Como la tontería mute a virus nos morimos todos

Casi todos recordamos dos momentos críticos en el ámbito de las alertas sanitarias: el sida y el covid. Y sabemos que donde hay peligro de muerte hay miedo, entre otras cosas porque las personas asustadas inventan leyendas y, sobre todo, se las creen. Del sida, por ejemplo, se llegó a decir que lo transmitían los mosquitos, y cómo demonios se puede uno escapar de esos insectos que son una miniatura de conde Drácula, siempre dispuesta a servirse unas cañas de tu sangre. En los primeros tiempos de esa amenaza, el maestro Rafael Alberti, que le tenía más miedo que vergüenza a la muerte, y un servidor íbamos a los restaurantes con unos cubiertos de excursionista y un vaso telescópico, que usábamos sin dejar de sentirnos más bien ridículos, entre otras cosas porque, como se sabe, pocas cosas son tan intimidantes como un camarero perplejo que te mire por encima del hombro, entre la desaprobación y la ironía.

Y qué vamos a decir del covid, que nos tuvo hasta tal punto entre la espada y la pared que llegamos a prometernos que de esa saldríamos mejores, lo cual era una especie de oración por lo civil a la que, como se ha visto, hay que darle la misma credibilidad que a las otras, tan bien resumidas por eso de "a dios rogando y con el mazo dando" que nos define y nos conoce al dedillo.

Ahora es el tiempo del hantavirus y muchos se habrán echado a temblar en cuanto han visto salir a la palestra a los políticos de turno para mandarnos un mensaje de tranquilidad, que es algo parecido a lo que hacen los presidentes de los equipos de fútbol cuando confirman en su puesto a su entrenador, normalmente diez minutos antes de destituirlo. Se han difundido teorías —luego están las sandeces de Abascal, pero eso ya búsquenlo en la sección de chistes— y han hablado los médicos: la cosa está bajo control, no hay de qué preocuparse y tal y tal. Pero ahora vemos que una pasajera del barco, que algunos hubiesen querido enviar a alta mar para convertirla en la versión contemporánea de El Holandés Errante, se montó en un avión… y estaba infectada. Saldrán más casos, o no, pero, con los precedentes que tenemos, nadie nos puede negar el derecho a no fiarnos.

Ahora es el tiempo del hantavirus y muchos se habrán echado a temblar en cuanto han visto salir a la palestra a los políticos de turno para mandarnos un mensaje de tranquilidad

Una de las políticas que en las primeras horas del covid salió a tranquilizarnos y aseguró que aquello sería poco más que un catarro fue Isabel Díaz Ayuso, ahora en el candelero por su ir a por lana a México y volver trasquilada. No fue la única, de hecho, se repitió tanto ese mantra que llegó a hacer fortuna el término gripalización. Ya sabemos lo que vino después. Y también sabemos que esa costumbre de algunas lideresas y algunos líderes de opinar de todo, en parte impulsada por nosotros mismos —y no digamos ya por sus adversarios ideológicos, que exigen reacciones inmediatas, comparecencias fulminantes y soluciones a la carrera—, es una variante de los fuegos artificiales y el papel mojado. Aburren por previsibles y raca-racas: en la ultraderecha se ha acusado a Sánchez de querer propagar una epidemia, y en el PP, casi, casi. A ver si los que necesitan ir a urgencias son ellos, porque están para que los encierren. Me temo que el día en que la tontería mute a virus nos morimos todos.

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