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Una fiesta improvisada, un cigarrillo, hacerse la manicura... pequeños gestos de rebeldía en el país de los talibanes

Dos hombres pasan junto a la valla publicitaria de un salón de belleza con carteles desfigurados de modelos en Kabul, Afganistán.

Justine Brabant (Mediapart)

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La disidencia primero se pintó de tres colores. Al día siguiente de la caída de Kabul, los afganos salieron a la calle ondeando la bandera negra, roja y verde, la bandera nacional de Afganistán desde 2013.

Enarbolada por los manifestantes desde Jalalabad hasta Asadabad, colgada en los mástiles en lugar de la bandera blanca del Emirato Islámico de Afganistán (proclamado por los talibanes), sostenida por motociclistas, publicada de forma masiva en las redes sociales, la bandera de la república caída parecía llevar, durante unos días, la esperanza de un sobresalto.

Pero lo que podría haberse convertido en el Movimiento de la bandera fracasó.

Las manifestaciones fueron reprimidas; se estima que una docena de personas murieron, alcanzadas por el fuego de las fuerzas del orden o durante los disturbios. Los retratos del comandante Massoud, símbolo de la resistencia a los soviéticos y a los talibanes, fueron destrozados.

A las mujeres, que habían desafiado a las nuevas autoridades manifestándose por sus derechos frente al palacio presidencial de Kabul, se les invitó a permanecer en sus casas. Sus rostros desaparecieron de las vallas publicitarias y de las entradas de las universidades.

Con pequeños gestos de terror, los “estudiantes de teología” recordaron que no les gusta el arte, ni el placer, ni la alegría. Tras matar al cómico Khasha Zwan en julio, asesinaron al cantante Fawad Andarabi. Su portavoz declaró a The New York Times en una entrevista que la música estaba “prohibida por el islam”.

Los recalcitrantes –periodistas, defensores de los derechos humanos– y todos los sospechosos de haber colaborado con un país extranjero considerado hostil han sido perseguidos, puerta a puerta; a menudo detenidos, a veces asesinados.

En las redes sociales, la bandera negra, roja y verde aparece ahora con un corazón roto.

Pero si bien las manifestaciones no duraron, otras formas de resistencia se han ido abriendo paso. En el valle de Punjshir, un pequeño grupo de hombres y mujeres –dirigidos por el hijo del comandante Massoud, Ahmad Massoud, y el vicepresidente afgano Amrullah Saleh– se alzó en armas. Se calcula que se les han unidos unos seis mil.

“Sí, las mujeres afganas se han defendido”

Más allá de Punjshir, otros optaron por decir no de otras maneras, sin armas. Pasthana Durrani, de 23 años, lo expresa de forma sencilla: “Hay cosas a las que renuncias y otras a las que no”. Ha decidido no renunciar al derecho de las niñas y mujeres afganas a la educación. Desde la caída de Kabul, esta directora de ONG multiplica las intervenciones para volverle a decir con calma y firmeza a los talibanes que deben reabrir las escuelas.

Preguntada por la emisora de radio estadounidense NPR sobre los riesgos que corre al seguir defendiendo esta causa, a cara descubierta y desde Afganistán, se limita a responder: “[Lo hago] porque ahora mismo tengo electricidad. Tengo acceso a internet. Puedo hacerlo. Tal vez en una semana no pueda, y nadie escuche ya nuestras voces. Así que mientras tengamos los recursos, hagámoslo, grabémoslo, y será una prueba de que sí, las mujeres afganas se han defendido. Se han levantado, firmes, para defenderse, y ha sido el mundo quien ha hecho la vista gorda”.

Pashtana Durrani no está sola. Como ella, la activista Crystal Bayat y la gobernadora Salima Mazari (detenida a mediados de agosto por los talibanes) han optado por seguir levantando la voz, sin ocultar sus nombres ni sus rostros, para defender sus derechos.

Pero en Afganistán, en este verano de 2021, la resistencia se basa también y sobre todo en gestos anónimos. Sin gran estruendo, sin ponerse de acuerdo, la gente ha optado por seguir viviendo –en la medida de lo posible– como antes.

Una vida de contrabando a pequeña escala

Todos los afganos de la diáspora, o casi, tienen una historia que contar sobre estas pequeñas resistencias cotidianas. Para este estudiante de doctorado de la Universidad de Oxford, es el primo de Kabul el que “insiste en seguir llevando traje y corbata” cuando los talibanes atacan (según varios testigos) a grupos de jóvenes que consideran que van vestidos demasiado occidentales.

Para otra mujer de origen afgano que vive en el Reino Unido, se trata de un primo que consiguió casarse a pesar del caos, y sus invitados, a los que nadie pudo impedir que disfrutaran de “la música, el baile y la fiesta”.

Para Tabish Forugh, un ex alto funcionario afgano que ahora trabaja como consultor en Washington, es este amigo quien, hace unos días, “compró una botella de whisky Chivas y se la bebió con unos amigos en su casa de Kabul”. Porque en las calles donde ahora ondea la bandera blanca con la shahada, “reunirse en medio de la noche para beber una botella es también un acto de rebeldía”.

