¿Ha entendido ya el PP que con los ultras no se va de la mano sino esposado? Benjamín Prado
QUÉ VEN MIS OJOS
Vistas a toro pasado, que es cuando todos somos Manolete, las elecciones celebradas este domingo en Aragón, además de confirmar lo que se veía venir, nos dan la oportunidad de decirles cuatro cosas a las formaciones que han competido en ellas. La primera, que se dejen ya de esa aritmética que alguien se sacó de la manga y según la cual, a más participación, más izquierda. Pues ya se ve que no, porque aquí la participación ha subido y la izquierda ha bajado, por no decir que se ha despeñado pico Aneto abajo, lo cual es una caída de tres mil cuatrocientos metros, equivalente a cinco escaños menos, y que, se pongan como se pongan, va a dejarle al PSOE un agujero difícil de rellenar.
La segunda recomendación es que se libren de la idea pasada de moda de que esto es cuestión de imagen y cartelería y dejen de pensar que atraerá a más votantes elegir una candidata reconocible, en este caso ni más ni menos una ministra portavoz del Gobierno, cuya cara está hasta en la sopa, porque esa tienda se les ha venido también abajo: Pilar Alegría ha cosechado una derrota en toda regla y cuando se analicen en la famosa clave nacional los resultados, será con esa regla con la que se mida la debacle sin medias tintas de su partido.
La tercera, que no sean ingenuos y no se fíen de las palmadas en la espalda que les dan sus aliados de la ultraderecha, porque en realidad no son palmadas sino empujones: parece que no han entendido que sus aliados son sus enemigos, que van a por ellos y a favor de ola, porque un fantasma recorre el mundo y esta vez es el neofascismo. El PP alimenta a Vox con su propia sangre y se está debilitando victoria a victoria, tal vez porque está dispuesto a lo que sea con tal de conservar un poder autonómico que, sin embargo, hoy en Aragón y ayer en Extremadura, ha mermado y depende más aún de los ultras. Dar de comer al monstruo les dejará en los huesos: es lo que tiene compartir el ataúd con el vampiro.
El PP alimenta a Vox con su propia sangre y se está debilitando victoria a victoria
La cuarta certeza es confirmar el fracaso como líder de Alberto Núñez Feijóo, que llegó a la calle de Génova por las malas, tras alentar y ser el beneficiario del motín que los suyos le montaron a su antecesor, Pablo Casado, pero con ínfulas de estadista, y va camino de salir de ella sin pena ni gloria y, probablemente, sin pasar antes por La Moncloa. Su estrategia, si es que se la puede llamar así, de ir de la mano de Vox, está arruinando a su formación, porque no se ha dado cuenta de que con los ultras no se va de la mano, sino esposado, y que hacer con ellos un dúo echa de la sala de conciertos a todo el público. Ese abrazo del oso ha dejado al PP más solo que la una en el Congreso y al tiempo mal acompañado. Debería leer al politólogo Carlo Masala, que en su libro Si Rusia ganara, editado en España por Península, avisa que “lo que está en juego es nada menos que la defensa de la democracia como forma de gobierno o, por expresarlo de una manera más drástica: la defensa del modo en que vivimos y queremos vivir.” Y eso vale para Trump, para Putin, que, por decirlo a lo Fernando VII, son los mismos perros con diferente collar, y para sus versiones a la española, que ya están aquí, al pie del castillo.
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