Huellas de luz
Un abismo que no se canta – Andrea Mazas
Lastura Ediciones. 2024.
Termino de leer el libro Un abismo que no se canta, de Andrea Mazas, y siento la necesidad de volver al principio, al prólogo de Alberto García-Teresa: "Y ser manchadas por la luz", certero, honesto y necesario para descifrar la profundidad de unos poemas que van conformando poco a poco la arqueología del dolor, el duelo, la belleza, una íntima verdad que incomoda, subleva, alborota y agranda la poesía.
Me sumo a sus palabras porque la poesía de Andrea "hiere, consuela, acompaña, incomoda y abruma precisamente porque nos coge del brazo y sentimos el calor de sus manos".
El libro, tras las dedicatorias y una cita de Jaime Sabines, está organizado en cuatro apartados, y atención a los signos: raya, que no guion, barra inclinada a la derecha, a la izquierda, en el centro… Todo tiene un sentido y lo cobra en cada estrofa, en cada poema, en cada verso, en cada prosa...
A través de estos pasajes poéticos el poemario avanza, se detiene, sufre, contempla la vida y la muerte, el silencio, el muro, el amor... He entresacado algunos versos de cada uno de los cuatro apartados en los que se desenvuelve el libro:
Del primero –I boca de nadas insumisas– citaré «Quiero pensar y solo tengo / una peladura de palabras / estas cáscaras de ideas». Considero que es una buena representación de un apartado en el que la poeta repite palabras, las retuerce, las convierte en muro, las acusa de impedirle escribir lo que quiere y no puede, pero escribe, a pesar de las "nadas insumisas" o tal vez por ellas. El camino "sin dejar huella", la "soledad de las palabras", empeñada en la imposible belleza de "contar las olas".
Del segundo apartado –| boca sin mordida desbordando eco– he seleccionado «Estoy en tristeza creciente. // Estos días te he echado más en falta. No sé si la tristeza me hizo pensarte más, o si te pensé más y me envolví de tristeza». // (…) «Ojalá leyeras estas palabras y te dieras de mí, de mi añoranza» // (…) «Cuando la tristeza es tan profunda, me mantiene a flote la alegría de lo vivido». Unos versos que responden a la muerte del padre, la cuenta y la canta, la recuerda y la llora, lo necesita a él, junto a ella.
Del tercer apartado –I boca verde, tierna, cierta–, un par de versos: «Para escribir sobre la luz son precisas / muchas horas de vuelo oscuro». En este apartado la autora nos sumerge en la propia vida, la espera, los recuerdos... Sabemos que la luz no existiría sin la oscuridad. Los contrastes, lejos de enredar, nos aclaran, nos hacen pensar, nos representan incluso, y sobre todo en los momentos difíciles.
En el cuarto y último apartado –boca de risa y canto– aparece con más fuerza el amor: «Nací sin más y crecí sin pensar que lo hacía. // Me enamoré y él me amó y me sentí eterna». Crecen en este apartado las reflexiones íntimas, la familia, «miedo a morir porque mis hijas / porque el amor, porque la luz». Y casi al final, la poeta confiesa: «He escrito donde la vida, / desde más cerca estuve de la poesía / que de ser poeta».
Intrigas y amor en un thriller trepidante
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El libro entero es un proceso poético que nace, crece, se encuentra con la muerte, evoluciona, emociona y se convierte en una forma de interrogante vital. Este es uno de esos libros de los que no se sale indemne, de los que impulsan, interrogan, son capaces de transformar y transformarte.
Hay que leerlo, saborearlo, desnudarlo. Me daréis la razón.
*Nieves Álvarez es profesora, escritora, poeta, investigadora y artista plástica. Pero, sobre todo, ávida lectora.