Trump despilfarra el poder estadounidense Jesús A. Núñez Villaverde
De regreso a la jungla de la que durante un tiempo creíamos haber salido, tan visible es el desprecio de los más fuertes por el marco normativo e institucional que nos habíamos dado para regular las relaciones internacionales, como su desacomplejada apuesta por el poder como único factor a considerar a la hora de defender sus intereses e imponer su dominio sobre otros. Sin olvidar a Vladimir Putin y a Xi Jinping, Donald Trump es quien mejor representa este nuevo giro con su afán por revertir el debilitamiento de Estados Unidos como hegemón mundial.
En principio, ese retroceso histórico debería proporcionarle a Washington una considerable ventaja frente a cualquier competidor, en la medida en que sigue siendo hoy el actor más poderoso del planeta. En efecto, y aunque desde hace décadas se viene hablando del declive estadounidense y pronosticando el derrumbe de su imperio, es incontestable que aún sigue liderando la clasificación mundial en todos los ámbitos que determinan el poderío de todo Estado nacional. Así ocurre, en primer lugar, en el terreno militar, con una capacidad muy superior a la de cualquier otro país en el nivel convencional y a la par del que ostenta Rusia en el terreno nuclear. Y por mucho que China esté acelerando la modernización de sus fuerzas armadas, incluyendo su poder naval y su arsenal nuclear, todavía queda por debajo en potencia global, con Rusia todavía más atrás.
Lo mismo cabe decir en el campo económico. Por mucho que su dominio no sea tan aplastante como hace medio siglo, todavía sigue siendo la primera potencia económica, con un 26% del PIB mundial (frente al 17% de China y el 1,8% de Rusia), mientras el dólar continúa siendo la moneda de referencia. Precisamente esa percepción de pérdida de protagonismo ante la emergencia de Pekín es lo que alimenta el plan de Trump –mezclando aranceles y ventajas fiscales– para recuperar el atractivo de su país como destino predilecto de los inversores internacionales y para volver a convertirse en la principal potencia manufacturera. Para ello cuenta con el hecho de seguir siendo también la mayor potencia tecnológica del mundo, convertido desde hace mucho tiempo en un poderoso imán que atrae capital humano a sus universidades, sus centros de investigación y sus empresas más punteras.
Hoy EEUU está muy lejos de ser un modelo a imitar, sumido en una deriva antidemocrática que pone en cuestión sus propios fundamentos
Por si eso fuera poco, Estados Unidos es, asimismo, la primera potencia cultural del planeta, capaz todavía de establecer y marcar tendencias en todas las manifestaciones culturales, proyectando un modo de vida que muchas personas toman como referentes a imitar. Un terreno en el que tanto Pekín como Moscú quedan en posiciones muy atrasadas al no ser capaces de generar un atractivo similar para otros pueblos. Eso le permite, por un lado, contar con simpatías generalizadas cuando pretende sumar fuerzas con otros y anular potenciales amenazas contra sus intereses cuando otros competidores pretenden crear coaliciones antiestadounidenses.
Por último, también en el ámbito energético EEUU figura ya como el primer productor mundial de petróleo y gas, materias primas que siguen siendo los principales motores de la actividad económica a escala mundial. Explotando sin reparos medioambientales sus considerables reservas de hidrocarburos, ya está por encima de Rusia y Arabia Saudí como suministrador de muchos países; lo que le concede una considerable palanca de dominio.
Todo eso, en apenas un año de mandato, es lo que Trump ha despilfarrado hasta convertir a Estados Unidos en un actor que inspira mucho más rechazo que simpatías. El problema es doble. Por un lado, con su actitud prepotente y sus desplantes e insultos, ha echado a perder todo lo que el soft power proporciona en términos de influencia, posibilidades de cooperación con otros en temas de interés común y ayuda en caso necesario. Hoy EEUU está muy lejos de ser un modelo a imitar, sumido en una deriva antidemocrática que pone en cuestión sus propios fundamentos, y ha pasado a convertirse en un escenario de fractura sociopolítica que corre el riesgo de desembocar en una confrontación civil (el propio Trump acaba de definir a los demócratas –es decir, a la mitad de la población– como una amenaza prioritaria que hay que neutralizar urgentemente).
Por otro, está descubriendo que –tras haber ordenado ataques contra siete países, incluyendo Irán– su superpotencia militar tampoco le garantiza la consecución de sus objetivos hegemónicos. Aun aceptando que no existe ningún ejército en el planeta capaz de vencer en una guerra convencional a las fuerzas armadas estadounidenses, eso no convierte a EEUU en invulnerable ni tampoco en vencedor por definición. Y si antes los fracasos cosechados ante enemigos teóricamente muy inferiores –como en Vietnam, Irak o Afganistán– ya dejaron muy visibles las limitaciones del poder militar para lograr objetivos políticos, ahora el caso de Irán vuelve a refrendarlo. Ofuscado con la aparente victoria lograda en Venezuela, Trump ha creído que podía replicar el ejercicio en Irán… y ahora no sabe cómo salir del pozo en el que él mismo se ha metido.
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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
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