La cabaña del Turbo Pedro Vallín
Ya no. Como antes. He ahí dos pasos de la letanía periodística del acabose. No lo pronuncian los periodistas, también sus protagonistas. El cine ya no, la política ya no, las novelas ya no, las empresas ya no, los trabajadores ya no, el fútbol ya no... Como antes.
Una cosa hermosa de este oficio de impostores es que es termómetro de la actualidad hasta sin querer. Le mide la fiebre y la infección. La montaña de titulares que cada semana pivotan alrededor del “ya no”, “como antes” revela que la velocidad del mundo, a juicio del periodismo o de sus protagonistas, no convoca transformaciones positivas o ambivalentes, solo declive. Leyéndonos, el mundo no cambia, el mundo muere. Es cierto que nada es como antes. La modernidad supuso eso: el fin del tiempo circular, el fin de los destinos atados a la servidumbre, el fin de la biografía escrita en el apellido como celda de la que es imposible escapar. El final del “así se ha hecho toda la vida”. Toda la vida, he ahí otra expresión que confunde historia y biografía. La innovación científico-técnica y la movilidad social son el disparador de la modernidad, que no es otra cosa que un mundo de orden cambiante, un mundo en que ya nada es como antes cada década.
El universo de las certezas murió con las revoluciones burguesas, gracias a dios, porque certeza era la única posesión de un campesino del siglo XVIII, la certeza de que comería gachas de harina y agua hasta el fin de sus días y que, con toda seguridad, sus hijos tendrían una vida mísera idéntica a la suya. Si sobrevivían a la infancia, claro. Ese era un mundo de orden y certezas. Sin embargo, en los albores de la revolución digital, cuando la población occidental vive más y sufre menos que en ninguna etapa histórica anterior, el periodismo sirve un menú con “ya no” de primero y “como antes” de segundo, con postre de tarta de queso. Casera, como la de tu abuela, no faltaba más.
Ante una sociedad cambiante, el periodismo tiene tres posibles liturgias: describir la transformación, lamentar el declive o proclamar la hipérbole (tremendista o utópica). La superioridad estadística de la primera opción es arrolladora y si sumamos las hipérboles tremendistas, es obvio que la mirada que lanzamos, no ya sobre el futuro sino sobre el presente, es una ceremonia fúnebre sobre un mundo que se fue. El lenguaje que usamos a duras penas se emancipa del dramatismo. Crisis, declive, amenaza, fin… El mundo no cambia, se acaba. Tal vez porque Occidente es una población envejecida y longeva, que es la que se tiene que acabar —nos acabaremos— en vez de cambiar, el caso es que es difícil separar la escasez de jóvenes y la abundancia de viejos de esa mirada fúnebre al futuro. El periodismo atiende un mercado compuesto por lectores, oyentes y espectadores que ya le han dado la vuelta al jamón y que solo pueden esperar una cosa de lo venidero: desaparecer convertidos en polvo. Ese es el cliente con poder adquisitivo y que sigue atendiendo la jerarquía de los medios —ven la tele, escuchan las noticias e incluso leen periódicos, digitales o no—, y ese es el producto que servimos. Porque el periodismo que gusta es el que refrenda lo que uno ya pensaba antes de leer o ver nada nuevo, y ese refrendo a menudo consiste en subrayar el estado de ánimo de quien ya está más cerca de la meta que de la salida. La radical transformación de la industria de la comunicación hace que el oficiante sea, él mismo, también un señor mayor que sufre por la creciente y acuciante proximidad de la fachada del panteón.
Ante una sociedad cambiante, el periodismo tiene tres posibles liturgias: describir la transformación, lamentar el declive o proclamar la hipérbole (tremendista o utópica)
Quiere decirse que el “ya no” y el “como antes” no describen el mundo, describen al cliente principal del periodismo y, a veces, al periodista. El escritor Jorge Dioni López llamó a este fenómeno el “ego-ovni”: confundir tu culo con el mundo. El anhelo de certidumbre y orden, el anhelo de la antigüedad premoderna, es en realidad la melancolía de una circularidad que funciona como trampantojo emocional porque si nada cambia, nada muere. Empezando por nosotros mismos. La prensa no está obsesionada con la decadencia, o no demasiado, más allá de abrazarla como acto reflejo, lo que está es especializada en traducir la experiencia íntima del paso del tiempo en un relato colectivo sobre las congojas de su cliente. El periodismo, como todo negocio, adula al cliente. Consuela.
Es evidente que esa angustia oficiada por los medios convoca posiciones reaccionarias y, en tanto estado de ánimo del mundo, hábitat dramático del presente, ha contagiado a los jóvenes —los occidentales, claro—, también convencidos de que todo se está yendo al garete. Cualquier observación fría de los factores de desarrollo humano en Occidente desmiente tal pretensión. Y en el caso de los mayores, la nostalgia de circularidad es, en todo caso, aparente y tiene mucho de autosugestión, de hipocresía, porque la calidad de vida del larguísimo último tercio de la vida, aderezada con toda clase de avances —uno de los principales, en un mundo aún gobernado por hombres mayores, es la famosa pastillita azul— hace que el hambre de orden sea solo fingida. El reaccionarismo cultural y político que vivimos, ensimismado, es antes que la fundación de una granja donde esperar que los días nos mezan y consuman, la última cabalgada del cowboy, de ahí que sea precisamente el reaccionarismo el que demuestra una y otra vez con sus votos que ansía desorden y revolución. El mantra “la gente quiere orden” lo desmonta el corte de población de los que votaron a favor del Brexit, abuelos destruyendo su propio mundo para sus hijos, como lo desmontan los triunfos de Javier Milei, Donald Trump o Benajmin Netanyahu, agentes evidentes y conocidos del caos. Detrás del libertarismo no hay sino hambre de antigüedad, selva y castas. Los mayores no tienen hambre de orden, solo lo fingen mientras preparan La Grande Bouffe.
Así que tenemos pocos jóvenes, contagiados del pánico a la muerte que tienen sus viejos, y una gente mayor que está dispuesta a desordenar el mundo en pos de una fiesta final, aunque los que se queden a recoger cristales, botellas vacías y calcetines de dudosa procedencia sean sus hijos y nietos. Como literalmente ha ocurrido en el Reino Unido. Nadie recuerda ya que “no puedes detener los cambios, como no puedes detener la puesta de los soles”, dijo Shmi Skywalker. Así que se opta por montar fiestas que celebran tradiciones fingidas, como la recién ultimada Semana Santa, que hoy que ya casi nadie cree se celebra en muchísimas ciudades en las que jamás nuestros abuelos anduvieron detrás de un paso, como si los capirotes hubieran sido una realidad en localidades que solo los habían visto en el No-Do. El orden y la tradición, como vemos, son en realidad desorden e inventos.
Pronto será 20 de abril, una canción publicada en 1991 por Jesús Cifuentes (Celtas Cortos), que fue escrita en forma de carta fechada en 1990 y que hablaba, desde la melancolía de la edad madura, de unos años ochenta y una juventud perdidos para siempre en un lejano pasado acontecido cinco años antes, poco más o menos. Treinta y cinco años después de publicarse el éxito de la banda de Valladolid, manoseamos con añoranza el recuerdo de haber recordado con mejor añoranza. Aquella morriña de 1985 escrita en 1990 sí era bonita, y no la de hoy. Ya no sentimos nostalgia como antes. No añoramos la cabaña del Turbo, añoramos la tarde en que escribimos una carta añorando la cabaña del Turbo. “Ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado”. A dios gracias. Hasta la decadencia decae. Somos de risión.
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