De la pertinaz sequía a las lluvias nunca vistas
La primera idea era una muletilla que se empleaba hace unos años. Casi todos los males de la España muy rural eran motivados por sequías prolongadas; al menos así lo recogía el NO-DO. Daba lo mismo que se tratase de la escasez de alimentos, de la falta de trabajo, de la ausencia de materiales en las escuelas. Este noticiario de información, siempre loando al régimen, ponía al día a los españoles que iban al cine.
Habitante como era de un territorio estepario, Los Monegros, lo de la sequía lo entendíamos bien, nos sobraba lo de pertinaz. Casi nunca llovía, no teníamos cerca ningún río; por eso bebíamos agua de las balsas endorreicas que teníamos en el monte y cerca del pueblo. Cualquiera puede imaginar su calidad. La sequía era (es) permanente, que debe estar en un grado similar a pertinaz. Dice la Biblioteca Nacional de España que lo de pertinaz es un epíteto propio de la sequía (espantosa y cruel a la vez). No se suele aplicar a nada más; no es necesario unirlo a sequía. Añade que el epíteto se empezó a usar a mediados del siglo XIX pero adquirió su verdadera extensión popular durante el franquismo.
Pertinaces sequías las ha habido hace mucho tiempo. En mi tierra, las cosechas de cereales fueron en algunos años casi nulas; apenas daba para moler y sacar harina para comer pan. Racionado este después de la Guerra Civil, las menguantes cosechas debían ser entregadas al Gobierno. ¡Qué paradoja, tener trigo y no poder comer pan! Por lo que he leído sobre las graves sequías fueron especialmente duras las de Andalucía en 1930, la de 1943-1945 que afectó a casi toda España, y otras muchas que cuenta la Aemet. La agencia califica las lluvias actuales como “extraordinariamente abundantes”; un “tren de borrascas” que ha descarrilado a su paso por la península Ibérica. Por lo que he leído, las del año 1879 en las cercanías del Almanzora llegaron el año siguiente de una pertinaz sequía en 1878.
Cito textualmente el titular de un periódico de tirada nacional del día 4 de febrero: “Miles de desalojados y hogares sin luz, poblaciones incomunicadas y decenas de carreteras cortadas”. Contaba los efectos de la borrasca Leonardo. Convivir con la naturaleza supone que casi nadie está a salvo de las incertidumbres. Lo más conveniente es prepararse para afrontarlas; contar con protocolos que parece que ahora han funcionado. ¡Si hasta han tenido que cerrar el muro de defensa del Guadalquivir! Lo nunca visto. Sí, el agua circulante ha reclamado otra vez el territorio que le pertenecía.
Convivir con la naturaleza supone que casi nadie está a salvo de las incertidumbres. Lo más conveniente es prepararse para afrontarlas; contar con protocolos que parece que ahora han funcionado
El Sur de España (Andalucía), Extremadura, también Portugal y Marruecos están sufriendo “lo nunca visto”. También Galicia, donde parece que el aire mutó en agua. En realidad habrá ocurrido en alguna otra ocasión pero la memoria es frágil. En Grazalema, el punto donde más llueve en España, el agua sale desde dentro de la tierra, como si las casas fueran manantiales. Veo sus empinadas calles convertidas en ríos. La tierra circundante y el propio suelo calizo de la sierra ya no admiten más agua. La esponja del acuífero está sumergida. Aumentan los hidroseísmos, luego hay que evacuar a la población.
Las incertidumbres pueden generar pequeñas incomodidades o grandes catástrofes, como en este caso. Hay que repetir que las administraciones han estado alerta para hacer frente a “lo nunca visto”. En la memoria, la negativa maniobra de la negación acontecida en la zona levantina en octubre de 2024. Alguien dijo que las crisis nos hacen más precavidos, más fuertes. En este caso al menos ha servido para que las administraciones se impliquen; también para alertar a la población, que no es poco. Entre lo más lamentable de lo malo, inundaciones multiplicadas, desprendimientos de rocas y desalojos están copando la actividad. Después del socorro generoso a los afectados, hay que prevenir. Ante todo este maremágnum, los negacionistas climáticos “erre que erre”, sin querer ver lo que a veces puede suceder. ¡Y la gente sufriente también les vota!
¿Tiene que ver esto con el cambio climático?, me preguntaba una amiga. No le pude responder con certeza absoluta, pero si asegurarle que desde hace unos años se cumple un patrón: sequías más prolongadas y periodos cortos de lluvia intensa, que el suelo no puede apenas absorber. Añadí que puede ser que la corriente en chorro (“jet stream”) se haya debilitado en algún tramo (atención a las emisiones contaminantes); que influya el bloqueo ártico de las altas presiones; que en parte se deba a unas aguas oceánicas más cálidas y con más capacidad de evaporación; que el anticiclón de las Azores no esté donde siempre en invierno. ¿Quién sabe qué?, pero el hecho cierto es que se ha producido. A todo lo cual el negacionista señor Trump preguntará: “¿Pueden los insurreccionistas medioambientales explicar qué ha ocurrido?”
Está lloviendo como nunca. Por eso, ante esta meteorología cambiante y “desordenada” (quizás sea un patrón que se consolide) cabe recomendar el principio de precaución. Por un lado nos dice que quizás volvamos a ver lluvias semejantes a las de ahora, no se sabe si pronto. Por otro, que se deben respetar las servidumbres que genera la proximidad a cauces permanentes u ocasionales. Construir mucho y sin previsión en la llanura de inundación o canal de desagüe es un riesgo que no se debería asumir. Eliminar cauces de barrancos por donde casi nunca bajaba agua no es una buena práctica. Llenar de viales los territorios sin tener en cuenta las posibles escorrentías graves, sin darles capacidad de drenaje, roza el atrevimiento. En fin, pavimentar todos los entornos urbanos provoca aceleraciones en los caudales.
Hay que reponer lo perdido. Pero no con los mismos criterios que lo formaron. Ahora tenemos un mapa de riesgos de potenciales zonas inundables (MAPRI). Alguien dijo que debería hacerse una exhaustiva planificación hidráulica; ¿aún está vigente aquella de 2005? El Congreso de España está en otros menesteres; sus señorías prefieren enlodarse a mojarse.
Pues eso. Socorro generoso en estos momentos, pero previsión ante los que vendrán después.
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Carmelo Marcén Albero es doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza y especialista en educación ambiental.
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