En serio, en serie, en sirio. Usos y abusos de las series en nuestro tiempo
“A Disney ya los brazos le crecían...”. Cuando era adolescente me juré que nunca vería por las noches la televisión con mi pareja. ¡Qué imagen tan deprimente! Veinte –digo treinta- años después, ver uno o dos capítulos de The Wire, Baron noir, La Mesías o This is Us se ha erigido en uno de los momentos más agradables del día. Todo cambia. Y, si no cambia, cambia su contexto. De hecho, quizás algún día esta misma frase tenga un significado radicalmente distinto para mí. (Y quién sabe si tú, lector, no les estás dando un significado radicalmente distinto al que yo creo estar insuflándole). Mientras tanto, intento atenerme a lo que me ha dado por llamar “la ley de Heráclito”, que reza: “Habla con palabras dulces porque, con el tiempo, es posible que te las tengas que tragar.” Pero ¿por qué decía todo esto? Ah, sí, por la televisión, por las series, que no quiero empezar criticando, ni defendiendo, puesto que no tengo vocación de juicio final, ni quiero ser –por hacerme eco de Eco– apocalíptico ni integrado, sino una mezcla de los dos. Un ecolicuá… o un Eco licuao…
Muchos dicen que las series son una de las grandes novedades culturales de nuestros días. Algunos ponen el giro a finales de los ochenta y principios de los noventa, con el estreno de Canción triste de Hill Street (1981-1987) y Twin Peaks (1990-1991); otros se esperan al año 1999, cuando se empezaron a emitir El Ala Oeste de la Casa Blanca (1999-2007) y Los Soprano (1999-2006); y yo me acuerdo tanto de House (2004-2012), Lost (2004-2010) o Homeland (2011-2020), como de las series de factura autonómica (en mi caso, de TV3). Pero más de uno podría hablar de la magnífica Raíces, o de las excelentes versiones que TVE hizo de grandes clásicos españoles como: Fortunata y Jacinta, Cañas y barro, La forja de un rebelde o Ramón y Cajal. Me imagino que todos tendemos a creer que la fiesta empieza cuando llegamos, y que se acaba cuando nos marchamos… Afortunadamente, la historia es una rave infinita cuya pista de baile está en todas partes y los seguratas de la entrada en ninguna.
Lo que está claro es que, en algún momento difícil de establecer –porque este Nilo, o stream, tiene muchas fuentes– las teleseries y los culebrones que todos nos tomábamos a broma, se transformaron en las series que hoy nos tomamos tan en serio. (Series en serio.) Que la producción de series aumentó exponencialmente con la aparición de las cadenas por cable en los años ochenta, y de plataformas, en los dos mil, hasta superar la producción de las películas. (Series en serie.) Y también que esas series, que en un inicio eran mayoritariamente estadounidenses y nacionales, pasaron a ser realmente internacionales, en parte gracias a la inversión de esas mismas plataformas. Véanse (literalmente) Borgen, El puente, La casa de papel, El juego del calamar o Hatufim. (Series en sirio.) En resumen, series en serio, series en serie y series en sirio.
Ahora podríamos hablar de la necesidad de producir horas (¿qué horas?, siglos) de programación para las plataformas, cuya competición darwinista ha acelerado la rueda de novedades hasta tal punto que necesita crear contenido de forma incesante; de cómo la aparición de nuevos medios tecnológicos ha hecho saltar por los aires las formas tradicionales de difusión, consumo, producción y medición de la audiencia; de cómo, tras la caída del bloque soviético, y el advenimiento del “fin de la historia”, profetizado en 1991 por Fukuyama “el breve”, la hegemonía cultural de los Estados Unidos ha podido campar a sus anchas por todo el planeta; o de la economía de la atención, la industria de la adicción, la carencia de relato, el turbocapitalismo o el paso de la gestión de la escasez a la gestión de la abundancia. Pero doctores tiene la Iglesia. Lo que está claro es que todo cambia, salvo el mismo cambiar. Y que, si Ovidio –¡oh, vídeo!– volviese a nacer en nuestros días, escribiría unas Metamorfosis del capitalismo digital. A Disney ya los brazos le crecían…
Fracking ficcional. Por el momento, me limitaré a decir, sin temor a contradecirme (yo también contengo multitudes, especialmente después de estas fiestas), que las verdaderas novedades hunden sus raíces en el denso limo de las experiencias primordiales. Y es que, de un lado, suscribo el principio humanístico que afirma que el ser humano es, mutatis mutandis, el mismo en toda época y en todo lugar; y, del otro, considero que, más allá de las innovaciones tecnológicas, económicas y sociales, el boom de las series se basa en su capacidad para seguir respondiendo con nuevos medios a los viejos fines de siempre. Pero no digo sólo que las últimas series no son muy diferentes de las radionovelas o las novelas de folletín, sino que ni siquiera son muy diferentes de esas novelas de caballerías que tanto exaltaron a Alonso Quijano, quien, como todo el mundo sabe, se pasaba las noches de claro en claro haciendo binge reading.
