Humor al cubo

Cómicos muy poco inocentes

La tradición de las bromas en el Día de los Inocentes ha perdido mucha presencia social con el paso de los años. La gracia de la jornada consiste en que gente, de la que no te lo esperas, te sorprenda con un golpe de humor más o menos ingenioso. En Humor al cubo durante estos últimos meses hemos hablado con un buen número de cómicos. En casi todos los casos, hemos descubierto que lo del humor, más que una profesión, es una forma de vida. Para muchos de ellos, lo de las bromas, lejos de ser una excepción reservada para el 28 de diciembre, es un hábito cotidiano que padecen los que les rodean.

Eva Soriano, más que bromas, hace putadas

La cómica Eva Soriano lo tiene claro: “Soy muy bruta haciendo bromas. Algo no va bien aquí en mi cabeza. Debería pensar: ‘¡Esto no es una broma guay! ¡Es una putada!’ Mis amigos no me suelen hacer bromas porque saben que yo no tengo conocimiento alguno y que la que les voy a devolver será demasiado bestia. Temen enfadarse conmigo y romper la amistad. Piensan que, si me hacen una broma, les voy a devolver algo muy loco. Soy una bromista mediocre por culpa de mis amigos. No me siguen el rollo. Igual hasta lo agradezco. Hay una gran diferencia entre lo que hago en comedia y lo que hago en mi vida privada. Yo, fuera del escenario, no hago bromas: hago putadas, no tengo límites. Ya de niña, en una clase una vez cogí una bomba fétida, la puse dentro de una servilleta y la envolví en un papel, la pisé y la dejé en la papelera. Pasado un buen rato, empapó bien el envoltorio y empezó a oler. La gente estaba tranquila. La había tirado hacía ya un buen rato y nadie me relacionaba con la bomba fétida. De repente empezó a oler toda la clase. Nos castigaron, claro, sin recreo. Lógicamente, nunca dije que había sido yo. Seguramente, ahora se enterarán mis compañeros. Sí, fui yo. Lo siento”.

Los clímax de humor de Agustín Jiménez

Agustín Jiménez mantiene que no es bromista, sino que lo que hace es crear “clímax de humor”. Como cómico profesional tiene claro que parte en desventaja a la hora de poder sorprender a la gente: “Creo bromas en las que participamos todos, pero no suelo ser yo bromista porque muchas veces no te creen. Si ya no me creen de natural, piensan siempre que estoy de broma, como para encima ser un bromista”. Una de sus especialidades es la de gastar bromas en el escenario en mitad de alguna representación: “A compañeros les suelo escribir cosas en sitios. Había uno que tenía que mirar unos informes y ponía: ‘Sobreactúas mucho’. O le ponía los resultados del partido, porque él era del Valencia y habían perdido 5-0 y le ponía por todas partes “5-0”. Cada vez que levantaba una cosa ponía “5-0”. El tío se estaba poniendo muy nervioso, y le digo: ‘Tío, esto lo tienes que soportar, pase lo que pase’. Otra que hice fue comprar en una tienda muñequitos de pollitos así amarillos, y los coloqué en el escenario sin que los viera el público por una cuestión de ángulo. El otro actor que estaba en escena conmigo los veía perfectamente y no entendía nada. Al acabar me confesó: ‘Me estoy volviendo loco porque no hago más que ver pollitos pequeños por todas partes’ Y era yo, que los había puesto ahí”.

Edu Soto y David Fernández, una pareja peligrosa

Los actores Edu Soto y David Fernández coincidieron varios años en el programa de Buenafuente. Eran los tiempos de El Neng y de El Chiqui. Soto recuerda cómo las bromas eran parte diaria del trabajo. Pasaban todos muchas horas juntos y, a menudo, recurrían a montar sorpresas como pura diversión. Incluso alguna de ellas quedó grabada para la posteridad, aunque la audiencia no llegara a percatarse. En eso consistía la broma: “Estuvimos en un parque rodando un sketch que luego se iba a emitir por la noche en el programa, y David y yo hacíamos un acercamiento a cámara, pero estábamos tan lejos que dijimos: ‘Oye, ¿y si nos sacamos un poco la polla? Porque tampoco se van a dar cuenta, es un plano muy lejano’. Así que nos bajamos la cremallera, enseñamos un poco el miembro. Íbamos descojonados, caminando desde lejos hacia la cámara. La clave estaba en que a medida que te acercabas el plano se iba cerrando y entonces ya no se veía la zona delicada. Pero en el plano de lejos íbamos con nuestra polla fuera y nadie nunca se dio cuenta más que nosotros, y nos hizo muchísima gracia esa gilipollez, que no iba a ningún lado. Cuando trabajas mucho y estás metido en rodaje, rodaje y rodaje… sí que tienes que hacer cosas para ti o para el compañero, para que haya risa, porque es más fácil hacer reír si con tu compañero hay buen humor, si estás tú mismo en un momento de risa”.

