'El final de Israel'

El final de Israel

Ilan Pappé

Los atentados terroristas del 7 de octubre y la posterior invasión de Gaza por parte de Israel pusieron al descubierto las grietas de sus cimientos. Se reveló como un país incapaz de proteger a sus ciudadanos, dividido entre teócratas mesiánicos y sionistas liberales iluminados, resentido con sus vecinos y perdiendo el apoyo de los judíos de todo el mundo. 

Mientras sus líderes justifican campañas de bombardeos que superan las peores atrocidades de la Segunda Guerra Mundial y la Franja de Gaza sufre la ejecución de un genocidio, Israel se está convirtiendo en un Estado paria. Su peor enemigo no es Hamás, sino él mismo.

Para superar la idea del Estado judío, el profesor de Historia y de Ciencias Políticas y ensayista Ilan Pappé nos muestra en El final de Israel (Akal, 2026) un camino de justicia restaurativa y descolonización que incluye el retorno de los refugiados, el fin de los asentamientos y la imperiosa necesidad de tender puentes con el mundo árabe.

¿Estamos ante un próximo colapso de Israel? ¿Es posible un futuro de coexistencia y no de guerra sin fin? El texto enfatiza la importancia de la reconciliación para evitar un vacío caótico tras la desintegración estatal. Finalmente, mediante un relato ficticio ambientado en 2048, el autor proyecta un futuro de coexistencia pacífica entre comunidades judías y palestinas.

El final de Israel está llegando esta semana a las librerías de la mano de la editorial Akal. infoLibre ofrece a sus lectores un fragmento en exclusiva.

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Prefacio

¿Tendríamos que empezar a hablar del final de Israel?

El camino que conduce a la derrota de un Estado que está al borde del abismo puede ser corto. Es posible que el título de este libro despierte la alarma entre algunas personas, aunque habrá otras a quienes complazca leerlo. Pero no estoy aquí para sembrar el miedo ni para profetizar acerca del futuro. Lo que quiero es iniciar una conversación sobre Israel y Palestina que sea a la vez realista y optimista.

No estoy tomando a la ligera un proceso que puede conducir al final de un Estado del que soy ciudadano y en el que viven millones de personas. En realidad, los Estados no finalizan con facilidad y es posible que usar el término final sea algo demasiado conclusivo; en la mayoría de los casos, los Estados cambian, a veces radicalmente, y de esto es de lo que vamos a debatir aquí. Hay unos pocos ejemplos de Estados que no solamente se desintegraron o se derrumbaron, sino que desaparecieron; por ejemplo, Yugoslavia y Vietnam del Sur, por nombrar los dos ejemplos más famosos de la historia reciente.

El final de un Estado puede referirse también al final de un régimen y aquí sí tenemos abundantes ejemplos: Sudáfrica, Chile, Argentina, Irak, etc. Son demasiados ejemplos como para hacer una lista completa.

Así pues, una supuesta caída de Israel podría ser bien como el final de Vietnam del Sur, el borrado completo de un Estado, o como el de Sudáfrica, la derrota de un régimen ideológico concreto y su sustitución por otro.

Creo que, en el caso de Israel, se desarrollarán elementos de ambas opciones mucho antes de lo que la mayoría de nosotros podemos comprender o anticipar.

¿Por qué sacar ahora el tema?

No soy el único que lo ha sacado. El intenso periodo que empezó con el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 suscitó graves dudas acerca del futuro del Estado judío. Hay quien está planteando estas preguntas desde una postura de enorme hostilidad hacia el Estado y hacia lo que representa; hay quien las plantea a partir de una preocupación por el futuro de Israel.

Pero lo que sí parece ser es que, en 2023, surgió un determinado consenso, tanto entre amigos como enemigos, de que nunca antes la existencia de Israel había parecido tan precaria. Esta sensación había surgido antes del devastador ataque de Hamás el 7 de octubre. Surgió con posterioridad a la implosión social que sacudió a la sociedad israelí en su interior cuando, en noviembre de 2022, fue elegido el gobierno más derechista de la historia de Israel.

Mucha gente se pregunta: ¿sobrevivirá Israel en un futuro como un Estado judío? Algunas voces expertas han empezado a responder a la pregunta. Cuando la población palestina y quienes apoyan su lucha responden negativamente a esta pregunta, lo hacen con toda la esperanza de que Israel efectivamente tenga un final y sea reemplazado por una Palestina libre. Cuando la sociedad israelí reflexiona sobre el final de su Estado, se lo imagina como una situación catastrófica para sí misma y para la población judía de todo el mundo.

