Los diablos azules

'Vidas trans'

Portada de 'Vidas trans' editado por Antipersona.

Alana Portero

Vidas trans, recién editado por el sello Antipersona, se inicia con un recuerdo del 28 de junio de 1969, en el bar Stonewall Inn del Greenwich Village, la revuelta que prendió la mecha de la lucha LGTBI, la noche que hoy recuerdan las marchas del Orgullo en todo el mundo. Las autoras y autores de este libro colectivo, Alana Portero, Arnau Macías, Darío Gael Blanco, Cassandra Vera y Atenea Bioque, se presentan así como descendientes de Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, mujeres trans que estaban aquella noche en el Stonewall, y fundadoras por tanto del movimiento.

En los cinco capítulos que conforman el libro, parten de su experiencia personal, de su estudio y de su formación para contar la experiencia de las personas trans en ámbitos como el del trabajo (Portero), el sistema educativo (Macías), las redes y los medios (Vera), la familia y la pareja (Blanco) y el sistema médico (Bioque). infoLibre publica un fragmento del ensayo de Alana Portero, en el que la escritora denuncia la discriminación laboral que sufren las trabajadoras y trabajadores trans.

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Los datos

En España, entre el 80 y el 85% de las personas trans están desempleadas. De ese porcentaje la mayoría femenina es abrumadora. Este dato no está relacionado con la formación o la cualificación: es sistémico y se da en todas las áreas y sectores excepto en el de la prostitución, único espacio en el que la realidad trans convive en igualdad de condiciones con el resto del gremio, para bien y para mal.

No tenemos derecho ni a la vergüenza de la brecha salarial.

 

No existen protocolos asentados que favorezcan la inclusión de personas trans en el mundo laboral más allá de gestos vacíos y campañas de concienciación que nadie recuerda. No existe una cobertura sindical adecuada y específica a los problemas con los que las personas trans nos encontramos en el mundo laboral, una realidad muy diferente a la de otras trabajadoras.

El 44% de los españoles cree que ser trans es un obstáculo para encontrar trabajo, diez puntos más que la media europea. Una narrativa que se retroalimenta y que solo puede detenerse desde la intervención directa. Suele ocurrir que la posibilidad de contratación siempre está sujeta a una larguísima explicación de cuestiones relativas al género, la expresión del mismo y una serie de preguntas que van más allá de lo razonable en un proceso de selección. Si a las mujeres cis les preguntan sobre sus intenciones maternales, algo de todo punto abominable, a nosotras suelen preguntarnos sin reparo sobre nuestro historial quirúrgico, intenciones al respecto y otras lindezas fisiológicas. La desinformación sobre la realidad trans se traduce en otredad, la otredad en objetificación y la objetificación en deshumanización.

La pobreza inherente a la condición trans es uno de los factores que determina que la esperanza de vida de las mujeres trans en España sea de cincuenta años, casi treinta menos que la media entre hombres y mujeres cis.

La desatención institucional de los y las menores trans en la etapa escolar favorece el abandono temprano de los estudios y la posibilidad de obtener una cualificación mínima.

La extrapolación de estos pocos datos a la realidad trans racializada es directamente inasumible para una conciencia que se tenga por justa. Un apartheid en toda regla.

Los resultados

La combinación de los datos expuestos desemboca en la formación de perfiles muy poco aptos para la inclusión en el mundo laboral. El pánico al rechazo, tan extendido, también es un factor de inacción. La primera traba que nos encontramos deviene de toda nuestra experiencia previa desde la infancia, marcada por la violencia, la burla, el desdén, la indiferencia o una armarización táctica que nos otorga ciertos privilegios durante un tiempo a costa de perder la salud mental para siempre.

La experiencia trans todavía está dominada por el miedo, por la poca adaptación a un mundo que nos es hostil y por tanto crea respuestas hostiles cuando fricciona con nuestras vidas. Gestos tan sencillos como adecuación de uniformes, vestuarios y baños, la normalidad burocrática sin reacciones desmedidas cuando el nombre oficial de una trabajadora no corresponde con lo que se espera y la superación de la barrera cultural que supone una apariencia no estrictamente normativa suponen un alivio inmediato para trabajadoras y empleadores que no cuesta nada y que, si no salva vidas, como mínimo las mejora sustancialmente.

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Más allá de exponer datos y experiencias, exigir atención institucional urgente y una legislación útil para solucionar una injusticia palmaria como esta desatención, solo queda apelar a los empleadores con firmeza: contratad a personas trans, dejad los melindres propios de colonos temerosos y comportaos acorde a los derechos humanos.

Egales: un oasis LGTBI

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Las personas trans padecemos la dejadez del sistema desde la sanidad, pasando por lo laboral y llegando hasta lo legal. Nuestras demandas, lejos de ser ese catálogo de fantasías y sentires que un sistema entero ha hecho creer al mundo, son puramente materiales. Nuestro reclamo como sujetos políticos que quieren sumar pasa por el pan, el techo y el trabajo, así de sencillo. Nos sentimos detrito porque somos tratadas como tal, porque cada vez que una de nosotras encuentra un trabajo lo celebramos como la llegada de un cometa.

La tarea de lucha que tenemos por delante es enorme, la responsabilidad del Estado va acumulándose de forma dramática y además de justicia va a ser necesaria mucha reparación, algo que no podemos olvidar ni dejar de exigir. Mientras damos la batalla os animo a salir a la calle e intentarlo. Acudir a entrevistas de trabajo. Enviar currículos. Conquistar la normalidad a fuerza de insistencia. Dejarnos ver por las que no pueden y ofrecerles nuestra mano. En definitiva, seguir tejiendo nuestra red de apoyo, ayuda y sororidad. Juntas va a ser difícil que nos sigan ignorando. Nos vemos ahí fuera, valientes.

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