Flo y el humor de Sacedón

Florentino Fernández también admite practicar a menudo la broma en su vida cotidiana. Se justifica con una explicación poco convincente: “Me he criado con un grupo de gente de mi pueblo, que somos todos de Sacedón. Somos de Madrid, pero vamos a Sacedón mucho y la ironía y el sarcasmo están muy presentes siempre. Siempre hemos bromeado con todos y hemos hecho bromas a otros y los otros a uno”. Con algunos de ellos recuerda que coincidió incluso en el servicio militar, donde a menudo mataban el aburrimiento creando situaciones de comedia: “Había una guardia en la que los pobres pasaban frío, lluvia. En una ocasión, montamos un grupo y fuimos en formación hasta uno de ellos. Saludamos y le preguntamos si había visto a alguien que tenía comportamiento extraño, porque había un tipo peligroso escapado de un psiquiátrico. Él dijo que no había visto nada. Nos fuimos y entró en acción el cómplice haciéndose pasar por el demente. Le gritó, le amenazó y se escondió cerca de él. En ese momento, volvimos y le preguntamos si había visto al enfermo y se quedó paralizado. Con los ojos nos intentaba señalar que estaba escondido detrás y nosotros hacíamos como que no le entendíamos. El cómplice salió gritando y el vigilante casi se desmaya. Al final el susto nos lo llevamos nosotros al ver su reacción”.

Fernando Gil sabe lo que es un buen susto

Otro tipo de inocentada común y sencilla es la de dar sustos. Es el recurso humorístico del actor Fernando Gil, tradición que atribuye a su abuelo. Recuerda que le dio el mayor susto de su vida: “En una ocasión, cuando yo tenía 8 ó 9 años, mi abuelo me montó uno especial sabiendo que su casa del campo me daba mucho miedo. Era un edificio grande y antiguo, con largos pasillos, suelos con maderas viejas y llenas de crujidos. Una vez me mandaron a por agua, o no sé qué, y me fui hacia el pasillo. Fui encendiendo las luces, una a una. ¡Esto lo recuerdo! Tenía además que bajar unas escaleras de caracol para llegar a la cocina. Cuando llegué, dejé las cosas, y al volver… ¡estaban todas las luces apagadas! Yo iba andando pegado a la pared buscando los interruptores. De repente, apareció, debajo del hueco de la escalera, mi abuelo lanzando un grito desgarrador. Al menos, así lo recuerdo yo. ¡Del susto salté y me tiré al suelo! Cuando llegué a la siguiente habitación, allí estaba toda la familia descojonada señalándome ¡Menudo susto!”. Y desde entonces, asusta a todo el mundo, para intentar vengarse de aquella broma.

Miguel Lago y el humor de padres a hijos

A veces las bromas surgen sin tenerlas previstas. Miguel Lago cuenta cómo habitualmente junto a su compañero Antonio Castelo en el plató de televisión suelen dejarse llevar por decir barbaridades sin mucho control que derivan a veces en ataques de risa incontroladas. Recuerda una de este verano a raíz de una serie de comentarios ”un poco injuriosos” sobre la corona. El ataque de risa que les dio les impedía seguir el programa: “Recuerdo a mi director por el pinganillo diciéndome: “¡Pellízcate los huevos si lo necesitas! ¡Para de reírte ya, que Marta tiene que seguir!”. Pero yo no podía, me caían lágrimas. De hecho, el resto del programa fue un cuadro, porque por la cosa del protocolo covid no teníamos maquilladores, me maquillaba yo. Entonces el resto del programa, con las lágrimas parecía un cuadro lleno de chorretes, humedad en la barba. Ahora, ¡que me quiten lo bailado! Lo que me reí ese día, yo creo que no me he reído más en un plató que ese día. Era incontrolable, incontrolable”. Lago confiesa que, aunque no sea muy de hacer inocentadas, le gusta el chascarrillo, la ironía… pero para las bromas siempre tiene una víctima prefijada: sus hijos. “Siempre intento hacerle algo. El otro día le abracé, porque es muy cariñoso, le dije lo mucho que le quería… Y lo que él no sabía era que le estaba metiendo un lápiz por el pijama en la raja del culo. Cuando se fue a acostar se dio cuenta. Reímos un montón”. Cabe suponer que la comedia también se puede traspasar de padres a hijos. “A los míos, eh. ¡A los de los demás no les hago nada!”, aclara.

Si ves a Eva Soriano, bésale los pies

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