Forugh –que además de consultor se define como “analista político y activista prodemocracia”– también habla de hombres y mujeres afganos “bailando en sus jardines”. No los ha visto. Pero lo sabe porque lo ha vivido: “Lo sé porque eso es lo que hacíamos entre 1996 y 2002, cuando los talibanes ya estaban en el poder: bailábamos en el jardín”.

La vida en el Kabul de aquella época era una rutina diaria de contrabando a pequeña escala. “También recuerdo la vieja televisión en blanco y negro que escondíamos, las películas indias que comprábamos a escondidas, los videojuegos de ‘Mario’...”, añade el consultor.

'Peinetas' virtuales

Veinte años después, “Counter-Strike” ha dado paso a “Super Mario”. Es el escenario de algunas peinetas virtuales para los “estudiantes de teología”. Desde la caída de Kabul, algunos gamers afganos salpican sus asaltos con abundantes insultos dirigidos a los talibanesgamers y los publican en las redes sociales.

Sus imágenes se encuentran junto a las de otras rebeliones microscópicas. La foto de una bandera tricolor afgana, rodeada de corazones, tomada en un centro comercial de Kabul. Un automovilista que se graba a sí mismo conduciendo por la capital, con un retrato del comandante Massoud colgando del retrovisor. Dos hombres tocando música, felices y concentrados, sentados con las piernas cruzadas sobre una alfombra color burdeos. Personas anónimas fumando cigarrillos. Las manos de las mujeres, con las uñas pintadas, una práctica aborrecida por los talibanes. Y la shisha, en abundancia, fumada al ritmo lento del chisporroteo del carbón. A finales de los años 90, los “estudiantes de teología” prohibieron el narguile, que desde entonces se hizo muy popular en Afganistán.

Estas instantáneas son pequeñas victorias, a la espera de batallas mayores, quieren creer los opositores a los talibanes.

Volver a pensar

“La gente no tiene muchas herramientas a su disposición para resistir. Los talibanes imponen un régimen totalitario, se han apoderado del espacio público y lo controlan. Sin embargo, algunos se niegan a seguir su modo de vida y su modelo de gobierno. Creo que existe una forma de resistencia silenciosa, individual y no organizada”, afirma el politólogo Omar Sadr, profesor asociado de la Universidad Americana de Afganistán ahora exiliado en India.

Sadr considera el exilio de cientos de miles de afganos que huyeron del país cuando los talibanes tomaron el poder (entre los que se encuentra) es también una forma de resistencia, una manera de “boicotear” a las autoridades consideradas ilegítimas, “fascistas”, y con las que no concibe ningún compromiso o reparto de poder.

Estos exiliados “no permanecerán en silencio”, dice Tabish Forugh. “No dejarán que gane el discurso de los talibanes”.

¿Qué discurso oponer al de los mulás? ¿Cómo conseguir que cale?

Omar Sadr admite que queda mucho por hacer. “De momento, la gente sigue traumatizada; nadie esperaba que se hiciesen tan rápidamente con el poder. Deben hacer frente a numerosas secuelas psicológicas relacionadas con el miedo, el exilio… Tenemos que reflexionar juntos en los objetivos de la resistencia y estudiar nuestra historia nos ayudará mucho”, dice este hombre que admira la cosmópolis persa, un “modelo de espacio cultural, social y moral donde todo el mundo podía coexistir”.

Las cometas de Aibak

“Llevará tiempo”, coincide Tabish Forugh. “En este momento todavía estamos en shock. Necesitamos que la gente se levante y se pongan a pensar de nuevo”.

“Nuestra prioridad es hacer que el mundo no mire para otro lado, que Afganistán no caiga en el olvido sepultado por otros asuntos de actualidad. Entonces produciremos literatura, poemas y textos contra esta ocupación”, promete.

Mientras tanto, Sadr, Forugh y muchos otros activistas tienen sus ojos puestos en el Pandjshir, “que nos recuerda que aunque el 99% del país haya caído, el 1% sigue en pie”, dice Forugh.

¿Se perderá la esperanza para siempre si se recupera el valle? “No lo creo”, dice el activista. “Resistir a los talibanes es una obligación civil y moral para nosotros. La voluntad de liberar nuestro país está ahí. Tal vez no tengamos éxito, pero aunque la rebelión en el Pandjshir sea derrotada, el espíritu de la resistencia sobrevivirá”, quiere creer.

A finales de la década de 1990, los talibanes también prohibieron las cometas. Los afganos temen que vuelvan a ser prohibidas pronto. En los últimos días, se han visto tres cometas sobre una barriada de Aibak, en el norte de Afganistán, lejos del Pandjshir. Un vídeo, muy probablemente grabado por sus padres, muestra a dos niños sosteniendo sus cuerdas a distancia, radiantes.

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Traducción: Mariola Moreno

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