Silvio en La Habana con un kalashnikov Aroa Moreno Durán
Es fácil chotearse de la Semana Santa: de los fachillas engominados, del calculado histrionismo; la performance fanático-devocional, la exhibición callejera de los resabios del Antiguo Régimen, etcétera. Si uno quiere, la caricatura se escribe sola: basta con juntar en la misma crónica las filípicas de un par de capillitas con los berridos de la Legión desembarcando en Málaga. "Soy el novio de la muerte", y ya estaríamos todos.
Sería injusto, eso sí, reducir un acontecimiento tan complejo a tres tristes tópicos, que por más que sean verdaderos no agotan el fenómeno. Lo pensaba el otro día, viendo procesiones en mi pueblo (provincia de Sevilla, villa ducal, cofradías de primer nivel, oiga) y fijándome en el paisanaje. Por la bulla pululaban los cretinos habituales —mocasín de charol, corbata de nudo fino, seis toneladas de fijador—, muchos compañeros de pupitre que ahora empujan el carrito de sus bebés y vecinos cuyo nombre ignoro pero a los que cada año encuentro en el mismo sitio. "A tu abuelo le gustaba ver la procesión aquí", me dijo mi madre.
Levanté los ojos y vi a una anciana murmurando tras una ventana. La hija le agarraba la mano. Por los adoquines avanzaban unos romanos de mentirijilla (señores con leotardos y plumas), escolta solemne del paso de un nazareno que enfila el calvario. Al alejarse, por el desnivel de la calle, parecería que andaba. "Sus pies no pisan el suelo, sino que camina sobre la cabeza de los hombres", escribió Homero de Hermes. Lo seguía María Santísima, con los ojos hinchados y la cara de pena. Al girar la esquina, una señora pedía por martinetes que la salvase de un peligro. Al rematar la saeta, se escabulló entre la multitud.
Me gusta pensar, remedando a Borges, que las tradiciones se sirven de nosotros para perpetuarse: que uno mismo, con otro nombre (ah, el linaje) ocupa el lugar que la función le adjudica. Allí estamos todos: los idólatras, los blasfemos, los adúlteros, los sodomitas, los marxistas y los incrédulos; como en las fiestas de las religiones primitivas: para actualizar la creación del mundo cada cual tiene que interpretar el papel que le toca o la cosmogonía se queda a medias.
Puede que las hermandades sean un reducto de clasismo e hipocresía, pero también han servido como espacio de socialización y refugio para minorías sexuales y políticas
Pensaba, volviendo a casa, en cuántas celebraciones habrá por el país en las que los propios se disfrazan y toman las calles sin menoscabo de erudición y reverencia (danzas macabras, carnavales ominosos, payeses impostores subiéndose al castillito y danzas forales que válgame el Señor) y en cuánto lo detestable de lo semanasantero se amolda (curiosamente) a las exageraciones de la fiesta en Andalucía. Anoche, en el telediario, entrevistaban a un mangurrián que se enorgullecía de "lo castellano" de su cofradía: más recogido, ordenado y recio; por tanto, mejor. Qué lástima, carajo.
A ver: puede que las hermandades sean un reducto de clasismo e hipocresía, pero también han servido como espacio de socialización y refugio para minorías sexuales y políticas. ¿Que la iglesia se sirve de la religiosidad popular para mantener su hegemonía? Por supuesto, pero en muchos pueblos la única oportunidad de introspección que tiene un paisano al año son las horas que se pasa tras el antifaz y bajo el capirote. Conviene no despachar con dos brochazos ("es que le rezan a un muñeco de palo", finísimo análisis antropológico) fenómenos tan densos, no sea que caigamos en el mismo gañanismo que decimos combatir. Soy el primero al que le repugna la cursilería y el sentimentalismo barato de todo el asunto, pero, si nos quedamos en la superficie de cualquier práctica religiosa o cultural, ¿cuál se nos resiste? Mira qué tonto Shakespeare: ¿cómo van a caber los campos de Francia en ese ridículo escenario?
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