La educación democrática: profe, ¿a quién vas a votar?

En mi centro, antes de entrar a clase a primera hora, existe el ritual del café. Ahí se mezclan conversaciones de todo tipo y a veces también sobre política. Cuando suena el timbre, todo queda ahí y nos ponemos el disfraz de profesores, con la careta de la neutralidad y la imparcialidad: hubo elecciones autonómicas, pero no puede notarse mi opinión si algún alumno me pregunta. 

A lo largo de mi trayectoria profesional, algún que otro compañero me ha comentado que a veces los estudiantes levantan la mano y les hacen preguntas comprometedoras como, por ejemplo, esta: profe, ¿a quién vas a votar en las elecciones?

La escena parece entrañable, reflejo del desparpajo de esos chavales que siempre nos sorprenden. El aula no está aislada del mundo y ellos están más al tanto de lo que ocurre de lo que parece. Cuando se mueven en sus redes sociales la información les llega sin filtro. Es normal que a través de sus docentes quieran conocer otros puntos de vista.

Todos tenemos claro que un profesional de la pública no puede desvelar en clase su opción política, pero es que la conversación no termina ahí. Inmediatamente surgen otras preguntas más complejas: ¿por qué nos hablas tanto de derechos humanos o de igualdad? ¿Eso no es también política? Es ahí cuando empieza el verdadero debate.

La ley es clara: quienes trabajamos en la función pública debemos actuar con objetividad, imparcialidad y neutralidad política. Esto implica no hacer propaganda, no sugerir preferencias y no utilizar el aula para inclinar al alumnado hacia una opción partidista.

Pero conviene no confundir neutralidad con vacío. La escuela no es un espacio aséptico ni puede serlo. Educar no consiste en suspender el juicio sobre todo, sino en enseñar a pensar con criterios.

La neutralidad que se exige al profesorado es político-partidista, no moral. Porque la propia Constitución no es neutral en términos axiológicos: establece un marco de valores que deben ser enseñados. No es una opción personal del docente, sino una obligación profesional. Educar en derechos humanos, igualdad o justicia social no es adoctrinar: es cumplir la ley.

Sin embargo, noto que, de un tiempo a esta parte especialmente, la palabra "adoctrinamiento" se usa con excesiva ligereza en debates educativos y críticas hacia la profesión docente. Imponer una ideología, presentar opiniones como verdades, negar el pluralismo o descalificar opciones políticas legítimas… Quien crea que el profesorado se dedica a eso dentro de las aulas está equivocado. Educar es abrir preguntas, ofrecer herramientas para pensar, contextualizar hechos, fomentar el espíritu crítico y garantizar que el alumnado pueda construir su propio criterio. Tal vez sea un tema no tanto de contenido, sino de método.

Tras el telón oscuro de la dictadura, el aula del presente se ha ido convirtiendo en ese lugar donde se aprende a hablar sin miedo

Si hay un espacio donde el adoctrinamiento encuentra terreno fértil hoy no es la educación pública, sino el ecosistema digital en el que crecen nuestros alumnos: algoritmos que refuerzan estereotipos, desinformación constante y discursos simplificados que premian la emoción sobre el análisis. Frente a eso, la escuela sigue siendo uno de los pocos lugares donde se exige argumentar, contrastar y escuchar.

¿Y van a seguir haciéndome preguntas comprometedoras, como cuál es mi opción política? Por supuesto. Aprovecho entonces para explicarles cómo funciona un proceso electoral, qué significa el pluralismo político y por qué es importante la participación ciudadana. 

Pero también nos harán otras más complejas, ligadas a la actualidad: qué está ocurriendo en Gaza, cómo interpretar un conflicto internacional o por qué distintos medios ofrecen versiones tan diferentes sobre las tensiones entre Estados Unidos e Irán. No rehúyo esas conversaciones, sino que las convierto en oportunidad para explicarles cómo contrastar fuentes, cómo distinguir entre información y propaganda o cómo entender que los conflictos rara vez admiten lecturas simples.

En un contexto donde la polarización convierte cualquier conversación en un campo minado, la educación democrática es más importante que nunca. Tras el telón oscuro de la dictadura, el aula del presente se ha ido convirtiendo en ese lugar donde se aprende a hablar sin miedo. 

Cuando en clase hablamos de Miguel Hernández, de exilio o de Lorca, estoy ejerciendo una forma de compromiso con los derechos humanos, con la igualdad, con la convivencia. Cuando comentamos un poema de Luis Cernuda como Un español habla de su tierra, les ofrezco una visión del patriotismo desconocida y les aliento a pensar sobre ello a través de las distintas connotaciones del lenguaje. Como diría Alejandra Pizarnik, "cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa".

Cuando un alumno se interese por a quién voy a votar, le diré que esa respuesta pertenece a mi esfera privada. Pero cuando me pregunte por qué hablamos de derechos, de justicia o de democracia, le explicaré que esa es precisamente mi función.

Porque una escuela que renuncia a formar ciudadanos críticos en nombre de una falsa neutralidad no es más imparcial: es simplemente más débil.

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Albano de Alonso Paz es catedrático de Lengua y Literatura, profesor y Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.

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