Estas dos tajantes respuestas emocionales para una situación que es muy posible tienden a pasar por alto las complejidades que estarán al acecho antes de que se produzca ese final. Tanto si se espera con ansiedad el final del Estado como si la idea suscita miedo, deberíamos tomar conciencia de que, si nos basamos en los precedentes históricos, estos procesos han estado caracterizados por una violencia brutal. Y, si este va a ser el caso, en Palestina sería la población palestina la que pagaría el precio más alto. Esto no es inevitable. Si abordáramos un análisis más matizado de una trayectoria así, entonces también sería posible trazar senderos diferentes, no violentos o menos violentos, hacia un futuro mejor para todas las personas que viven hoy en Israel y Palestina, y para todas aquellas que han sido expulsadas de allí desde 1948.

Aunque yo defiendo la idea de un único Estado democrático para Israel y Palestina, no estoy aquí pidiendo el final de Israel. En cuanto historiador, estoy señalando que hay indicios de que el final de Israel puede haber comenzado ya. Y el fracaso de un Estado o la caída de una configuración geopolítica crean un vacío. Por lo tanto, el debate acerca de las razones para el final del Estado o sobre las circunstancias en las que este sucedería se desarrollará aquí con una investigación acerca de quién o qué podría o debería ocupar ese vacío inevitable. Si mi valoración es correcta, cuanto más rápidamente se rellene ese vacío, menos violento será el proceso de desintegración.

Igualmente importante es la necesidad de una comprensión más matizada de estas cuestiones para poder juzgar adecuadamente las implicaciones de estos sucesos futuros sobre toda la región. Israel y Palestina no son los únicos Estados o países que se enfrentan a un futuro incierto. Siria ya se ha desintegrado como Estado, Líbano recientemente ha ingresado en la categoría de Estados fallidos, y la agitación en lugares como Irak o, un poco más lejos, Yemen, Sudán y Libia señalan que los movimientos y cataclismos no se limitan a Israel y Palestina.

Otras cuestiones adicionales que plantea ese escenario futuro atañen al papel de la comunidad internacional, de las comunidades refugiadas palestinas y de las comunidades judías de todo el mundo. Y deberíamos también sopesar las posturas de los poderes entre bastidores, como las corporaciones multinacionales, el tráfico de armas y la industria de la seguridad.

Es muy fácil escribir un libro con un pronóstico apocalíptico sobre un lugar como Israel y Palestina. El evangelismo cristiano en América y el judaísmo mesiánico llevan más de un siglo produciendo este tipo de literatura; esperando, por supuesto, que los acontecimientos en Israel y Palestina desencadenen el fin de los tiempos y preparen el camino para la venida del Mesías, ya sea el Mesías cristiano o el judío. No es de extrañar que la guerra que estalló en 2023 entre Israel y Hamás haya sido considerada por algunos de estos grupos como el preludio de armagedón.

Pero es posible ofrecer algo más que una visión apocalíptica. En lugar de ello, se puede aportar una valoración más esperanzadora sobre un desenlace que podría surgir a partir de lo que parece ser una desintegración inevitable, caótica y violenta del Estado judío. Este libro se ha escrito con el convencimiento de que cualquier contribución a este debate debe sustentarse en la esperanza de un futuro mejor para todas las personas que viven en la Palestina histórica.

Dos impulsos me han llevado a escribir este breve libro. El primero ha sido observar los procesos discretos que se han ido desenvolviendo ante mis ojos y que me han conducido, en mi condición de académico, no de activista político ni visionario, a concluir que estamos presenciando el inicio del fin del Estado de Israel o, al menos, del proyecto sionista tal como lo hemos conocido.

Estos procesos se han iniciado gracias a acciones de individuos y organizaciones, pero ahora están en un momento en el que su impulso es imparable y nos llevará a un cambio fundamental; de hecho, a un movimiento sísmico sobre el terreno que hoy es Israel, la Cisjordania ocupada y la destrozada Franja de Gaza.

Ya sea un proceso que nos ilusione o nos aterre, es imposible ignorarlo. Aun así, en los medios de comunicación hegemónicos y en la política occidental, se está ignorando por completo.