Más aún, todas esas novelas de caballerías seguían de cerca –o de lejos, ya qué más da– el género de las epopeyas y los cantos de gesta, que aedos y juglares recitaban de forma fragmentaria ante un público acostumbrado a unas formas y unos motivos no muy diferentes de los de cualquier serie actual: desde el inicio in media res, hasta los numerosos flash backs, pasando por las historias paralelas, las muertes y resurrecciones de los héroes, el enciclopedismo especulativo acerca de otras culturas o el cierre en punta de los episodios. Por no hablar de los romances que corrían de boca en boca, igual que hoy corren de mano en mano los cortes de vídeo de tal o cual serie; o de las morosas conversaciones que arrieros, campesinos, lavanderas y viejas junto al fuego dedicaban a comentar y a estirar las aventuras de sus héroes favoritos, y que no debían ser muy diferentes de nuestros debates y recomendaciones actuales.
Y más (siempre más) aún, ¿qué función cumplían, en la época prehistórica, todas aquellas narraciones que, una vez acabadas las tareas del día, se explicaban alrededor de la hoguera, si no la misma que las de las series de televisión? ¿O las pinturas rupestres, que las antorchas y las irregularidades parietales dotaban de un movimiento muy semejante al de nuestras pantallas; unas pinturas que, a diferencia de las sombras de la caverna de Platón, no se limitaban a deformar la realidad, sino a rememorarla, a prepararla, a conjurarla y a dominarla? Y es que apenas hay un salto entre Lascaux y let’s go.
En busca del tiempo ganado. Sin duda, la industria del entretenimiento y la economía de la atención son formas modernísimas desde el punto de vista técnico, social y económico, pero, al igual que la industria de la energía, lo único que hacen es refinar materiales antiquísimos. Y ¿cuál es el petróleo, el carbón y el gas de las grandes –nunca mejor dichas– plataformas de entretenimiento? La ficción, que es una de las formas básicas del placer. Aunque esto no lo explica todo, ni mucho menos, porque disiento de Borges, quien arriesga, en El indigno, que “la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola.” Pues tenemos el derecho de preguntarnos de qué bolsa profunda y macerada por los milenios surge nuestra insaciable afición por la ficción. Empecemos señalando que la naturaleza tiende a convertir en placentero aquello que resulta útil para nuestra supervivencia (aunque, luego, la mayoría de nosotros seamos unos expertos en girarlo en nuestra contra). Traducido a términos spinozianos: suele producirnos placer aquello que consideramos que despliega o aumenta nuestra potencia.
Pero ¿de qué modo nuestra minusvalorada y denostada ficción podría llevar a cabo tal proeza? Primero, contribuyendo, al mismo tiempo, a nuestro conocimiento y a nuestra acción. Podríamos decir que la ficción es una especie de tentáculo, surgido directamente de nuestro cerebro, que palpa y reconoce las cosas, al mismo tiempo que las atrapa o aparta (nótese el palíndromo). Pensemos, por ejemplo, en el tiempo, ese conjunto de deslavazadas lianas en las que no dejamos de balancearnos.
Para empezar, gracias a la ficción conocemos y conformamos el pasado. Y es que, de forma general, las historias nos ayudan a recordar aquello que queremos repetir, porque es placentero, y por lo tanto, fortificante, y a olvidar aquello que deseamos evitar, porque es doloroso, y por lo tanto, debilitante. Puro ficcio-vitalismo. Y, cuando la liana del pasado se lía, y nos quedamos colgados de la repetición obsesiva de la culpa, la nostalgia, el trauma o el resentimiento, las narraciones nos recuerdan la variedad, la acción y el dinamismo de la realidad, poniéndonos de nuevo en movimiento. Este es, quizás, uno de los significados que encierran las Mil y una noches, donde Scheherezade rompe la celosa obsesión de Shahriar, quien ha bloqueado el curso del tiempo mediante el asesinato auroral de todas las mujeres con las que se casa. ¿Cómo? Interesándolo de nuevo por la rica variedad y el intrigante dinamismo del mundo. ¿Y no es eso mismo lo que nos sucede cuando, por las noches, la curiosidad por saber qué va a suceder y el interés por la diversidad de caracteres y experiencias que se despliega ante nuestros ojos nos permite soltar nuestra mochila de piedras, y descansar un poco antes de que volvamos a ponérnosla sobre los hombros? Nuestro capítulo de cada día es la pendiente por la que cae rodando la roca del mundo. Junto a ella camina Sísifo ligero, olvidado de su castigo gracias a aquel espectáculo. Like a rolling stone.
