El pasatiempo de los traidores

Hoy voy a proponerles un pasatiempo, un entretenido sudoku que nos ayude a sobrellevar el tedio estival y los calores. Entren en el buscador de la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional (BNE). Seleccionen el intervalo de seis años, once meses y ocho días que abarca desde la muerte de Franco a la victoria electoral del PSOE en 1982. A continuación escriban en el buscador “justicia social” y anoten el resultado. Repitan la operación, pero con la palabra “modernidad”. Ya hemos llegado a la mitad. Para finalizar mantendremos los conceptos, pero modificaremos las fechas de la pesquisa para abarcar ahora los primeros seis años, once meses y ocho días de Gobierno de Felipe González. Ya está.

¿Sorprendidos? ¿O les ha dado pereza la propuesta? No importa; se lo pondré fácil. Desde la muerte del dictador a la primera victoria de Felipe González, los periódicos digitalizados por la BNE recogen en 13.762 páginas alusiones a la justicia social y 6.341 a la modernidad. En los casi siete años siguientes de Gobierno socialista, las referencias a la justicia social se desploman a 8.101, mientras que las páginas con la palabra modernidad se disparan a 25.842. La conclusión es obvia: el felipismo marginó la justicia social para privilegiar una difusa modernidad que igual justificaba la OTAN, los GAL, la precarización laboral o la reconversión industrial, que celebraba el último tema de Alaska y los Pegamoides.

Su éxito fue enorme, pese a la aparente paradoja de promocionar la modernidad justo cuando Jean-François Lyotard proclamaba nuestra nueva condición posmoderna. Paradoja aparente, digo, porque lo que se vendió fue un simulacro de modernidad, una estética de hedonismo individualista con la que enterrar la vieja ética de los grandes relatos entre toneladas de lentejuelas. En la práctica, fue la variante mediterránea de la TINA, el popular acrónimo thatcheriano que decretó el final de toda esperanza. Comenzaba la era de los relatos. Y sus protagonistas eran personajes como Miguel Boyer, aquel joven economista que a mediados de los 70 abogaba por la nacionalización de empresas y la autogestión obrera, en los 80 se convirtió en adalid de la ortodoxia neoliberal y en los 90 fue estrella del papel couché tras su matrimonio con Isabel Presley. La realidad líquida entraba en escena.

El felipismo marginó la justicia social para privilegiar una difusa modernidad

Sin embargo, esta hegemonía de la modernidad trajo consecuencias para la democracia española. Si la justicia social situaba la distribución de la riqueza en el centro del debate democrático, su arrinconamiento obligó a buscar otro asunto con el que vertebrar un conflicto político neutralizado por el consenso absoluto en torno al dogma neoliberal. Fue necesario pues indagar fuera del ámbito político clásico ese nuevo referente. Fue entonces cuando irrumpió la corrupción. La podredumbre del poder tenía dos virtudes: por un lado, activaba la emoción indignada del electorado; por el otro, permitía desviar el debate del ámbito material de las políticas públicas a la esfera inmaterial de la moral pública.

La corrupción pasaba así a ser el desencadenante catártico de la alternancia política. Felipe González –aunque hoy se prefiera olvidar– cayó arrollado, mucho más que por el terrorismo de Estado, por el alud imparable de Filesa y la imagen de Luis Roldán en calzoncillos. Aznar tendría, entre otros muchos, a su Rodrigo Rato, mientras que Rajoy caducaba a la sombra de El Bigotes y la Gürtel. Pedro Sánchez, por el momento, resiste a duras penas la implacable cacería familiar y los vergonzosos vientos sembrados por José Luis Ábalos y Santos Cerdán. Incluso el 15M, la mayor impugnación al modelo de la Transición, interiorizó hasta tal punto este referente de crítica, que su "No hay pan para tanto chorizo" se convirtió en uno de sus lemas más aclamados. Hoy Isabel Díaz Ayuso se apropia con sarcasmo de aquella consigna.

