El ‘planazo’ de Feijóo no sale: Castilla y León despeja incógnitas

La tercera estación del calvario electoral programado por Alberto Núñez Feijóo el pasado otoño contra Pedro Sánchez era Castilla y León. Fecha, 15 de marzo de 2026. Datos: el PP gana dos escaños y el PSOE otros dos. El primer objetivo del planazo –desgastar al “sanchismo” hasta “sangrar”– no parece muy logrado en la comunidad que pasa por ser la más conservadora de España, a la vista de 39 años de gobiernos de la derecha. La segunda prioridad declarada por el PP en este viacrucis era la de ensanchar la distancia respecto a Vox para rebajar sus exigencias en la negociación de gobiernos territoriales. Vox ha subido (solo) un escaño, de modo que la diferencia entre las dos derechas en Castilla y León ha pasado de 18 escaños ¡a 19! En esto le ha ido al PP mejor que en Aragón o en Extremadura, donde ya escribimos que hizo “un pan como una hostias”. Pero tendrá que seguir soportando, sí o sí, la penitencia que decida Abascal para gobernar en las tres comunidades que han votado en estos últimos meses.

Las urnas despejan incógnitas aunque no aportan los porqués (por mucho que nos empeñemos los analistas en lanzar juicios de intenciones sin esperar a los estudios postelectorales). De modo que no podemos saber hasta qué punto ha podido perjudicar las expectativas de Vox (las encuestas lo situaban por encima del 20%) su posición genuflexa ante Trump, sus vodeviles internos, su bloqueo de los pactos de gobierno en Extremadura o Aragón, etc. Como tampoco podemos saber en qué grado ha podido movilizar las filas socialistas el “No a la guerra”, la confrontación rotunda de Sánchez con Trump o la participación de Zapatero en algunas plazas clave de la campaña. Sí sabemos que donde han bailado escaños a favor del PSOE ha sido en Soria y en Segovia. Quizás –sólo quizás– la cercanía al territorio, a los problemas de la gente en su ámbito vital, pesan más que la geopolítica internacional.

Carlos Martínez, el candidato socialista, alcalde de Soria cuyo nivel de conocimiento a nivel autonómico no pasaba del 50%, ha conseguido atraer votos de Soria Ya a su cartel, y también ha inclinado a su favor el nuevo procurador que ganaba la provincia de Segovia gracias al aumento de población derivado de los trenes de alta velocidad a Madrid y Valladolid y de la población inmigrante. En Soria y en Segovia están las claves del crecimiento socialista. Y lo están, quizás, porque Martínez no es ningún paracaidista, porque ha centrado su campaña en plantear soluciones a lo que el PP no ha sabido gestionar en cuatro décadas, y porque lo ha sabido hacer sin aparcar la fuerza del “No a la guerra”, del brazo de Zapatero o acompañando a Sánchez sin ser ‘sanchista’ de primera hora. 

Que Mañueco renueve la primera posición o incluso la mejore, a pesar de su nefasta gestión de los incendios forestales del verano pasado, los casos de corrupción en su entorno salmantino o la devaluación permanente de la calidad asistencial en la región, no debería sorprender a nadie si se tiene en cuenta el ecosistema mediático regional (ver aquí). Tendrían que ocurrir muchas cosas a la vez (y en todas partes) para que la derecha pierda el poder en una comunidad en la que la influencia social de la Iglesia aún pesa más que las andas de Semana Santa y en la que un porcentaje muy relevante de la información (o desinformación) circulante está en manos de dos constructores condenados por corrupción.

Ni una sola encuesta ha acertado el resultado de Vox. De hecho, en los últimos días no había forma de escuchar un análisis electoral que no destacara que Santiago Abascal había hecho una campaña tan intensa que salía a tres pueblos por jornada, dedicado a predicar los efectos nefastos que el acuerdo de Mercosur tendrá para los agricultores y ganaderos de la región, sin olvidarse del “reemplazo” migratorio en marcha (dos ejemplos meridianos de manipulación informativa). Tampoco nos volvamos locos de (comprensible) alegría. El juego de las expectativas hace que nos parezca un éxito que Vox no haya superado el 20% del voto en Castilla y León, como si no fuera suficientemente grave que su resultado le permita seguir condicionando las políticas de gobierno desde el negacionismo, el extremismo y el discurso del odio. Eso sí, todo apunta a que el ‘No a la guerra’ sitúa a la extrema derecha ante el espejo de un patriotismo falsario.

Martínez no es ningún paracaidista, ha centrado su campaña en plantear soluciones a lo que el PP no ha sabido gestionar en cuatro décadas y lo ha sabido hacer sin aparcar la fuerza del “No a la guerra”

El resultado electoral de Unión del Pueblo Leonés demuestra la fortaleza del sentimiento leonesista. Los agravios que hasta un 60% de la población de León (segunda provincia en aportación de procuradores a las Cortes autonómicas) siente hacia el centralismo de Valladolid no pasarán. La representación leonesista es estable y creciendo entre la población joven. En algún momento de un futuro (no tan lejano) habrá que repensar un mapa autonómico diseñado en los albores de la Transición, a menudo por intereses muy verticales y poco coherentes con las identidades plurales y diversas de España (y de Castilla y León). La representación parlamentaria (aunque sea mínima) que mantienen Soria Ya o Por Ávila remachan en el mismo clavo: la necesidad de respetar y dar cauce a las reivindicaciones más pegadas a la realidad local o regional.

A la izquierda del PSOE ha ocurrido lo que se temía y más allá. La dispersión de siglas no ayuda, y aunque la barrera electoral sea del 3%, como en Aragón, y no del 5%, como en Extremadura, lo cierto es que se produce una diseminación del voto que solo favorece a formaciones que “atrapan” los restos, y es evidente que las mayoritarias (incluida ya Vox) se aprovechan de esta distorsión en el ecosistema electoral español, más dependiente de la circunscripción provincial que de la demonizada Ley D’Hont. Si las izquierdas no aprenden algo de lo ocurrido en Extremadura (para bien) y en Aragón y Castilla y León (para mal) es que todas o alguna de ellas andan ciegas y sordas.

No nos cansamos de escribirlo: si a la izquierda de un PSOE que –al menos en esta tercera estación del viacrucis– resiste y se fortalece, no surge una iniciativa removilizadora que resetee un sentimiento de decepción y lo lleve a las urnas con una ambición no sectaria sino democrática y plurinacional, será imposible una renovación de la coalición de Gobierno progresista

Cuarta estación, Andalucía, probablemente en junio. Disculpen que no me atreva a aventurar lo que puede ocurrir en el plano político hasta entonces. La velocidad de los tiempos de la IA y el trumpismo es más difícil de gestionar que los incendios de quinta generación. Pero nada está escrito, ni mucho menos contrastado, sobre un futuro electoral en el que unos cuantos puñados de votos pueden decidir escaños suficientes para inclinar la gobernabilidad. No parece descabellado aventurar que Feijóo no termina de conseguir tumbar al sanchismo, Abascal tampoco logra su ansiado sorpaso, el PSOE resiste (en la tierra genuina de “el que pueda hacer que haga”), el leonesismo se reafirma y la izquierda de la izquierda vuelve a ser enviada al rincón de pensar.

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