Para saltarse la ley no hay mejor chándal que una toga Benjamín Prado
Durante esta primavera se socarran los bosques. No es el titular de un diario catastrofista. Lo saben bien en los Países Bajos, donde están soportando una inusual ola de incendios. Tanto es así que han tenido que pedir ayuda al Centro Europeo de Coordinación de la Ayuda de Emergencia (ERCC, por sus siglas en inglés). Lo ocurrido podría situase en las orillas del Mediterráneo, o en California. Pero no en un país que antes llamábamos Holanda. ¿Será casualidad? Parece que no, pues los meteorólogos advierten de que los fuegos cada vez serán más frecuentes debido al cambio del clima.
A pesar de los anuncios, los gobiernos y la ciudadanía padecen una sordera creciente, incentivada por creencias propias y desafortunadas ocurrencias mediáticas. La falta de escucha voluntaria se extiende en el caso de las grandes energéticas fósiles, que ganan miles de millones de euros por contaminar el aire y la vida cada día más. Bueno, en realidad les venden los combustibles a otros; se dice que así no se puede perseguir a quien se limita a satisfacer las necesidades del mundo entero. La verdad es que provocan incendios descontrolados en los bolsillos y los pulmones. Este caos (energético) es un orden (de algunos) sin descifrar; hubiera dicho más o menos José Saramago. ¿O es que nadie se atreve, quiere, desenmascararlo?
Situémonos en España, verano de 2026. El Roto (Andrés Rábago), una enciclopedia que sabe plasmar la sensatez perdida, nos legó aquella imagen que representaba un bosque incendiado. Clamaba ese lamento en “solo nos veis cuando ardemos”. Esta sociedad sin sentido colectivo ensalza a los bosques, solo así se entiende la invasión desordenada de los fines de semana y los veranos; sin embargo los tiene en el olvido. Antonio Machado ya expresó la desidia boscosa en Por tierras de España: El hombre de estos campos que incendia los pinares/ y su despojo aguarda como botín de guerra,/ antaño hubo raído los negros encinares,/talado los robustos robledos de la sierra.
Dado que el verano viene enseguida, imagino que las Cortes españolas y los Parlamentos de las CC.AA. habrán programado ya sesiones monográficas para el Diseño de una política de prevención y tratamientos de los incendios en el medio rural. Acciones de dimensión colectiva, sin partidismos políticos; para que no nos pase como siempre. Parte I. Desconozco si la citada iniciativa debiera materializarse en forma de decreto, de proyecto de ley o la figura que sea. He buscado en varias web de los parlamentos y poco se dice.
¡Qué tiempos aquellos, junio de 2024, en los que la UE aprobaba la Ley de Restauración de la Naturaleza! Por cierto, el Parlamento europeo la confirmó en julio de aquel año. Los y las eurodiputados apoyaron la propuesta de la Comisión de poner en marcha medidas de restauración para 2030 que cubriesen al menos el 20% de todas las áreas terrestres (supongo que las quemadas entre ellas) y marítimas de la UE. Es más, rezaba que “en la totalidad de los hábitats que lo necesiten para 2050”. Hay que decir que desde entonces la composición del Parlamento se ha escorado sustancialmente hacia la derecha, precisamente esa que a menudo solo ve los bosques cuando se incendian.
Hagamos un inciso. Me dicen mis informantes algo que me atrevo a calificar como esperpéntico, con el debido respeto. Los incendios y la restauración de la naturaleza no consiguieron hacerse oír en las campañas previas a las elecciones en Extremadura, Castilla y León, Aragón y Andalucía. Tampoco en los debates televisivos, que no vi para evitar socarrados cerebrales. Claro, nuestros representantes están más ocupados en lanzarse soflamas incendiarias que en pensar en la indefensa masa boscosa que debe soportar fuertes calores veraniegos, cada vez más y más largos. Total, el año 2025 solamente ardieron 354.793 hectáreas de superficie forestal en España (1,3% del total) según el INE. Además, este año la primavera lluviosa en buena parte de España ha añadido vegetación herbácea que será combustible pirotécnico cuando se seque.
Nuestros representantes están más ocupados en lanzarse soflamas incendiarias que en pensar en la indefensa masa boscosa que debe soportar el verano
Es más, la forma en la que NO están recogidas prevenciones de salvaguarda de los bosques en los pactos firmados entre PP-Vox en las diferentes comunidades autónomas da que pensar a los mismos bosques y sus defensores. Porque los ecosistemas boscosos tienen su ánima, como en El bosque animado (1943) de Wenceslao Fernández Flores; aquel que José Luis Cuerda elevó a los altares cinematográficos en la película del mismo título (1987).
En España, “cuando un bosque se quema algo se muere en el alma”, podría haber dicho Antonio Machado. Quedaría bien recogerlo en el estribillo de una cantata sevillana para lamentar que algún amigo se va. Acaso valdría aquello que fue motivo de campaña proteccionista, me parece que en el año 1962, que proclamaba: Cuando un monte se quema, algo suyo se quema. Así añadía el matiz de la pérdida individual de una riqueza no soñada.
Unos años después se difundía lo que cambiaba la segunda parte por “algo suyo se quema, señor conde”. Se rumorea que un tal Jaume Perich Escala lanzó la nueva versión en una novela Autopista (1971). Los mal pensados aseguran que quiso parodiar Camino, de Escrivá de Balaguer. Sea como fuere, nos dejó una crónica de la España franquista y el mundo de esa época; también una serie de pensamientos humorísticos y sarcásticos (¿incendiarios?) perfectamente válidos hoy. No solo para la clase política antes aludida, sino también para buena parte de la ciudadanía en general.
A nuestro pesar, los bosques eran, y siguen siendo, propiedad de todos para disfrutarlos; mientras que no tienen dueño para protegerlos, como nos ilustraba El Roto. ¡Claro!, como decía J. Perich, “estamos viviendo en un futuro imperfecto”.
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Carmelo Marcén Albero es doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza y especialista en educación ambiental.
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