Se instauró así un mecanismo democrático viciado, asentado sobre una aparente ley inmutable: los gobiernos caían tras una catarsis ciudadana anticorrupción que daba paso a un nuevo ciclo de gobierno que acaba con una nueva catarsis… Y la rueda “democrática” giraba. No obstante, el mecanismo tenía exclusiones. Y, al menos, una excepción. Las exclusiones tienen como objetivo controlar que la indignación colectiva se limite al juego de turnos de gobierno, evitando que pudiera desbordarse y acabara reclamando una democracia mejor y con transparencia. Por eso hay corruptelas sobre las que se debe pasar de puntillas: un monarca enriquecido de forma ilícita, errores judiciales que exoneran a capos mafiosos, jefes policiales con millones ocultos en las paredes. Por mucho que prodiguen, estas corrupciones son pronto desactivadas con la inapelable argumento de los “casos aislados”.

Pasemos a la excepción. La rareza fue José Luis Rodríguez Zapatero. También él recurrió a criterios prepolíticos para legitimar su gestión: el horror a la guerra de Irak o la defensa de los derechos humanos en favor de las minorías. Pero lo hizo a la vez que aplicaba la más estricta ortodoxia neoliberal durante la crisis. Sin embargo, a diferencia de la norma, el PP, que por entonces hegemonizaba la derecha, fue incapaz de encontrar un caso de corrupción con el que armar una estrategia de acoso y derribo al Gobierno de Zapatero. Por ello tuvo que escudriñar a fondo para dar con un recurso alternativo. Y lo halló en ETA y el final de la lucha armada. Una idea nueva entró entonces en circulación: el traidor. Aunque la idea no era tan nueva. En el fondo, entroncaba con el tradicional discurso reaccionario español, una coincidencia que acabará teniendo graves implicaciones.

Por lo pronto, la prepolítica quedaba superada por lo predemocrático. Porque, en última instancia, se estaba recuperando el viejo espectro de la antiEspaña que tuvo en el franquismo su más acabada y siniestra plasmación. Como representante máximo de la antiEspaña, es imposible integrar al traidor. Solo cabe perseguirlo, acorralarlo, encarcelarlo, humillarlo. Es una lucha existencial. De hecho, para que España pueda renacer en su idealizada esencia es preciso que el traidor sucumba y la antiEspaña sea aniquilada por el fuego purificador. Por ello no basta con la derrota electoral de contrario; es imprescindible la Victoria total, y sin piedad.

El PP, que por entonces hegemonizaba la derecha, fue incapaz de encontrar un caso de corrupción con el que armar una estrategia de acoso y derribo al gobierno de Zapatero

El conflicto catalán y los vientos ultraderechistas que llegaban de Washington se encargarían con los años de avivar aquel fuego antidemocrático que durante unos años se mantuvo aletargado. Hoy lo prepolítico y lo predemocrático, la corrupción y la traición, se entremezclan en la mentalidad conservadora española. Y todo galvaniza en un estado anímico que hace tiempo que superó la catarsis para adentrarse por los peligrosos senderos de la histeria colectiva. Hasta tal punto se ha naturalizado, mediática y sociológicamente, la paranoia conspirativa que no faltan voces que aspiran incluso a dotar de rango constitucional a esta guerra total contra la antiEspaña. Lo hacía desde El País Pedro Cruz Villalón, el presidente del Tribunal Constitucional que ilegalizó a la izquierda abertzale y que hoy imagina un Congreso que impute a Pedro Sánchez por alta traición.

Aunque conviene no alarmarse. Tal vez sus argumentos son consecuencia de una lipotimia intelectual por un golpe de calor. Porque este verano está haciendo mucho calor, demasiado. Por eso conviene estar alertas y prevenidos. E hidratarse bien. Por eso, la mejor receta es beber buenas dosis de sentido común y serenidad.

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José Manuel Rambla es periodista.

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