizar varias planchas, una por color, en la estampación”.

Los temas de estos grabados eran populares: mujeres hermosas, actores de teatro, paisajes famosos, etc., las obras reflejan el mundo del ocio del pueblo llano. “Un ukiyo-e tenía un precio asequible, como ahora un póster, y nadie pensaba entonces que acabarían en los museos y siendo un icono del arte japonés”.

Tonto si vas, y si no

Obra de Fernando Bellver, parte de 30 Vistas de Tokio.

Asegura David Almazán que, incluso hoy en día, la naturaleza sigue siendo una fuente de inspiración para los artistas japoneses; también el monte Fuji. Además, muchos artistas consideran a Hokusai un gran genio y los homenajes a su célebre Gran ola no dejan de producirse. “Asimismo, todos los años, durante el verano, que es el período en el que se permite el ascenso, un gran número de japoneses suben los 3776 metros hasta la cima del Fuji para ver atardecer, que es una experiencia magnífica”. En cualquier caso, explica que hay un refrán japonés que dice que el que no ha subido en su vida al monte Fuji es tonto, pero que más tonto es el que lo ha hecho varias veces, pues el terreno volcánico es muy incómodo tanto para el ascenso como para de descendimiento de la gran montaña.

“El monte Fuji, como todo lo bello, sigue siendo fuente de inspiración artística”, coincide Pilar Cabañas, que amplía el campo: el magnetismo de la montaña perfecta no solo se deja sentir en Japón, sino que también hechiza a artistas extranjeros. Y propone “a modo de ejemplo, esta obra de Fernando Bellver”. Que es otra manera de ir.

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