Nayib Bukele: orar en el Palacio Legislativo de El Salvador Juan José Tamayo
Hace no mucho tuve la suerte de ver una muestra de teatro de títeres de guante proveniente de la región de los Altos de Chiapas, en México. La tradición de los títeres Petul y Xun comenzó en la década de los cincuenta del XX y pervivió en el día a día de los habitantes tsotsiles y tseltales hasta inicios del presente siglo, como parte de sus formas de vida.
Mientras lo veía, asistía al valor comunitario que tiene teatro, la representación, los roles adquiridos para desdoblarnos y el papel de las máscaras en un mundo que tiene mucho de tragicómico, de carnavalesco. La transformación de Edith y Gerardo (así se llamaban los artífices de esa experiencia) en arquetipos humanos con sus debilidades, me hizo ver otra vez la hondura de aquello que nos hace más humanos, y que hemos ido sin darnos cuenta sacando de las aulas, al igual que otras formas de expresión artísticas.
Una obra de teatro tiene como virtud que no solo cuenta una historia, sino que nos obliga a mirarnos en una forma de espejo. Hamnet —la novela de Maggie O’Farrell y su reciente adaptación cinematográfica— puede ser un buen ejemplo. No porque reconstruya la vida doméstica de Shakespeare deslizando de forma ingeniosa el foco narrativo hacia el terreno desconocido de su hipotética familia, sino porque revela, con una claridad incómoda, que el arte es el único lugar donde los entresijos humanos encuentran forma sin ser reducidos.
Esa constatación, simple y radical a la vez, debería sacudirnos a quienes habitamos en la escuela, espacio privilegiado para dar cabida al poder universal de la dramaturgia. Porque si algo demuestra Hamnet es que el teatro es una necesidad pedagógica, emocional y social que nos coloca a todos en el mismo nivel. Y nuestra escuela lleva demasiado tiempo dándole la espalda.
La historia del niño muerto, del padre incapaz de nombrar la pérdida y de la madre que se deshace en silencio, me parece mucho más que un relato íntimo original de la creadora de esta ingeniosa trama. O’Farrell y la película nos muestran cómo la vida, cuando no encuentra lenguaje, se rompe, y cómo el teatro puede sostener lo que la realidad no sabe sostener.
En una posible lectura (tanto la novela como la película se prestan a muchas relecturas) podríamos decir que Shakespeare escribe Hamlet no para homenajear a su hijo, sino para sobrevivir a su ausencia. Eso nos lleva a concebir el teatro como acto de resistencia emocional. Se trata de una forma de no rendirse ante lo que duele, mensaje que puede calar en unas aulas resquebrajadas muchas veces por experiencias vitales llenas de dolor.
La historia pedagógica del teatro reduce muchas veces este género a una representación de fin de trimestre, una actividad extraescolar o un entretenimiento para padres en un festival de Navidad. Sin embargo, la profundidad de Hamnet nos recuerda que el teatro es bastante más que eso. Es un lenguaje que permite comprender el mundo cuando se nos vuelve incomprensible, y el mundo que nos rodea ahora mismo lo es. Si la escuela no incorpora este potencial de manera estructural, está renunciando a una de sus funciones esenciales: ayudar a los jóvenes a pensar y a sentir con profundidad lo que les ocurre y pensar con detenimiento sobre lo que los rodea.
La película muestra cómo la familia se desmorona porque no encuentra un lenguaje común para el dolor. El teatro crea ese lenguaje
Cuando un estudiante interpreta un personaje, no está “haciendo teatro”. Está ensayando algo que me atrevería a identificar como un brote de humanidad. Está explorando emociones que no caben en un examen, probando identidades, descubriendo que puede habitar otras vidas sin perder la suya. Está aprendiendo a escuchar, esperar y sostener la mirada del otro. Está entrenando la empatía desde su expresión corporal, no desde un libro de texto. Y eso, en un sistema educativo obsesionado con medir, es revolucionario.
Hamnet ilumina esta urgencia con una fuerza incómoda. La película muestra cómo la familia se desmorona porque no encuentra un lenguaje común para el dolor. El teatro crea ese lenguaje. En nuestra escuela ocurre lo mismo: los adolescentes cargan con pérdidas, miedos, rabias y silencios que no encuentran espacio en el corsé académico. Pero, claro, nos sorprendemos de que exploten, de que se desconecten, de que no sepan verbalizarlo que sienten. ¿Cómo van a saberlo si no les damos las herramientas básicas para hacerlo?
El teatro no es terapia, pero es territorio inigualable para la simbolización. Un lugar donde lo emocional puede ser explorado sin quedar expuesto. Un espacio donde la vulnerabilidad se convierte en forma y la forma, en comprensión. Educación en estado puro. No la educación burocrática quenclasifica, ordena y certifica, sino la que acompaña, aporta y sostiene.
Además, el teatro introduce una dimensión ética que la escuela necesita con urgencia. Ponerse en el lugar del otro no es un ejercicio intelectual, sino un acto corporal. La empatía no se enseña con definiciones, sino con experiencias. Cuando un estudiante encarna a alguien que sufre, que duda, que se equivoca, está ensayando una sensibilidad que ningún manual puede transmitir. Y en un mundo crispado, polarizado y acelerado, esa sensibilidad es un bien escaso.
Hamnet también nos recuerda que la creación artística no es un privilegio reservado a unos pocos. Shakespeare escribe porque necesita convertir la herida en estructura. En la escuela, esto debería traducirse en una reivindicación clara: todos los estudiantes tienen derecho a expresarse, explorar su voz, descubrir que tienen algo que decir. Al final, el teatro sirve para democratizar la palabra. No importa la nota, el expediente o la timidez: importa la presencia, la escucha, la valentía de estar ahí.
Todo esto puede sonar bien, de sentido común, pero el teatro sigue siendo tratado en el sistema educativo como un complemento. Seguimos actuando como si la educación pudiera prescindir de la experiencia estética. Hamnet nos grita lo contrario: sin arte, sin teatro, sin espacios donde la emoción se vuelva forma, la vida se vuelve inhabitable. Y la escuela, si quiere ser un lugar donde se aprende a vivir, no puede seguir ignorándolo.
Con estás palabras pretendo llegar a un cuestionamiento sobre nosotros mismos, nuestra identidad. La recuperación del teatro de los Altos de Chiapas en aquella representación que pude ver supone una deuda revolucionaria con su entorno, deuda que vemos en Hamnet a través de la inconmensurable conexión que tiene la protagonista con el bosque, con la naturaleza que la rodea. Una deuda emocional y pedagógica que ya es hora de saldar, como esta reivindicación del teatro en la escuela. No con actividades puntuales ni proyectos aislados, sino con una apuesta decidida por incorporar el arte de la escena como lenguaje, como forma de enseñar y aprender plena. Un medio de estar en el mundo y un aspecto identitario más de lo académico.
Porque la revolución pendiente en educación pasa por devolver a nuestras aulas aquello que las hace más humanas, en lucha por hacer de nuestros estudiantes lo que los hace algo más que espectadores. Y Hamnet, con su hondura y su belleza, nos lo recuerda con una claridad que ya no podemos ignorar.
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Albano de Alonso Paz es catedrático de Lengua y Literatura, profesor y Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.
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