¿Brotes verdes?

Algunos acontecimientos de los últimos meses invitan a pensar en una cierta recuperación de las políticas progresistas, mientras que las de ultraderecha comienzan a dar síntomas de agotamiento. Tras el frenazo de Vox en Castilla y León, las elecciones andaluzas del próximo domingo serán un buen termómetro para saber si la formación ultra ha tocado techo. Y las encuestas no son halagüeñas: ninguna le da por encima de los 14 escaños que tiene en la actualidad. Parece que las cuitas internas y el desgaste de la figura de Abascal le está pasando factura. Y, ciertamente, las formas no acompañan al líder: recientemente llamó “chulo de putas” y “mierda” a Pedro Sánchez y “rata” a Marlaska; la política es otra cosa.

Tampoco les hace gracia a sus votantes el servilismo ciego que Abascal profesa a Donald Trump, un presidente con un índice de popularidad que no ha parado de bajar desde que está en la Casa Blanca y que registra mínimos históricos desde su intervención en Irán. Los votantes de Vox, que se consideran, ante todo, muy patriotas, no entienden que su líder defienda unas políticas económicas (aranceles, etc.) que ponen en riesgo las industrias y el sector agroalimentario nacionales.

Abascal se ha atado políticamente al trumpismo, lo que pudo tener un cierto efecto positivo en un primer momento, pero dejar el partido en manos extranjeras puede ser perjudicial a largo plazo. La ola populista conecta con los ciudadanos más desfavorecidos en contextos de crisis, pero la autocracia que Trump defiende y que Abascal practica en su propio partido está desgastando a la formación y, posiblemente, limitará su poder institucional y autonómico. 

La ola populista conecta con los ciudadanos más desfavorecidos en contextos de crisis

La derrota de Orbán en Hungría ha dejado a Vox sin uno de sus mayores aliados políticos, ideológicos y financieros en el continente. El varapalo ha sido considerable, teniendo en cuenta que se trataba de su único socio con presencia en el Consejo Europeo. Quizás no fue buena idea abandonar el grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) en 2024 —en el que sí se mantiene Meloni, contraria a la inmigración pero mucho más pragmática en asuntos comunitarios— para unirse a Patriotas por Europa, plataforma ultra impulsada por el propio Orbán.

La presidenta italiana, tras una primera etapa de sumisión a Trump, ha puesto ahora distancia, acercándose al “no a la guerra” de Sánchez y denegando a EEUU la autorización para utilizar la base militar de Sigonella, en Sicilia, para la ofensiva contra Irán. Da la impresión de que su derrota en el referéndum de reforma de la justicia ha hecho reaccionar a la italiana. La guinda, no obstante, han sido los ataques de Trump al papa: Meloni calificó de “inaceptables” sus diatribas, teniendo en cuenta que más de la mitad de los italianos se declaran católicos.   

Al otro lado del Atlántico, en su propia casa, Trump, envuelto en la bandera antiinmigración que Vox sigue a pies juntillas, ha visto cómo un socialista, musulmán e inmigrante —nacido en Uganda— se hacía con la alcaldía de Nueva York, capital financiera del planeta. El presidente hizo campaña contra él y amenazó con recortar la financiación a la ciudad donde nació. El nuevo alcalde, Zohran Mamdani, dijo tras conocer los resultados: “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes, una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes. Y a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.

En Francia, a pesar de que el giro social hacia el conservadurismo es evidente, también se aprecian algunos brotes verdes. Así lo demuestra la victoria de la izquierda en las municipales del pasado marzo en París, Marsella y Lyon, las tres grandes ciudades del país. Marine Le Pen no logró su objetivo de atraer a la derecha tradicional a sus postulados ultras y, ahora, la gran pregunta es si la izquierda volverá a reeditar, de cara a las presidenciales del próximo año, el Nuevo Frente Popular que tan buenos resultados le dio en las legislativas.

Un caso paradigmático de la resistencia a Trump se vivió en los últimos comicios en Dinamarca. En un apresurado giro de guion, la socialdemócrata Mette Frederiksen decidió adelantar las elecciones —previstas para otoño— al pasado marzo, tras comprobar un aumento de su popularidad gracias a su firmeza ante las amenazas del estadounidense de hacerse con Groenlandia. A finales del pasado año, las encuestas daban muy pocas posibilidades a Frederiksen para lograr un tercer mandato, pero las intimidaciones de Trump, que llegó a amagar con el uso de la fuerza para tomar la isla, le dieron la vuelta a la situación. Lemas como “Groenlandia no está en venta” o “Manos fuera de Groenlandia” se escucharon en Dinamarca. El gobierno danés, las autoridades de Groenlandia y la oposición política cerraron filas para defender la soberanía del territorio.

Todo apunta a que el apoyo al populismo ultra de Trump se desinfla internacionalmente. El primero que ya mira de reojo es Abascal

El trumpismo se resquebraja incluso a domicilio. La demócrata Emily Gregory derrotó en marzo al candidato apoyado por el republicano en las elecciones a la Cámara legislativa de Florida en el distrito donde se integra el complejo de Mar-a-Lago, la posesión de Trump en el condado de Palm Beach. Y en el movimiento MAGA, con amplios sectores contrarios al intervencionismo militar, las muestras de ruptura son evidentes. El ataque a Irán y las amenazas de aniquilar su civilización vertidas por el propio Trump han provocado un crisis interna con voces que incluso ya cuestionan la capacidad cognitiva del presidente para seguir en el cargo.

Con estas señales, todo apunta a que el apoyo al populismo ultra de Trump se desinfla internacionalmente. El soporte incondicional de la Casa Blanca al genocida Netanyahu también le está desgastando políticamente: se han celebrado protestas masivas tanto en Estados Unidos como en diversas ciudades del mundo contra las masacres de Gaza y Líbano. El cheque en blanco a Israel y el acercamiento a Putin conlleva una responsabilidad ética que socava la credibilidad estadounidense en defensa de los derechos humanos.

El discurso del trumpismo pierde fuerza y Orbán ha sido el primero en pagar el lastre electoral. Puede que haya más afectados en la internacional ultra. El primero que ya mira de reojo es Abascal. Los últimos sondeos presentan subidas de PSOE y PP y estancamiento —incluso retroceso— de Vox. Los purgados en los últimos meses piden un congreso extraordinario. En el horizonte, las elecciones generales del año que viene para el líder de Vox y las de medio mandato en noviembre para el inquilino de la Casa Blanca. Ambas pueden ser decisivas para valorar si la alianza ultraderechista se está fracturando, presa de su falta de consenso y víctima de sus propias contradicciones.

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Daniel Leguina Casas es responsable de Comunicación de Fundación Alternativas.

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