El antídoto contra los fanatismos es más diversidad

Cada curso, sin previo aviso, un temblor recorre mi cuerpo varias veces. Suceden muchas cosas en un centro escolar, pero una de las que más me atrapa es la llegada, en mitad del trimestre, de un chico o una chica migrante a las aulas. En mi caso, suelen ser migrantes de origen subsahariano tutelados por la administración (los mal llamados “menas”), o hijos e hijas de familias latinoamericanas que se asientan en nuestra tierra para buscar trabajo y prosperar, como nuestros pueblos hicieron en el pasado.

A esas alturas, cada grupo parece ya asentado, con sus dinámicas y rutinas. De pronto, aparece en la puerta del aula un alumno o una alumna que no figuraba en ninguna lista, a veces con un nombre que pronunciamos a trompicones. Llega con el curso empezado, con su cultura, su lengua y su historia metida en un cofre cerrado por la barrera idiomática. Llega desde lejos, pero nos viene a contar algo muy cercano: las desigualdades que atraviesan nuestro mundo y se cuelan, sin pedir permiso, en cualquier centro educativo.

En esa llegada tardía (“matrícula sobrevenida” lo llaman en lenguaje administrativo) se condensa una verdad que demasiadas veces olvidamos: la diversidad no es un problema que gestionar, sino una oportunidad que cuidar. Y, sobre todo, es el mejor antídoto contra los fanatismos que hoy levantan la voz como en épocas pasadas.

Los discursos ultraconservadores repiten que “hay demasiados”, que “no cabemos”, que “ponen en riesgo nuestra identidad”. Proclaman una supuesta neutralidad que, en realidad, es privilegio: quienes se creen universales, quienes dicen no tener color ni género ni origen, son precisamente quienes más se benefician de que nada cambie. Desde esa comodidad, cualquier reivindicación de diversidad ya parece una amenaza.

Quienes se creen universales, quienes dicen no tener color ni género ni origen, son precisamente quienes más se benefician de que nada cambie

Los chicos y chicas migrantes no traen peligro: traen vulnerabilidad. No traen amenaza, sino futuro. Encarnan, muchas veces sin decirlo, lo que significa empezar de cero. Vienen de contextos marcados por la precariedad, la incertidumbre o el desarraigo. Llegan a barrios donde la vivienda es inaccesible, a familias que trabajan en condiciones durísimas, a trámites que parecen diseñados para desalentar. Ni les cuento cómo se complica todo si intentan homologar un título. Aun así, llegan con una dignidad que interpela, con una capacidad de adaptación admirable y con unas ganas de aprender que desmienten cualquier prejuicio.

La desigualdad no es un accidente, sino un sistema que se reproduce también en la escuela. Las trayectorias educativas no son lineales ni libres: están condicionadas por el origen social, el capital cultural, el género o las generaciones migratorias. Y cuando un alumno migrante llega con el curso empezado, llega también con una mochila invisible llena de obstáculos que no aparecen en ninguna programación didáctica.

Por eso resulta peligroso escuchar a quienes insisten en que la diversidad es un problema o reforzar su discurso repitiendo su marco. Esa es la verdadera amenaza: el fanatismo que se empeña en negar lo diverso. Quienes apelan al orden y a la normalidad suelen esconder, en realidad, una mirada profundamente racista. Y cuando se habla de tratar a todo el mundo igual en una sociedad desigual, lo que se hace muchas veces no es corregir la injusticia, sino mantenerla.

Las culturas no son una amenaza, sino una fuente de cohesión, creatividad y aprendizaje compartido

Frente a eso, la escuela pública ofrece una lección silenciosa pero poderosa: puede ensanchar un mundo de partida injusto. Cuando llega ese chico o esa chica de otro continente, el aula se vuelve un mapa más amplio. Aparecen palabras, gestos e historias nuevas. Los estudiantes aprenden que la igualdad no consiste en borrar las diferencias, sino en garantizar que cada cual tenga lo que necesita para desarrollarse. Que la pluralidad no es un obstáculo sino una oportunidad y que la identidad no es un muro sino un puente.

No hace falta esperar al 21 de mayo, Día de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, para entenderlo: basta con mirar lo que ocurre en un aula cuando llega alguien de otro lugar. Allí se ve que las culturas no son una amenaza, sino una fuente de cohesión, creatividad y aprendizaje compartido. Que ninguna sociedad puede aspirar a la paz o al progreso si no reconoce la pluralidad que la compone. Que el diálogo intercultural no es un lujo: es una necesidad democrática.

Ahora que pronto acaba este curso, lo vuelvo a decir: aprendo mucho más sobre el mundo y sobre mí mismo cuando llegan nuevos estudiantes en medio del trimestre. Y creo que nuestro alumnado también aprende sobre la sociedad que queremos: una donde la presencia del otro no amenaza nuestra identidad, sino que amplía ese “nosotros” tan necesario.

Cada llegada de un chico o una chica migrante me recuerda que los fanatismos no se combaten con silencio, sino con más convivencia. Que el racismo y la xenofobia nunca serán opiniones respetables, sino formas de violencia. Que cada uno de esos chavales que cruzan la puerta del aula representa una posibilidad de construir un mundo más justo.

El antídoto contra los fanatismos no es el repliegue, ni el miedo, ni la homogeneidad. Es, siempre, una sociedad más abierta, más mezclada, más capaz de convivir con lo distinto. Y llega cada año, sin previo aviso, cuando un temblor recorre mi cuerpo varias veces para recordarme quiénes somos y quiénes podríamos llegar a ser.

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Albano de Alonso Paz es catedrático de Lengua y Literatura, profesor y Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.

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