Líbano será la tumba de la paz Alejandro López Canorea
Israel se ha embarcado en una cruzada por terminar con el acuerdo de paz en Oriente Medio. Si Estados Unidos e Irán han apostado por un precario pero importante marco, donde cada cual prioriza sus intereses inmediatos, desde Tel Aviv el sentir es similar. Y eso parece haber entrado en contradicción.
El Gobierno israelí también siente la presión electoral y desde el gabinete, especialmente a través de sus miembros de extrema derecha, así como desde sectores de la oposición, se considera un error la opción de firmar un texto que normalice internacionalmente a Irán.
A pesar de las diferencias que algunos reportes exageraban entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu, el republicano no ha dudado en sostener los paquetes de apoyo militar a Israel y su participación clave en la arquitectura de defensa hebrea.
Pero hay un poso de verdad en las discusiones que afloraban entre ambos mandatarios a cuenta de la estrategia bélica. Si bien han ido de la mano a la guerra desde el primer momento, Estados Unidos evidenciaba una posición más frágil a la hora de jugar su poderío regional en un conflicto con Irán.
Israel ha logrado su ansiada oleada de ataques para menoscabar las capacidades defensivas y ofensivas iraníes, así como para descabezar los cuadros de la República Islámica en un intento de eliminar su viabilidad como peso regional y ganar la batalla por la hegemonía.
Pero el desenlace no ha sido el deseado. Sin un Estados Unidos dispuesto a ir hasta el final, apoyando una guerra regional que diezmase realmente Irán por dentro y asegurase un régimen títere, era más que evidente que en algún momento tendría que llegar a un compromiso diplomático con las autoridades persas.
Gracias precisamente a la ruptura de confianza que este conflicto ha causado a unos líderes que ya estaban negociando el acuerdo nuclear en Omán antes del estallido, las demandas iraníes han crecido. En Teherán se exigían garantías de seguridad para asegurarse de que si Washington quería una salida a su inesperada respuesta en el Golfo, debían ofrecer compromisos de que no volvería a ocurrir.
Y en el acuerdo aparecieron la práctica totalidad de las demandas iraníes. Estados Unidos ansiaba una salida y un retorno a la relativa calma que los mercados le demandaban como poder global. Irán pudo meter incluso la necesidad de un alto el fuego en Líbano como condición del acuerdo.
Pero para su consecución se hacía necesaria la participación israelí. Como es bien sabido en Europa, cuyos gobiernos apenas se distanciaron de Tel Aviv para no ser salpicados políticamente, el único actor en el mundo con influencia directa en Israel a día de hoy es Estados Unidos. Y más aún un Estados Unidos republicano.
Por este motivo, Donald Trump estaba firmando, consciente de ello o no, su compromiso de imponer dicha cláusula sobre Netanyahu y las presiones que pueda recibir. Pero el Gobierno israelí está determinado en su decisión de sostener la invasión del sur de Líbano.
Yendo incluso más lejos que Netanyahu, su compañero de partido y ministro de Defensa, Israel Katz, señaló que no se retirarían de las “zonas piloto” hasta que Hezbolá no sea desarmado. Esta declaración no es casual ni tiene solo relación directa con el texto firmado entre Estados Unidos e Irán de forma telemática, sino que también busca marcar posición en otra negociación paralela.
Estados Unidos e Israel han tratado de fomentar desde antes de alcanzarse el acuerdo con Irán un marco propio para la resolución del conflicto de Líbano. Y para ello se invitó al Gobierno libanés a negociar con el israelí de manera bilateral pero bajo la mediación de Estados Unidos.
Esta conversación paralela buscaba dejar a Irán fuera de la mesa para que, al alcanzarse un entendimiento en sus propios términos, Teherán debiese aceptar el acuerdo sin poder imponer sus condiciones.
Aunque se han alcanzado marcos negociaciones para un acuerdo, Israel no ha cesado el fuego, ni ha finalizado su invasión y ocupación del sur de Líbano
No obstante, el acercamiento que ha dirigido la presidencia libanesa ha tenido las patas cortas. Aunque se han alcanzado marcos negociaciones para un acuerdo, Israel no ha cesado el fuego, ni ha finalizado su invasión y ocupación del sur de Líbano. Por este motivo Irán se ha visto compelida a mantener su órdago y responder, de la misma manera que se ha visto en Ormuz. Su determinación es que se cumplan todos los puntos del texto si no se quiere volver a la situación del mes de mayo.
Además, otras fuerzas chiítas de Líbano, como la que representa el sector del líder parlamentario Nabih Berri, Amal, han rechazado el acuerdo marco con Israel y han mostrado la imposibilidad de su aplicación. Líbano no desarmará a Hezbolá. Pocos quieren arriesgarse a una guerra civil en el país, en una situación de prolongada y extrema fragilidad.
Y por lo tanto el presidente libanés, Joseph Aoun, se está quedando solo en su intento de acercarse a Israel para alcanzar un acuerdo de alto el fuego sostenible. Las cosas parece que se harán en los términos iraníes o en los israelíes, es decir, no se harán. Pero si Israel sigue apostando por un desarme previo de Hezbolá y la participación activa de Líbano en ello, el alto el fuego no será efectivo.
Estados Unidos, tarde o temprano, tendrá que decidir qué vía quiere seguir. Otra vez la disyuntiva que ya le trajo discusiones serias con Netanyahu. En el bando sionista apuntan cada vez más fuerte contra JD Vance por tratar de aplicar el acuerdo de paz con Irán en Líbano, mientras en Estados Unidos se desgasta a pasos agigantados la imagen de Israel.
Pronto tendremos novedades desde un Israel que anuncia abiertamente su intención de sostener la operación en Líbano e incluso ampliar la que nunca se retiró de Gaza.
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