Mi mundo muy oscuro Aroa Moreno Durán
La agricultura moderna tiene un talón de Aquiles del que casi no hablamos: los fertilizantes fabricados a partir del petróleo y, sobre todo, del gas natural. Cuando estallan guerras en las zonas que controlan esa energía, no solo tiembla el precio de la gasolina; se tambalea algo mucho más básico: la comida que llega a nuestro plato.
Del pozo petrolero al saco de urea
Para que un campo de trigo rinda lo que hoy consideramos “normal” hace falta mucho más que sol y agua. Hace falta nitrógeno, fósforo y potasio en cantidades que los suelos ya no pueden aportar por sí solos tras décadas de explotación intensiva. De ahí la dependencia brutal de los fertilizantes minerales: urea, nitrato amónico, fosfatos o potasa.
La clave está en el amoníaco, la molécula de partida para casi todos los fertilizantes nitrogenados. Producirlo a escala industrial exige el proceso Haber‑Bosch, que consume una cantidad descomunal de energía: en torno al 8% de toda la energía utilizada en el mundo se va en fabricar fertilizantes nitrogenados. Esa energía, hoy, viene casi por completo de combustibles fósiles, sobre todo gas natural, y en menor medida carbón.
El gas natural no solo es la “gasolina” de esas plantas; es también la materia prima de la que se extrae el hidrógeno necesario para fabricar amoníaco. Por eso, en la industria europea de fertilizantes el gas puede representar hasta el 80% de los costes de producción. Cuando sube el gas, sube el amoníaco; cuando sube el amoníaco, se dispara la urea; cuando la urea se dispara, la cuenta del agricultor se vuelve una ruleta rusa.
Cuando la guerra entra por el fertilizante
Lo vimos con Ucrania y Rusia, lo estamos viendo ahora de nuevo con Oriente Medio. No hace falta que caiga una sola bomba sobre un campo europeo para que se tambalee nuestro sistema alimentario: basta con que un estrecho se cierre, un gasoducto se corte o un gobierno decida frenar exportaciones.
En la invasión de Ucrania, Rusia —uno de los mayores exportadores mundiales de fertilizantes y de gas— recortó ventas y sufrió sanciones. De golpe, los precios de la urea y otros abonos subieron entre un 35% y un 50% en cuestión de semanas. Muchos productores europeos tuvieron que parar hasta el 40% de su capacidad porque el gas se había vuelto impagable. El resultado fue una tormenta perfecta: fertilizantes escasos, más caros, y agricultores obligados a reducir dosis o directamente a dejar parcelas sin abonar.
Hoy el foco está en Irán y el Golfo Pérsico. El estrecho de Ormuz, por donde sale una parte crucial del gas y los fertilizantes del mundo, se ha convertido de nuevo en un cuello de botella. El cierre de facto del paso y la parada de plantas en Irán y Catar ya han provocado subidas de hasta el 35% en fertilizantes como la urea, el azufre o el fosfato diamónico. Y apenas ha pasado una semana.
Los efectos de este tipo de conflictos no se quedan en las bolsas de materias primas. Se trasladan, unos meses después, al pan, la pasta, el café, la carne. El trigo y el maíz, fundamentales en la dieta global, ya acusan la volatilidad de los costes agrícolas y del transporte. La agricultura del llamado “Occidente” no es la víctima visible de estas guerras, pero sí uno de sus rehenes silenciosos.
Europa: autosuficiente en normas, dependiente en abonos
Europa se presenta a menudo como adalid de la seguridad alimentaria y la autonomía estratégica, pero la realidad es más incómoda. El continente importa buena parte de sus fertilizantes de Rusia, Marruecos, Egipto o Bielorrusia, además del gas que alimenta su propia industria. Cuando se cerraron los gasoductos rusos y el precio del gas se disparó, la producción europea de fertilizantes cayó alrededor de un 70%. Desde entonces, muchos países han seguido comprando fertilizantes rusos fabricados a partir de un gas que ellos mismos han sancionado
La paradoja es clara: una parte de la seguridad alimentaria europea depende del suministro de su principal adversario geopolítico. Y, al mismo tiempo, el encarecimiento de esos abonos golpea de lleno a explotaciones ya ahogadas por costes crecientes y precios de venta estancados. En el campo, cada subida de la urea o del gasóleo agrícola no es un gráfico más: es la diferencia entre sembrar o no sembrar, entre mantener plantilla o despedir.
La agricultura del llamado “Occidente” no es la víctima visible de estas guerras, pero sí uno de sus rehenes silenciosos
Mientras tanto, otros actores se mueven rápido. China, prácticamente autosuficiente en fertilizantes nitrogenados, ha pedido a sus distribuidores que no especulen ni acaparen producto ante la tensión en Oriente Medio. Rusia reconoce que no puede sustituir todo el volumen que falta desde el Golfo, pero sigue utilizando sus exportaciones de abono como herramienta de influencia. India, Brasil y Turquía compiten por un pastel cada vez más pequeño justo cuando se acercan sus campañas de siembra.
Un futuro incómodo: sin fertilizantes, no hay cosecha
Hay una idea romántica, muy cómoda para quien vive lejos del campo, que dice que bastaría con “volver a lo natural”. Rotaciones de cultivos, estiércol, agroecología: todo eso importa, y mucho, pero no basta para mantener los rendimientos que hoy alimentan a casi 8.000 millones de personas. El salto productivo del siglo XX se debe, en gran medida, a esos sacos blancos de fertilizante que ahora miramos con sospecha.
Imaginar de golpe un mundo sin fertilizantes fósiles, sin haber construido antes alternativas, es imaginar un mundo con menos cosecha y más hambre. Precisamente por eso, cada nueva guerra en una región productora de gas o fertilizantes debería leerse también como una amenaza directa a nuestra capacidad de comer. No solo aquí, sino sobre todo en los países que ya destinan la mayor parte de sus ingresos a la alimentación.
La salida no es sencilla, pero la dirección es clara. Desvincular, poco a poco, la producción de fertilizantes del gas fósil, apostar por tecnologías que usen hidrógeno renovable, recuperar suelos vivos que necesiten menos insumo químico, y tratar los fertilizantes no como un negocio especulativo más, sino como lo que son: un pilar de la seguridad alimentaria global.
Mientras eso no ocurra, cada estallido bélico en las zonas que concentran gas, petróleo y plantas de fertilizantes seguirá poniendo en jaque a la agricultura del mundo occidental. En la próxima crisis, quizá no falte gasolina en las gasolineras, pero sí pan en la mesa de quienes ya están al límite.
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José González Arenas es secretario de Medio Ambiente del PSOE de Córdoba.
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