Restaurar la noción de lo eslavo

Un cosaco participa en la fiesta del octavo aniversario de la anexión de Crimea por Rusia, en Simferopol el pasado marzo.

Marta Rebón

De adolescente, con el apremio de saber a qué iba a dedicarme, pensé en formarme para ser restauradora. En una visita a la Alhambra, había visto a una joven en bata blanca que, encaramada a una suerte de andamio, pasaba un bastoncillo por una pared policromada. Toda su atención estaba concentrada en aplicar la sustancia química del algodón sobre capas de mugre y polvo. A su alrededor nada la estorbaba y me pareció una profesión privilegiada. Al final escogí el itinerario de Arte en Humanidades, con la curiosidad intacta por los descubrimientos reservados a esos artesanos, expertos en maniobrar con cuidado.

Desde entonces leo las noticias que caen en mis manos sobre este oficio, sin el cual el patrimonio artístico estaría desvalido. Recuerdo una noticia del 9 de septiembre de 2021: A Vermeer Restoration Reveals a God of Desire. El artículo, publicado en The New York Times, se refería a la restauración del cuadro Mujer leyendo una carta frente a la ventana, del maestro de la pintura holandesa Johannes Vermeer, conservado en la Galería de los Viejos Maestros en Dresde. Originalmente tenía un fondo verde, en lugar del negro que se veía tras siglos de acumulación de suciedad y barniz oscuro. También se revelaron detalles ocultos en la pintura, como una cortina en el lado derecho. La meticulosa atención al detalle, característica del artista de Delft, así como su uso sutil de la luz y la sombra, y su paleta de colores suaves, había emergido con la técnica y la sensibilidad de los restauradores.

En la época en que Vermeer acabó este cuadro, el zarato ruso estaba inmerso en la Guerra de los Trece Años (1654-1667) contra la Mancomunidad Polaco-Lituana, una guerra que había estado motivada por la firma del Tratado de Pereyáslav, en el que los cosacos zapórogos juraron lealtad a los zares de Rusia. Los cosacos zapórogos, recordemos, son parte fundamental de la historia y la cultura ucranianas. Hasta la firma de ese tratado, la historia de las futuras Ucrania y Rusia fue la de dos entidades con un desarrollo muy diferente, pese a sus orígenes comunes. Los cosacos, carentes de Estado, eran una etnia perteneciente a la Mancomunidad Polaco-Lituana que gozaba de cierta independencia. El Tratado de Pereyáslav marcó un punto de inflexión en la historia de Ucrania, Rusia y Europa del Este, pues permitió que Moscú saliera de su aislamiento y empezara a expandirse hacia Occidente, un elemento crucial para que acabara convirtiéndose en una gran potencia europea.

Un par de siglos más tarde nacería Dostoievski. El escritor ruso, interesado en el arte pictórico, sentía predilección por el pincel de Rafael. Había visto pinacotecas y galerías también en sus viajes por Europa. Conocía particularmente bien las de Dresde, donde vivió dos años. Esa experiencia se cuela en El adolescente, en que uno de sus personajes cuenta un sueño que ha tenido: una pintura de Claudio Lorena (conservada en Dresde) se le aparece no como un cuadro, sino como una realidad vida. Este largo pasaje acaba con la formulación de esa idea dostoievskiana del individuo ruso como síntesis de la identidad europea: “Tan solo el ruso dispone de la posibilidad de ser más ruso cuanto más europeo sea… En Francia soy francés; con un alemán, alemán; con un antiguo griego, griego; y, por lo mismo, soy aún más ruso”.

El Vermeer, igual que otras obras salvadas de los bombardeos de los aliados sobre territorio alemán, acabó en la Unión Soviética. No se devolvería hasta 1955, aunque antes se pidió que ese óleo y un Giorgione se quedaran en la URSS, en pago a haber salvado “los tesoros de Dresde”. En la misma edición del NYT de aquel 9 de septiembre de 2021, se informaba que el secretario de Estado Antony Blinken instaba a los europeos a no dejarse chantajear por Putin con los precios de la energía a las puertas del invierno. Durante el mes siguiente, la concentración de tropas rusas junto a la frontera de Ucrania se intensificó, pero hasta la invasión a finales de febrero de 2022 la administración rusa y sus funcionarios siguieron negando reiteradamente los planes de atacar Ucrania.

Si hablé del oficio de la restauración, es porque no se me ocurre otra metáfora para comentar el desafío que se nos ha presentado a los eslavistas, en especial a los rusistas, que debemos someter a revisión todo lo aprendido, además de ampliar lecturas y perspectivas para obtener un cuadro más íntegro del mundo eslavo. Trece meses después de que el primer soldado ruso pisara suelo ucraniano con la misión de tomar Kyiv (Kiev), soy consciente de hasta qué punto Moscú ha influido sobre nuestra visión de Europa del Este y el Cáucaso. Y no solo a los de mi especialidad. Da la impresión de que la opinión pública occidental, en general, fuera espectadora de uno de esos descubrimientos que asombran a los restauradores, en los que de pronto emerge algo disimulado bajo capas de inercia cultural: de repente un país, Ucrania, el segundo más grande del continente, aparece nítidamente entre Rusia y la Unión Europea. Se desconocía prácticamente su cultura vernácula: en España apenas contamos con traducciones de la literatura escrita en ucraniano. Teníamos, eso sí, el relato repetido por el Kremlin: los ucranianos son prácticamente rusos, hermanos históricos, una misma nación dividida por una frontera porosa que es una mera formalidad.