El segundo impulso para la escritura de este libro ha sido ofrecer un ángulo esperanzador y positivo de los acontecimientos que se han desarrollado a partir del 7 de octubre de 2023 que han llevado a la masacre y la destrucción de la Franja de Gaza a una escala inimaginable, así como a un elevado número de bajas civiles y militares en la población israelí y en la que habita Cisjordania y el sur de Líbano. Esta masacre y destrucción ha estado acompañada por una violación sin precedentes de los derechos de la ciudadanía palestina en Israel. Por no mencionar que 2024 terminó con la posibilidad de una guerra que acecha toda la región.

Todos estos acontecimientos han producido, como es lógico, un clima de desesperación, una sensación que las personas implicadas en la cuestión palestina conocen bien desde los inicios del siglo pasado.

Es para mí un terreno familiar, en cuanto soy una persona que habla en público con frecuencia, ya sea en conferencias o en mesas redondas, sobre Israel y Palestina. La idea de escribir un libro más esperanzador surgió incluso antes del 7 de octubre. Me di cuenta de que, cuando mis colegas o yo mismo hablábamos de lo mal que está la situación y de cómo iba a empeorar aún más, la reacción del público era una impresionante ovación.

Esta reacción desconcertante, a la vez que comprensible, me llevó a pensar que carecemos de llamamientos y conversaciones que puedan promover un discurso de esperanza, aunque este trate sobre el final de un Estado.

Como buena parte de mis amistades palestinas, yo también me refiero al final de Israel como un proceso de descolonización. En cuanto historiador, soy consciente de los momentos del pasado en los que la descolonización se ha desarrollado como una serie de transformaciones violentas y brutales. La historia, que es la mejor de las maestras, también nos ofrece muchos ejemplos en los que las luchas por la liberación y la descolonización han tenido como resultado la instauración de nuevos sistemas de injusticia, por decirlo suavemente.

Siendo realistas, sería una enorme ingenuidad imaginarse un final para el proyecto sionista o para el Estado de Israel que fuera una transformación feliz y súbita, el paso desde un lugar de ocupación, opresión y, últimamente, genocidio hasta un país donde se garanticen las libertades para todas las personas y donde quienes sufrieron daños en el pasado encuentren una justicia que restaure.

Pero es importante aspirar y trabajar por una transición que sea lo más pacífica posible y por un futuro lo más prometedor y constructivo posible para la mayor cantidad de gente posible. Esta transición, en primer lugar y ante todo, es necesaria para las víctimas de la opresión y el derramamiento de sangre, pero lo es también para quienes ahora tienen miedo de que perder sus posiciones de privilegio y superioridad los convierta en víctimas, después de haber estado en la cumbre como victimarias.

Para resumir lo que hemos dicho hasta ahora: el proyecto sionista se cae a pedazos y con él se cae el Estado de Israel entendido como un Estado judío. Esto no es un deseo, ni es el peor de los escenarios posibles; es algo inevitable. No porque yo esté adoptando una visión determinista de la historia ni porque posea una bola de cristal, sino porque ya está ocurriendo, aunque no se esté informando de ello.

En los cimientos del Estado sionista de Israel hay tales grietas que no hay manera de repararlas. La cuestión no es si se caerá el edificio, sino cuándo. Y no pretendo saber cuándo va a ocurrir.

Pero, con independencia de cuándo ocurra, me gustaría apuntar una serie de cuestiones que hay que abordar ahora para contribuir a asegurarnos de que esa caída no dé paso a un vacío caótico, sino que más bien libere espacio para construir algo mejor, que acoja a todas las personas que viven ahí ahora y a quienes fueron expulsadas, sustentado por unos cimientos de igualdad y justicia.

Soy consciente de que algunos de los puntos que aquí se analizan han sido estudiados en varias obras excelentes de excelente autoría. Pero creo también que los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 han colocado nuestro conocimiento de la realidad de Israel y Palestina bajo una nueva lente. Ahora, cada acción y reacción ante lo que se denomina la cuestión Israel-Palestina parece haberse intensificado hasta unos niveles sin precedentes, ya sean las muestras de solidaridad con Palestina por parte de la sociedad civil, los miedos ante el antisemitismo entre las comunidades judías, la aprehensión de las nuevas formas del imperialismo occidental o el auge del fundamentalismo. Aquí también debo incluir mi asombro ante la falta de impacto de un acontecimiento tan monumental: un genocidio que se retransmite diariamente al mundo, con crímenes de guerra publicados en tiempo real por quienes los perpetran, sigue siendo ignorado por los gobiernos occidentales. Israel aún recibe inmunidad frente a cualquier repercusión significativa, en un grado inaudito.