El tentáculo de la ficción también contribuye a que conozcamos y conformemos el presente. De un lado, aprendemos a reconocer, a criticar y a asumir la pluralidad, la complejidad, la imperfección y los cambios con los que debemos lidiar en nuestras relaciones con lo real. Y, del otro, gracias al hecho de que todos esos atributos y experiencias se nos aparecen bajo la forma de retos y desafíos, protagonizados por seres especialmente activos u hospitalarios, podemos llegar incluso a celebrarlos, logrando, de este modo, un cierto equilibrio entre la crítica, tan necesaria como quejosa (“esto está mal, y deberíamos cambiarlo”), y el asentimiento, tan alegre como apolítico (“todo esto es maravillosamente complejo y contradictorio, y deberíamos celebrarlo, a pesar de la injusticia y el sufrimiento que lo atraviesan”). Lo que Nietzsche llamaba “el gran estilo”. Pues eso es lo que uno siente, por ejemplo, cuando ve aquella escena de Blue Lights (que Maruja Torres recuerda en Cuanta más gente se muere, más ganas tengo de vivir), en la que una policía idealista, desesperada por lo que ve en las calles, le pregunta a su compañero cómo se las arregla para resistirlo, y éste le responde: “Ahí fuera hay un mar de mierda. Yo cojo un cubo todas las mañanas, lo lleno con todo lo que puedo de mierda, lo retiro, y luego me voy a casa”. Porque eso es lo que necesitamos algunas noches: sentir que lo que hacemos vale, cuenta, e incluso basta, en la modesta medida de lo que somos.
Finalmente, gracias al tentáculo de la ficción, también podemos conocer y conformar el futuro. Primero, gracias a su capacidad para imaginar lo que puede llegar a suceder, podemos preparar y aprovechar las oportunidades que este puede albergar, o rebajar el miedo o la ansiedad que suele provocarnos. Además, en virtud de su capacidad para imaginar todo tipo de futuribles, desde los más cercanos y previsibles hasta los más lejanos e imposibles, podemos relanzar o redirigir nuestra acción hacia formas insospechadas de vida. Porque quizás esta no es la única sociedad o la única vida posibles. Por eso, algunas noches, ver un capítulo de una serie como Station Eleven, Silo, Severance o Fundación puede ayudarnos a superar nuestra claustrofobia ontológica, haciéndonos vislumbrar las infinitas formas –mejores y peores– en que podría reorganizarse el mundo.
La serie de los cuatro escudos. Pero, además de ayudarnos a saltar alegremente, esto es, poderosamente, por las lianas del tiempo, la ficción también funge como mecanismo de protección. Y no sólo porque de vez en cuando haya sapos desagradables que tragar, a los que los jugos gástricos de la ficción pueden ayudarnos a digerir, sino también porque el cerebro humano es como la rana que explotó porque quiso beberse la luna. Y es que, más allá de cómo nos vaya en la feria, la realidad es un cúmulo inabarcable, diverso, caótico y amenazador de cosas que nos exceden. La visión de “lo monstruoso” tal y como la llamó Nietzsche, o de “la facticidad pura”, tal y como la denominó Heidegger, resulta insoportable para la mayor parte de nosotros la mayor parte del tiempo. Por eso necesitamos filtros y marcos que nos permitan recortarla, simplificarla y estructurarla.
