Ultracuerpos y Hamelín

Jesús Sampériz

En este rimar y retumbar constante de la historia del que ya nos hemos hecho eco en algún momento, parece que algunas narraciones y películas van y vienen como un incansable oleaje en la playa de nuestros pasos.

Acude al recuerdo de este oleaje La invasión de los Ultracuerpos. Este es un asunto que ha dado para muchas relatos, publicados unos y llevados al cine otros, que respiraban la atmósfera del macartismo americano y el miedo a lo soviético que, si se rasca un poco, es sencillamente el miedo al extraño, al otro. 

Una percepción humana que torna y retorna periódicamente como las cigüeñas al campanario del mañana efímero de A. Machado y que puede tener una lectura y su contraria. Porque si el anticomunismo patológico del senador republicano por Wisconsin (1950/56) actuó al más puro estilo represor de brujas, retrocediendo al puritanismo yanqui a los tiempos de Salem, es también cierto que el mundo de la cultura supo doblar el relato para denunciar la inhumanidad y estupidez que se esconde siempre detrás de la defensa ultramontana de unos valores siempre cuestionables. Sean estos la pureza de sangre en tiempos del barroco español, los mitos de D. Pelayo o Wifredo el Velloso del siglo XIX para refugio de añorantes del imperio inexistente del XX o el irracional temor a los inmigrantes del facherío del XXI.

En los años 50/60, fomentada por la esfera política, EEUU vivió una histeria colectiva por un hipotético peligro de invasión comunista que se contagió al resto de aquello que se llamaba mundo occidental. Los más viejos recordarán aquella época con sus recientes bases americanas, su queso amarillo y su leche en polvo. Afortunadamente, la España Grande y Libre estaba protegida por la red de Cristo Rey que aquel genocida bajito distribuyó por el paisaje para que lanzara su bendición nacional-católica y salvara la patria del comunismo. El tiempo pasa, la historia rima.

Una de las versiones más populares, de 1978, con un magnífico reparto, cuenta cómo todo el mundo empieza a sospechar que amigos y parientes han dejado de ser ellos mismos. Unas vainas verdes crecen por todas partes y se transforman en cuerpos humanos idénticos a los protagonistas y sus amigos. Espantados tratarán de detener esta amenaza de origen desconocido pero será tarde, intentarán huir del pueblo cuyos habitantes ya han sido suplantados por las réplicas surgidas de las vainas verdes que... ¿dominarán el mundo?

La ciencia-ficción es un relato metafórico que se presta a interpretaciones. Puede que alguien de los que, bajo una carpa verde, andan repartiendo panfletos de odio al extraño (siempre pobre, eso sí), lo explique como una manifestación del "gran reemplazo" con que un hipotético comunismo quiere dominar la cultura europea.

Solo quien no puede llevar el ritmo de la masa, el cojo, el ciego y el sordo, permanecen como reservorio de la esperanza de una sociedad demasiado acostumbrada a seguir al abanderado

Otros, por contra, inclinarán la narración hacia el cambio ideológico basado en el individualismo feroz que parece aspirar a extirpar la base social-demócrata de la convivencia. Todo eso para que una recidiva del corporativismo de los años treinta del siglo XX le abra la puerta, con bandera, banda y música, a los milmillonarios que desde unas nuevas vainas verdes, dominan la comunicación y la opinión de una sociedad anestesiada. 

De otra época, anterior a rojos y verdes y desde otros orígenes, los hermanos Grimm recogieron una tradición oral que hablaba de la venganza de un flautista que resolvió el problema de las ratas que tenía la ciudad alemana de Hamelín en la Baja Sajonia, al que se le negó el salario pactado

La interpretación generalizada hablaría en primera instancia de la importancia de la palabra dada y de los peligros que arrastra su incumplimiento. Pero otros, esos que creen que los cuentos que ahora se cuentan para dormir niños hubo un tiempo que se usaban para despertar hombres, plantean otras lecturas. En esto, como en casi todo, la homogeneización blandurria de Disney ha sido letal. 

El cuento, seguramente basado en una realidad histórica que podría tener su fundamento en una emigración masiva centroeuropea, tiene otras lecturas, como por ejemplo el encantamiento en que cae la niñez/juventud ante una situación seductora. Una seducción que podría tener su correlato contemporáneo en la mistificación de las pantallas táctiles a las que se consagra tiempo y voluntad y que, como en el cuento, conduce a los niños hacia una cueva donde desaparecen. Solo quien no puede llevar el ritmo de la masa, el cojo, el ciego y el sordo, permanecen como reservorio de la esperanza de una sociedad demasiado acostumbrada a seguir al abanderado.

En esta acumulación de rimas y retumbes en que tropezamos los viandantes del tiempo, convendrá, como siempre, la lectura, el cine y la conversación para poder caminar entre mitos y verdades. Tal vez para emprender la huida del individualismo y el desenmascaramiento de los personajes del mañana efímero, esa materialización de cabezas vacías de la que está dotado este país a trompicones que llama a gritos a la esperanza.

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Jesús Sampériz es socio de infoLibre.

Jesús Sampériz

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