En una nota al pie que Milan Kundera añadió en la traducción inglesa de su ensayo Un Occidente secuestrado (1984), al final de un párrafo donde dice que nada es más ajeno a Europa Central, con su pasión por la variedad, que la pulsión rusa por la centralización, la uniformidad y su voluntad de transformar a ucranianos, bielorrusos, armenios, letones o lituanos en “un único pueblo ruso”. Y anunciaba, como un visionario: “Una de las grandes naciones europeas (¡hay casi cuarenta millones de ucranianos!) está desapareciendo lentamente. ¡Y de este enorme acontecimiento, casi increíble, Europa no se da cuenta!”.

Durante la pandemia me entretuve, como una actividad rutinaria más, en seguir los trabajos de restauración de La ronda de noche de Rembrandt, que el Rijksmuseum mostró en tiempo real. Resultó que la ronda no era tan nocturna: fueron las capas de barniz oscuro lo que causó esta impresión. Los crímenes de guerra de Rusia en el país vecino han provocado un efecto parecido a la del óleo del Rembrandt, y ahora han pasado a revisarse los datos que se nos ofrecían en los museos de arte sobre la precedencia de los artistas y los motivos de sus obras. ¿Se pecó de un excesivo rusocentrismo? La dinámica de pensar el Imperio ruso como un bloque más o menos homogéneo persistió durante el siglo soviético. En cierto modo, nos resultaba así una entidad más manejable.

El pasado diciembre circuló una fotografía: las fuerzas invasoras rusas cubrieron los restos del teatro de Mariúpol con una lona en que aparecían los retratos de los escritores Pushkin, Tolstói, Gógol y Shevchenko. Unos meses antes, en marzo, cientos de mujeres y niñas se refugiaban en el sótano del edificio cuando los bombardearon en un ataque aréreo. Este es un ejemplo ilustrativo del uso que el Kremlin hace de la cultura como arma. Al lado de dos puntales de la literatura rusa como Pushkin —el creador del ruso literario moderno— y Tolstói—para muchos el mejor escritor de todos los tiempos— estaban otros dos autores de cuyos éxitos más se enorgullecen los ucranianos: Nikolái Gógol, nacido y criado en Ucrania, y Tarás Shevchenko, considerado el poeta nacional.

Como licenciada en Filología Eslava y traductora de algunos de los autores mencionados, me cuesta digerir el alto grado de cinismo que supone cubrir con imágenes de celebridades literarias un crimen de guerra. Según estimaciones, el teatro, el refugio más grande de una ciudad que acabó totalmente arrasada, se convirtió en la tumba de seiscientos civiles. ¿Olvidan los que usan la imagen de Pushkin que fue desterrado a Odesa por su poesía políticamente controvertida? ¿Y que Tolstói era pacifista? ¿Qué hoy escritores rusos figuran en listas negras por haberse posicionado en contra de la guerra?

Demasiadas veces se ha interpuesto una cortina entre Occidente y Rusia, a veces en la estela de esa tradición orientalista de proyectar hacia otra cultura una mirada que realza el exotismo y el misterio. Y se debe en gran medida al yugo imperialista de Rusia que Ucrania haya sido considerada una provincia rusa. Hasta la presente guerra muchos ciudadanos de Europa Occidental casi ignoraban un país de cuarenta y tres millones de habitantes. ¿Y cuántos sabían que tiene una universidad más antigua que las de San Petersburgo y Moscú? ¿Que la lengua ucraniana no está más próxima del ruso que del polaco? ¿Que hubo un tipo de protodemocracia en los siglos XVI-XVIII? Que muchos artistas considerados rusos, como por ejemplo Malévitch, Ekster o Repin, son de origen ucraniano, como lo son sus fuentes de inspiración? ¿Que la intelectualidad ucraniana fue prácticamente exterminada en la década del 1930, y que antes, en el siglo XIX, se prohibió la publicación en ucraniano porque esta lengua, según se decretó, “no existió nunca, no existe ni puede existir”? ¿Que la brutal represión y la gran hambruna (1932-1933) debida a las políticas de Moscú quedaron sin explicar, silenciadas, durante medio siglo? ¿Que hay un bosque cerca de Kyiv (Kiev), en Bykivnia, con fosas comunes donde yacen los restos de miles de víctimas del NKVD, ejecutadas entre 1937 y 19 41, y que se quiso sepultar bajo proyectos urbanísticos, como se hizo en Babi Yar? ¿Que en tiempos de Brézhnev los defensores de la cultura ucraniana formaban el grupo de presos políticos más numeroso de la Unión Soviética? ¿Que el accidente de Chernóbil fue la semilla del primer movimiento civil ecologista a Europa del Este? ¿Que la división entre dos Ucranias promovida por el Kremlin simplifica una sociedad compleja, híbrida, multicultural y bilingüe?

Sería más ajustado llamar escritores rusófonos a algunos que hemos englobado en la denominación de “literatura rusa”. Hay que retirar la capa de barniz oscuro que alteraba los colores para apreciar todo el lienzo. Y bajo esa luz aparecen más nítidos Gueorgui Vladímov, Iliá Ehrenburg, Vasili Grossman, Yuri Olesha, Mijaíl Bulgákov (por contrario que fuera al proyecto ucraniano, no deja de ser un autor de Kyiv, Kiev), Borís Sávinkov, Svetlana Aleksiévich, Andréi Kurkov, etc.

En el último año leí en alguna parte que Ucrania estaba defendiendo también un lugar en la república de las letras, y puede que así sea.

Marta Rebón (Barcelona, 1976) es escritora y eslavista, especialmente reconocida por sus traducciones de literatura rusa. En Destino acaba de publicar 'El complejo de Caín'.

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