Y para eso está la ficción (también la autobiográfica, que practicamos todos), que es el paspartú que nos protege del patatús. Como diría Ortega y Gasset siguiendo su Teoría del marco, el marco de la ficción nos ayuda, ante todo (nunca mejor dicho), a mirar hacia otro lado, para evitar que el abismo nos devuelva la mirada… Por eso, cuando alguien mira la pantalla, no debemos preguntarnos tanto qué está mirando, como qué está evitando ver. Y lo que está evitando ver, más allá de esta o aquella incomodidad particular, es lo que podríamos describir, pascalianamente, como “la infinita inmensidad de espacios que ignora y que le ignoran”. La ficción es, pues, una pantalla, pero, como dirían mis hijos, una pantalla “literal”. O, por falar bonito, la ficción es como el escudo de Perseo, sobre cuya bruñida superficie podemos mirar el rostro insostenible de la Gorgona. El problema, como veremos luego (viene spoiler), es que, cuando andas de espaldas, puedes acabar estampándote.
Ahora que lo pienso, la ficción puede ser comparada con otros escudos. Pienso, por ejemplo, en el escudo de Pitágoras, con el que éste se habría batido en la guerra de Troya, cuando tenía otro nombre, y que habría reconocido varias vidas después. Y es que cuando, sentados en el sofá de casa, miramos las aventuras y desventuras de nuestros personajes preferidos, todos nos reconocemos, como Pitágoras, en ese fondo de experiencias originarias, cuasi animales, que se reducen a esconderse, escaparse, enfrentarse, abrigarse o acumular comida o dinero de cara al siguiente invierno. De ahí, en parte, el placer de las series post-apocalípticas, bélicas y de desastres, en las que, evaporada la fina capa de humus civilizatorio (del que, como decía Neruda, sucede que nos cansamos), asoma el palpitante morro del pequeño mamífero, asustado y por tanto también vivo, que habita en nuestro interior.
Pienso también en el escudo de Aquiles, que Hefesto fabricó a petición de Tetis, y en el que, con magnífica ironía, representó en diversos episodios la vida feliz que, aun teniéndola siempre delante de sus narices (porque ese escudo es el centro móvil de la guerra, y de la obra que la narra), no reparan en ella ni tirios ni troyanos. Del mismo modo, nosotros entrevemos cada noche la felicidad en el escudo de Aquiles de la ficción televisiva. Si bien tampoco somos capaces de desatender la guerra militar, laboral o existencial en la que nos hallamos embarcados, para alargar la mano y alcanzarla. Bastaría tan poco. Pero, como la Dorothy de El mago de Oz, casi todos morimos con los zapatitos rojos puestos, y sin entrechocar.
Y también pienso en el escudo de aquel espartano, que, según cuenta Plutarco, en sus Máximas de espartanos, tenía una mosca pintada en el centro. Aunque no para pasar inadvertido, sino para obligarse a acercarse a sus enemigos lo suficiente para que estos pudieran ver su emblema sin esfuerzo. Quiero decir que la ficción nos exhorta a la aventura, que no debemos entender como una mera fantasía infantil, sino como una de esas “experiencias límite”, junto con el viaje, la creación, la enfermedad o la experiencia religiosa, sexual, estética o política, que Karl Jaspers consideraba productoras de ser. Por eso –dice– “si quieres ser, ponte en situación de ser”. Y es que, tal y como pensaron Simmel, Jankélévitch o Schutz, este tipo de experiencias –que intuimos, y a la vez vivimos, mediante la ficción– son islas de sentido en el océano de la vida cotidiana, que se caracterizan por su naturaleza: discreta (con un inicio y un final), teleológica (dirigida hacia un final), electrizada por algún tipo de peligro (físico o espiritual) y autónoma (pues obedecen a unas leyes diferentes a las que rigen el mundo de la vida cotidiana).
Dentro de la aventura, domina no sólo un estilo cognoscitivo particular (ante el peligro sabemos realmente quiénes somos, algo que tenemos la sensación de desconocer mientras nos hallamos en la vida cotidiana), sino también ontológico (sentimos que somos más), e incluso ético y político (la aventura es un espacio anómico, esto es “sin ley”, en el que, para sobrevivir o triunfar, podemos llegar a hacer cosas que en la vida cotidiana no están permitidas). Por eso, de noche, sentados en el sofá, lejos del mundanal silencio de la vida cotidiana, el visionado de una nueva aventura nos permite vestirnos simbólicamente con el vibrante escudo de la mosca pintada, y sentir de una forma mucho más intensa: que sabemos quiénes somos, que somos los que somos y que vivimos como deseamos. Y esa alegre sensación es la miel en los labios (o la zanahoria en los belfos) que nuestra vida querrá engullir por entero. Resumiendo: el jaleo irreal de la ficción es la jalea real de la vida.
