Artemis II y la cara oculta de la Tierra

Todavía no consigo superar la resaca de la misión Artemis II. Y eso pese a que el entusiasmo de las televisiones, los tertulianos y la portadas de los periódicos no ha logrado despertar en mí ningún atisbo de emoción ante la supuesta epopeya espacial. En realidad, lo único que han conseguido es obsesionarme con un viejo libro budista, el Lankavatara Sutra. Compuesto entre los siglos IV y V, sus enseñanzas fueron decisivas para el nacimiento del budismo Chan en la China del siglo VIII, una corriente idealista y defensora de la iluminación interior como camino hacia la sabiduría. Esta escuela fue rebautizada en Japón como Zen, nombre que causó furor entre los profesionales del marketing New Age que, en la segunda mitad del siglo XX, se encargaron de divulgarla por Occidente.

El Lankavatara Sutra está repleto de metáforas lunares, especialmente de aquellas que nos invitan a reflexionar sobre el reflejo de la luna en el agua. Pero, sobre todo, lo que más me evoca la odisea espacial de la Artemis II es un aforismo incluido en sus páginas: “Así como los ignorantes se aferran a la punta del dedo y no a la luna, así también aquellos que se aferran a la letra, no conocen mi verdad”. La idea nos previene para no confundir la sabiduría y la verdad con las doctrinas, meras herramientas en el camino del conocimiento. Esta enseñanza (que harían bien en no olvidar algunos que se autoproclaman como la izquierda pura) inspiró un proverbio que los tecnócratas de la New Age acabaron convirtiendo en una frase recurrente de pretensiones transcendentales: “Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”.

En la práctica, el viaje espacial solo aspiraba a probar algunos elementos técnicos. En suma, ha sido como un ensayo de Rosalía que se nos ha presentado como el concierto del año

En la misión lunar de la NASA ha habido mucha luna. Y dedos señalándola. Pero no los dedos de sabios, aunque no falten quienes destaquen los éxitos científicos de la misión. Sin duda no pocos avances técnicos habrá. Sin embargo, en la práctica, el viaje espacial solo aspiraba a probar algunos elementos técnicos. En suma, ha sido como un ensayo de Rosalía que se nos ha presentado como el concierto del año. O un entrenamiento del Barça convertido en el acontecimiento deportivo de la temporada. Así mismo, la odisea espacial también ha servido  para enseñarnos impresionantes fotos de la cara oculta de la Luna. De hecho, parecía como si Artemis II no tuviera otro objetivo que el de presentarnos a los astronautas como unos siderales Cartier-Bresson capaces de superar con su mirada artística las frías imágenes captadas en 2019 por la sonda china Chang’e 4. 

Esas fotografías han sido cruciales para convertir la misión espacial en un espectáculo. Un espectáculo de prestidigitación gracias al truco de invertir el orden de la sentencia budista: la omnipresente imagen del astro lunar se encargaba de distraer la mirada del espectador para ocultar la ágil presencia del dedo que la señalaba. Dedo que no era del sabio sino del necio. Esta espectacularización no sorprende conociendo el perfil científico del director de la NASA, Jared Isaacman. Amigo íntimo de Elon Musk, hombre de negocios con un patrimonio estimado en unos 2.000 millones de dólares, Isaacman siempre ha estado obsesionado con el espectáculo. No en vano, los vuelos de exhibición marcaron su carrera como aviador, tanto como sus intentos –más o menos afortunados– por batir diferentes récords en nombre de supuestas causas filantrópicas. Puro espectáculo. Y siguió cultivándolo al convertirse en astronauta: su único mérito para pasar a la posteridad fue el de haberse convertido en el primer terrícola que, a bordo de uno de los cohetes de su amigo Musk, hizo una apuesta deportiva desde el espacio. La primera quiniela sideral de la historia.

Por eso no faltan motivos para ocultar el codicioso dedo de Jared Isaacman con el brillo del satélite lunar. Porque los oropeles con que han envuelto a la Artemis II no disimulan las miserias que acechan a la agencia espacial estadounidense. Por lo pronto, la administración de Donald Trump ya ha adelantado que aplicará un recorte del 23% en su presupuesto del próximo año, lo que obligará a suspender casi la mitad de sus misiones científicas. Eso sí, el programa Artemis, con su plan para volver a pisar la Luna en 2028, se salva. Pero al precio de reconvertirse de nuevo en espectáculo, en una película de carrera espacial y Guerra Fría frente a China, llena de efectos especiales y tensión a raudales. Uno de esos remakes a los que nos tiene acostumbrados Hollywood en estos tiempos sin imaginación. En cualquier caso, ni eso garantiza la viabilidad del proyecto: la NASA depende de los servicios de las compañías privadas para aterrizar en el satélite; pero ni SpaceX, de Musk; ni Blue Origin, de Jeff Bezos, están en condiciones de garantizarle que tendrán las naves que necesitan.

Así las cosas, su pugna con China amenaza con convertir a la agencia espacial norteamericana en uno de aquellos patéticos villanos, encarnados por Jack Lemmon y Peter Falk, en la carrera de los autos locos de la comedia de Blake Edwards. No es casual que mientras el vehículo de exploración espacial chino Yutu-2 descendió hace siete años sobre la superficie lunar y logró hacer germinar las semillas que transportaba, los astronautas de la NASA se han limitado ahora a acercarse a su órbita en una cápsula espacial con el retrete averiado, entre orina congelada y “misteriosos” olores. Pocos contrastes dejan más al descubierto este declive del imperio americano que tan brutal está resultando. Por eso, hasta resulta entrañable el ejercicio de melancolía que algunos comentaristas hacían estos días, coincidiendo con las arremetidas y amenazas de Trump contra el Viejuno Continente, al poner como ejemplo a la Artemis II de la fructífera colaboración entre Europa y Estados Unidos.

Y mientras los dedos necios apuntan a la Luna, el del sabio se desespera señalando la Tierra. La cara oculta de la Tierra, donde más de un millón de libaneses son desplazados por las bombas israelíes, donde decenas de palestinos siguen siendo asesinados, donde el último emperador americano sueña con ser Yhavé y nos anuncia caprichosamente el apocalipsis en Irán o el bloqueo del mundo, acompañado por un conejito de Pascua.

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José Manuel Rambla es periodista.

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