Estamos en un momento que exige reconocer el fracaso de las posturas anacrónicas hacia Israel, el sionismo, la resistencia palestina y las oportunidades para la paz en el mundo árabe en general. Exige que todos los grupos palestinos adopten decisiones estratégicas nuevas, estén donde estén, incluyendo a la ciudadanía palestina en Israel, así como apela a la sociedad judía en Israel y en el resto del mundo. Los diversos grupos cristianos que concuerdan teológicamente con Israel tienen que revisar su postura, e incluso los actores más impúdicos, como el complejo militar-industrial y las instituciones financieras multinacionales, no podrán seguir como si nada hubiera cambiado.

De una manera modesta, mediante esta cantidad de temas y preguntas que se han planteado y han sido ignoradas, cada cual podría al menos saber acerca de qué tiene que decidir, sin predicar a nadie sobre la posición que deba adoptar. Pero el mensaje es nítido: nadie posee ya el lujo de la indecisión.

Para resumir, la caída de Israel no es una postura política, no es algo que se pueda aceptar o rechazar. Es un proceso objetivo que ya ha comenzado. Su probabilidad debería debatirse como el tema principal en las conversaciones a largo plazo sobre el futuro de Israel y Palestina, en lugar de centrarnos, como hacemos, en el futuro de la población palestina. El destino de la población palestina en los próximos años es, justificadamente, nuestra mayor preocupación; pero, a largo plazo, lo que debería convertirse en el tema que hay que resolver es el destino de la población judía en la Palestina histórica.

El intento occidental, liderado por Gran Bretaña, de imponer un Estado judío en un país árabe, que dura ya un siglo, parece estar llegando a su fin. Tuvo el suficiente éxito como para crear una sociedad orgánica de millones de colonos, compuesta por millones de personas de la cuales muchas ahora ya son de segunda o tercera generación, pero cuyo destino aún depende, como ha dependido desde su llegada, de su capacidad de imponer por la fuerza y la violencia su voluntad sobre una población indígena palestina compuesta también por millones de personas que nunca han renunciado a su derecho a la autodeterminación y a la libertad en su tierra natal. Su única esperanza en el futuro es mostrar una disposición a vivir como ciudadanos iguales en una Palestina liberada y descolonizada. Creo que muchos lo harán.

Este libro se divide en tres partes. La primera parte analiza dos temas: el fracaso hasta el momento del denominado «proceso de paz» para ofrecer una solución y los indicadores que señalan que el inicio del fin de Israel ya ha comenzado.

La segunda parte del libro presenta siete minirrevoluciones políticas y cognitivas que han de ocurrir para que la transformación, desde un Estado que se derrumba hasta un nuevo Estado, sea lo más exitosa posible. Las presento aquí como preguntas que deben responderse y proporciono algunas respuestas basadas en lo que he escuchado y leído a una generación palestina más joven que espero que nos guíe al resto hacia un futuro mejor. Defiendo que muchas de estas respuestas ya han sido dadas y que tenemos la suerte de contar con una generación de activistas que puede encargarse de los que aún siguen sin respuesta. Estas respuestas serán los ladrillos con los que se construirá el nuevo edificio, basado en los principios de igualdad y justicia.

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La última parte del libro es la octava minirrevolución que se necesita, que es imaginar una nueva realidad. He pensado que la mejor manera de hacerlo era ofrecer un fragmento de ficción. En cuanto judío israelí que ha comprometido toda su vida adulta a la causa palestina, no creo que baste que, en mi condición de académico, me limite a observar el proceso de desintegración o cocine mis propias recetas para el cambio institucional, como ya se ha hecho otras veces. Nos incumbe visualizar y ayudar a que otras personas conjuren la vida después de la descolonización como un sueño hecho realidad, más que como un futuro desconocido y amenazador.

Si todos los que habitamos Israel y Palestina, así como quienes desean retornar y vivir aquí, somos capaces de derrocar más de un siglo de limpieza étnica, ocupación y ahora genocidio, y convertirlo en un nuevo siglo de esperanza y reconciliación, tenemos que imaginar también el aspecto que tendrá esa nueva realidad.

Os presento en la última parte de este libro la nueva Israel-Palestina de 2048, mediante un diario ficticio que incluye entradas desde nuestra época hasta 2048. No puede haber un futuro real para la humanidad sin imaginar una vida mejor, sin la esperanza de lograrla y, lo más importante, sin trabajar para ello.

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