Por si esto no fuese suficiente, los guionistas y directores de series han comprendido lo que Petrarca, Pizan, Montaigne o Cervantes comprendieron hace siglos, y es que puede existir una relación de amistad entre una obra (esto es, entre un personaje, una familia, un lugar, una atmósfera o una voz) y un lector, o espectador. Hoy en día nos inquietamos ante el hecho de que numerosas personas establezcan relaciones de intimidad con una inteligencia artificial. Pero creo que lo que debería preocuparnos no es tanto que dicha inteligencia sea artificial, como que esté diseñada de tal forma que tiende a hacernos daño. Porque, ¿qué diríamos de una inteligencia artificial cuyo objetivo no fuese engancharnos o engañarnos, sino decirnos la verdad, aun cuando nos doliese, y arrojarnos cuanto antes al mundo corregidos y vivificados, aun cuando le hiciese perder dinero a sus dueños? Que es fantástica. Pues eso es lo que hace, de algún modo, una buena ficción, que es una realidad artificial avant la lettre, o dans la lettre. Tal sería el caso, por ejemplo, de los personajes de Shakespeare, que, según Harold Bloom, son más humanos que los propios seres humanos, por la sencilla razón de que son más complejos, dinámicos e impredecibles. Quizás es una exageración, no lo sé, pero lo que me parece interesante es la idea de que algunas de esas obras, y algunas de esas series, nos ofrecen cada noche una compañía, más aún, una amistad, que no debemos, ni podemos, minusvalorar.
Arte nuevo de hacer series. Ahora viene, como en los chistes, la mala noticia. Y es que, como suele ser habitual con nuestros mecanismos más básicos (como es el placer adictivo que nos produce la ficción), y con las formas y discursos de prestigio (como son “las series de calidad” de nuestra época), son muchas las personas y los colectivos que buscan capturarlos (hoy decimos hackearlos), con el objetivo de extraer de ellos algún rédito económico o político.
En lo que respecta a nuestras relaciones con el tiempo, por ejemplo, las series pueden ser utilizadas, de forma más o menos intencionada, o sistémica, como un mecanismo para alimentar la idealización del pasado. Lo cual es aprovechado no sólo por la industria cultural de la nostalgia, sino también por corrientes políticas, o antipolíticas, como el nacionalismo o la extrema derecha. En otras ocasiones, lo que se hace es intensificar la sensación de miedo, asco o ansiedad que la pluralidad, complejidad y dinamismo de nuestra época (de cualquier época) presente o nuestra sociedad (cualquier sociedad) nos provoca, beneficiando, como suele suceder, a los mercaderes del miedo y la unanimidad. Lo cual no es una nimiedad.
Las series de zombis, por ejemplo, nos ofrecen un fondo de imágenes terroríficas que condicionan nuestro modo de ver a los refugiados e inmigrantes, no ya como personas, ni siquiera como trabajadores que aportan más de lo que reciben, sino como hordas de parásitos portadoras de enfermedades dispuestos a devorarnos. Luego están las series que buscan conformar nuestra forma de imaginar y conformar el futuro. Porque quien domina la imaginación de lo posible, posee el dominio de lo real. De algún modo, las innumerables series que versan sobre futuros distópicos y postapocalípticos, no sólo buscan ayudarnos a lidiar con nuestras ansiedades, sino también imponernos una determinada geometría de la posibilidad, que puede resumirse, básicamente, en: dentro del capitalismo (o de aquello en lo que este se está transformando), todo; fuera de él, nada. “Unlimited Future, Unlimited You, Unlimited Together” parece la divisa de una distopía, pero fue el eslogan que utilizó Nike en 2016. Ningún partido de izquierdas se atrevería en nuestros días a apuntar tan alto…
Las series también nos ofrecen una fantasía de conocimiento y de control. ¿Quién no se cree un especialista en relaciones internacionales después de haber visto Homeland o La oficina de los infiltrados? ¿A quién no le parece estar familiarizado con la sociedad china o coreana, tras haber visto Vice o El juego del calamar? ¿Quién no considera conocer los entresijos de la alta política, después de haber engullido El Ala Oeste de la Casa Blanca, Baron Noir o Borgen? ¿Y quién no cree saberlo todo sobre la mafia o el narcotráfico tras haber visto Los Soprano, The Wire o Escobar; ser un especialista en medicina tras haber visto House o Anatomía de Grey; saber todo lo necesario para sobrevivir al apocalipsis tras haber visto The Walking Dead, The Last of Us o Apagón; o saber cómo lidiar con las relaciones familiares más complejas, después de haber devorado This is Us, En tratamiento, The Bear o Querer? A la vez, cualquiera que haya visto una serie ambientada en su propia ciudad o en su propio ámbito laboral sabrá lo falsas que estas pueden llegar a ser. Aun así, uno de los mayores placeres –uno de los mayores productos– que la industria de las series nos ofrece es la fantasía de que comprendemos realmente el mundo, que es la más inverosímil de todas las historias.
