Rosario Weiss Luis García Montero
El magnífico libro de Sergio del Molino titulado La hija (Alfaguara, 2026) me hace pasear por el Museo del Prado y por mi propia memoria. Su protagonista, la pintora Rosario Weiss, posible hija de Leocadia Zorrilla y Francisco de Goya, cobra un poder literario admirable desde tres perspectivas: los recuerdos de Juan Antonio Rascón, personaje histórico, su amigo y enamorado, las palabras de un estudioso que navega por los documentos y las emociones de un escritor dispuesto a vivir la historia que ha creado, habitando los cuadros y los sentimientos de su protagonista. La pulsión literaria envuelve a la figura de Rosario y nos acerca a su situación personal en unos años muy significativos del siglo XIX. Tuvo que ganarse la vida como retratista en la corte borbónica, después de haber crecido junto a Goya y su madre en el exilio liberal de Burdeos. En su oficio de pintora se juntaron los trazos exactos de una artista que debía captar los rostros sociales de muchos personajes de alta consideración y dominar, al mismo tiempo, las intuiciones de una mirada que buscaba ya la crisis romántica bajo las exactitudes del racionalismo ilustrado, para seguir el camino abierto por los caprichos y las pinturas negras de Goya.
Con Rosario sentimos el latido de una España en la que fluyen el absolutismo, el liberalismo, los cortesanos, los salones, los afrancesados, los carlistas, los generales, la necesidad de afirmación de las mujeres libres y algún poeta decidido a identificarse con los piratas
¿Francisco de Goya fue su padre? Después de haberla visto crecer en sus casas y de haber estudiado muchos documentos, Sergio del Molino decide que Rosario es hija de Goya, aunque las discusiones de los historiadores y los estudiosos del pintor no lleguen a un acuerdo. ¿Qué más da la biología si vemos a una niña junto a un maestro paterno que la enseña a vivir, dibujar y darle sentido a la imagen de una lectora o de una lechera? La fuerza narrativa de Sergio hace de Rosario la hija indiscutible de Goya, la muchacha que debió aprender a reafirmarse como artista y como mujer entre las murmuraciones de la corte y las deudas con su propio pasado, sus amores más sigilosos y sus obras. Al leer La hija, vivimos los matices interiores que suelen esconderse en una fecha, unas citas o unos comentarios superficiales. Y con Rosario sentimos el latido de una España en la que fluyen el absolutismo, el liberalismo, los cortesanos, los salones, los afrancesados, los carlistas, los generales, la necesidad de afirmación de las mujeres libres y algún poeta decidido a identificarse con los piratas.
Un buen museo es una memoria colectiva en la que uno acaba encontrándose a sí mismo. Ocurre igual con los buenos libros. Leer La hija ha supuesto en mi caso que llueva sobre mojado. Sergio afirma que Rosario no tuvo descendencia, pero a Granada llegó un muchacho llamado Adolfo Montero Weiss, crecido en casa de Leocadia, que abrió un taller de instrumentos musicales. José Miguel Barberá señaló en un estudio que este Adolfo, mi tatarabuelo, fue hijo de Rosario, nacido en secreto, en El Escorial, en 1841, mientras la joven pintora argumentaba que se había desplazado hasta allí para copiar cuadros del Greco y Velázquez. La historia familiar me llegó entre murmullos, y no sólo porque los amores de Goya, Leocadia, Rosario y un tal Montero (artista de circo o artesano musical) fuesen pecaminosos, sino porque la vida de ese Adolfo Montero Weiss, en Granada y Almería, se vio envuelta en turbias escenas de celos con puñaladas, condenas y extrañas amnistías. Los recuerdos eran poco atractivos para las costumbres conservadoras de mis antepasados, pero el poeta que yo escondía dentro de mi corazón se identificó con una historia que subía por las teclas de los pianos y los órganos desde mi madre Elisa Montero, por las manos de mi abuelo Montero Molina, por la batuta de mi bisabuelo Montero Gallegos hasta llegar al retrato de mi tatarabuelo Montero Weiss, nieto de Goya e hijo de Rosario. Ellos me parecieron más míos que Fernando VII e Isabel II.
Quizá Adolfo no fue hijo de Rosario, tal vez se trató de uno de los niños que Leocadia y su hijo Guillermo adoptaron para criarlos de forma generosa. Quizá Sergio tiene razón. Pero la vitalidad de su libro me hace a mí sentir lo mismo que él siente en las discusiones de los historiadores y los especialistas. Cuando veo un cuadro de Rosario, la siento parte de mi memoria familiar. ¿Qué más da la biología? Yo regreso a la tienda de pianos de mi abuelo, a la casa de mi bisabuelo, pintor, músico y director de la banda municipal de Granada, a los retratos familiares de mi tatarabuelo y a las conversaciones en las que se escapaba un secreto, poco agradable para la gente de bien, pero muy atractivo para la imaginación del niño que fue cumpliendo años junto a Moratín, Larra y Espronceda.
Entre caprichos, grabados y pinturas negras, no le caigo bien a los Madrazo. Creo que mi madre, que tanto me regañó por tantos motivos, se sintió orgullosa de que alojara yo a Rosarito en mi corazón.
Lo más...
Lo más...
LeídoLas redes de poder de Orbán pueden evitar un cambio de régimen aunque pierda las elecciones húngaras
Eszter Wirth (The Conversation)Israel convoca a la encargada de negocios española en Israel por la quema de un muñeco de Netanyahu
infoLibreLa baza sorpresa de Sánchez para el voto de centro: “Cuerpo entra como un cuchillo en mantequilla”
Antonio Ruiz ValdiviaTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirlaTodos los colores de la oscuridad
Agujereando el presente
Civilización o barbarie. La batalla por el futuro de la humanidad
¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.