CONJUNTO DISJUNTO

El subidón de Davos

Qué subidón. Vaya sensación de euforia lo de Davos. No sé en qué quedará, pero la gente necesitaba que se rompiera el silencio y la abnegación. Por primera vez se ha escenificado cierta unidad y claridad. Daba gusto escuchar a algunos de los líderes mundiales plantarse ante los abusos de Estados Unidos y dibujar a Trump como un payaso sin gracia, al que había llegado el momento de poner en su sitio. 

La cortesía, la contención, el ‘no hay que ponerse a su altura’ han dejado paso al rapapolvo en el Foro Económico Mundial. Que alguien como el primer ministro de Canadá, histórico socio, advirtiera que Estados Unidos no es la última Coca Cola en el desierto rompía la tendencia de vasallaje que han estado exhibiendo tantos líderes en este último año, asustados por las consecuencias de sus palabras. 

Aplausos a Macron, que con la excusa de un derrame ocular se plantó unas gafas de chulazo para potenciar el efecto y dirigirse en los mismos términos al impresentable americano. No podían ser más apropiadas. Podía haber elegido unas más discretas, pero optó por las de espejo para amenazar con el instrumento anticoerción, que la UE podría activar como respuesta a la intimidación constante con el incremento de aranceles en cuanto alguno se atreve a discrepar tímidamente. 

Que alguien como el primer ministro de Canadá advirtiera que Estados Unidos no es la última Coca Cola en el desierto rompía la tendencia de vasallaje que han estado exhibiendo tantos líderes

Quién iba a pensar que Meloni, la única líder europea que asistió a la investidura de Trump, mostraría discrepancias con su ultra amigo. También es verdad que a sus votantes no les gusta mucho que frieguen el suelo con la patria ni que les consideren tan insignificantes. Vivían tan contentos en la inopia, como descendientes del imperio romano, y las declaraciones broncas no les han caído bien, sobre todo cuando provienen de un yanqui. Declinar formar parte de la envenenada ‘Junta de Paz’ para Gaza, que está tratando de montar con marionetas, es una manera obvia de marcar distancia. Y la presidenta italiana ahí ha dado portazo. Al contrario que Abascal, que se está quedando solo entre los fachas, porque hasta el británico Farage ha tenido que pronunciarse a su pesar contra la anexión de Groenlandia. Solo son gestos, pero si se ven obligados a escenificar sus diferencias es porque las encuestas no son favorables al uso de rodilleras, que diría el gobernador de California. 

El líder que más ha engordado su club de fans es el de Canadá, Mark Carney. Hasta ahora pasaba inadvertido en comparación con Justin Trudeau, que estaba siempre en las listas de los más guaperas y que se ha dedicado a pasearse del brazo de Katy Perry desde su dimisión. Davos ha catapultado a la fama a su sucesor. Su discurso animando a las naciones más pequeñas a unirse para resistir la doctrina del American first y frenar el desmantelamiento del orden internacional ha triunfado. Los canadienses fueron de los primeros en dejar de viajar a Estados Unidos y de consumir productos del país vecino. El éxito de sus palabras, que se viralizaron en el acto, animó posiblemente a otros líderes a pronunciarse en términos similares. A todos les gusta que les quieran las redes, aunque sea una falacia y, al final, todo siga igual. Con Macron enviándole mensajitos privados para arreglar sus cosas pasando del resto, como hace la mayoría. 

Al menos durante una semana, hemos soñado con que es posible morir de pie antes que vivir de rodillas.

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