Sangre y puñal en el PP del Madrid D.F. Víctor Guillot
¡Qué felices serían los campesinos si supieran que son felices! La frase, inspirada en los versos de Virgilio, está cargada de melancolía. Pero, sobre todo, es un canto al conformismo y a la resignación frente a la desdicha. Un conformismo tan vergonzante que solo se atrevían a parafrasearla aquellos intrépidos turistas que, para sobrellevar la pobreza que encontraban en sus exóticos destinos, se consolaban envidiando la supuesta felicidad que les transmitían sus desdichados pobladores. Al menos así era hasta ahora. Porque hoy, la célebre sentencia del poeta latino parece vivir una renovada actualidad; y no precisamente por las tractoradas y las controversias por el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur.
En realidad, el fenómeno no es ajeno al auge que está experimentando el pensamiento reaccionario y su añoranza de una supuesta Edad de Oro, pastoril, bucólica y pretendidamente armoniosa, aunque bajo su sustrato, como ocurre en el caso español, se escondan los cadáveres y las miserias de una dictadura. Esta recuperación llega de la mano de las apologías identitarias y la guerra cultural que, junto al recurso al insulto y el despropósito, marcan el discurso ultraconservador. En última instancia, el mensaje que nos tramite la derecha patriótico se limita a readaptar patrióticamente el espíritu de Virgilio: ¡Qué felices serían los españoles si supieran que son españoles! O en su versión misógina: ¡Qué felices serían las españolas si supieran que son mujeres!
Este ingenuo argumento resulta tan burdo que hasta parecería una pérdida de tiempo cualquier esfuerzo por contrarrestarlo. Y, sin embargo, comprobamos impotentes cómo su influencia se expande como una mancha de aceite tóxico, junto a otras ideas tan estrafalarias, como el terraplanismo, que también creíamos desterradas de los imaginarios colectivos. Para aplacar nuestro asombro solemos recurrir al comodín explicativo de los perversos algoritmos, de las manipuladoras redes sociales propagadoras de un nuevo pensamiento mágico tras el que se esconde la vieja camisa negra del fascismo. Reconfortados así en una supuesta superioridad intelectual que nos permite tildar de cuñados a todo aquel que no comparte nuestros supuestos, evitamos tomar conciencia de las altas dosis de pensamiento mágico que empapa ese elemento de apariencia irrefutable sobre el que suele construirse el discurso progresista: el dato.
¡Qué felices serían los trabajadores si supieran lo que se ha incrementado el SMI! ¡Qué felices serían los viajeros del tren si supieran cuántos kilómetros de vías se han renovado!
Sin embargo, a poco que reflexionemos, es fácil comprobar la carga virgiliana que se esconde detrás de estas aptitudes. Basta con comprobar la autocomplacencia con que el gobierno progresista se contenta con responder a las críticas conservadoras aportando un aluvión de estadísticas, cifras, tendencias sobre los más variados asuntos: el incremento del PIB, las subidas del SMI, las inversiones en las redes ferroviarias. En realidad, se trata de una estrategia que lejos de contrarrestar las críticas, se limitan a darnos una versión diferente del mismo conformismo de Virgilio. Y es que en el fondo el argumentario acaba siendo el mismo: ¡Qué felices serían los españoles si supieran lo que ha subido el PIB! ¡Qué felices serían los trabajadores si supieran lo que se ha incrementado el SMI! ¡Qué felices serían los viajeros del tren si supieran cuántos kilómetros de vías se han renovado!
Esta tendencia parte de un axioma que se ha popularizado en los últimos tiempos entre buena parte de la izquierda como pretendida alternativa al viejo materialismo: dato mata relato. La intención es plausible y responde a la incuestionable necesidad de confrontar relatos falsos y manipuladores con los hechos objetivos. El problema aparece cuando se asimila el dato con la realidad. Porque la realidad es mucho más compleja. En ella se funden y confunden datos y relatos, imaginarios y precios del alquiler, pulsiones eróticas y el coste de los huevos, cambio climático e Instagram. El listado dialéctico podría prolongarse al infinito.
El error de la izquierda ha sido renunciar a la realidad para cobijarse en la comodidad de los datos. En última instancia, los datos se pueden gestionar, la realidad no. La realidad se construye y transforma desde sí misma, en toda su poliédrica gama de conflictos y tensiones, poderes y contrapoderes. La realidad solo se afronta conjugando futuro, un futuro imaginado y compartido al que aspirar y que construir. El tiempo verbal de los datos, por el contrario, es el presente, la foto fija inmovilista, sin ayer y sin mañana. De este modo, al renunciar a la realidad, el pensamiento progresista ha terminado por entregar el monopolio de los imaginarios a una derecha con la mirada puesta en el pasado.
Si asumimos, a derecha e izquierda, la tesis de Virgilio según la cual solo la inconsciencia separa a los hombres y mujeres de su felicidad, ¿cómo explicar entonces esta ceguera colectiva? Esta pregunta tiene importantes implicaciones en el debate público. Porque si descartamos la existencia de lógicas y conflictos, socioeconómicos y culturales, que expliquen la realidad, la única respuesta posible vuelve a emanar del pensamiento mágico: el malvado, el ser maléfico que con engaños y mentiras manipula las inocentes mentes de los ciudadanos. El nombre de ese malvado variará según la perspectiva que se adopte, pero la lógica vuelve a ser la misma. Los reaccionarios señalarán sin dudarlo a Georges Soros o a Pedro Sánchez y sus lacayos como Silvia Intxaurrondo o Héctor de Miguel. Los progresistas se inclinarán por Elon Musk o Pavel Dúrov; algunos sentirán satisfecha su radicalidad convirtiendo en anatema los nombres de Juan Roig o Antonio García Ferraras, como si solo ellos tuvieran el valor necesario para denunciarlos.
Lo grotesco de todo es que hoy no son pocos los progresistas que, al igual que los activistas del MAGA, les interesa más confirmar sus sospechas cotejando los documentos de Jeffrey Epstein, como hacen los activistas de MAGA, que estudiando a Karl Marx y tratando de descifrar los arcanos de la realidad. O lo que es lo mismo: a estas alturas, nadie parece dispuesto a preguntar a esos campesinos simbólicos que somos todos, cuáles son las causas de su infelicidad. De este modo, les dejamos sumidos en la soledad depresiva, en lugar de trabajar con ellos en agruparnos todos en la que —esta vez, sí— podría ser la lucha final.
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José Manuel Rambla es periodista.
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