Sin duda, no deberíamos subestimar el papel de este espejismo cognitivo en la difusión de la epidemia (o, más bien, recrudecimiento de la enfermedad endémica) de dogmatismo, que afecta a nuestra capacidad para el debate público racional en el que se basa la democracia. De un lado, en el tiempo que hemos tardado en ver (y en disfrutar, no lo olvidemos) las pocas series que he enumerado, podríamos haber cursado prácticamente una licenciatura, y aumentado realmente nuestro conocimiento, sin duda siempre insuficiente, de la realidad. Del otro, una de las características fundamentales de esa gran caricatura del dogmático que es Don Quijote es su relación mayoritariamente libresca con la realidad, su convicción de estar siempre en lo cierto, y su predisposición a defender sus ideas de forma violenta. Lo cual no quita que no haya series como Twin Peaks, True detective o The Wire que constituyan, como diría Octavio Paz, “una revelación de una no revelación”. Esto es, una toma –no una sobredosis– de conciencia del carácter incognoscible de la realidad.
Las series también pueden ser utilizadas para difundir el “idealismo”, que consiste en embellecer el mundo ideal, esto es, inexistente, hasta el punto de que el mundo real, esto es, imperfecto, nos resulte por contraste intolerable. Se trata del proceso inverso al de la mitridización. En la mitridización, una persona ingiere dosis reducidas de veneno para que su cuerpo se inmunice progresivamente. La idealización, en cambio, consiste en la inoculación de dosis de idealidad, con el resultado (quizás con el objetivo) de que la realidad acabe pareciéndonos insuficiente e insoportable, y nos sintamos dispuestos a cambiarla por… exactamente: por nada (porque no hay alternativa a lo real), o por esa nada disfrazada o aplazada que es el mero consumo. El peor de los negocios, en fin. Y es que las series, y las redes sociales, tienden a alimentar nuestra sensación de que en otro lugar, otra época, otro cuerpo, otra clase… estaríamos mucho mejor, y nos ponen a correr, como bisontes de la pradera, en dirección del precipicio del nihilismo, donde los de siempre se repartirán nuestra carne muerta. En un mundo ideal, Mark Fisher habría hablado de “idealismo capitalista”.
Desde este punto (ciego) de vista, las series no constituyen una ventana que aspira a mostrarnos la realidad tal cual es (lo cual, en términos kantianos, sería algo fenomenal), sino una vidriera de catedral, cuyo objetivo no es mostrarnos el paisaje exterior, sino el paraíso prometido, donde gozaremos (en caso de que nos portemos bien) del éxito socioeconómico y la belleza física, o el infierno tan temido, donde sufriremos (en caso de que nos portemos mal) de las torturas de la pobreza, la enfermedad y la miseria. En esas vidrieras hemos aprendido el catecismo de nuestra época, que tampoco es que sea demasiado diferente del de otras. ¡Cuánto se equivocan aquellos padres que creen que viendo la televisión no se aprende nada! Porque, viendo 24 horas, aprendemos que la tortura está justificada; viendo Breaking Bad, aprendemos que ser profesor es un fracaso; viendo Black Mirror, aprendemos que no hay esperanza; viendo The Walkind Dead, aprendemos que sin armas no hay seguridad; viendo Juego de tronos, aprendemos que la empatía es una debilidad; viendo Mad Men, aprendemos que, si queremos triunfar, debemos dormir en la oficina… Y en todas ellas también aprendemos que la pobreza es una elección personal, que no hay alternativa o que somos una provincia de los Estados Unidos (ejem).
Por no hablar de la campaña de glamourización de la psicopatía o sociopatía (la diferencia sólo afecta a la causa, innata o aprendida, y no al efecto, esto es, a la conducta, que es la misma en ambos casos) practicada por series como Mad men, Succession, House of Cards, Dexter, Los Soprano, Breaking Bad, El juego del calamar, Mindhunter, Juego de Tronos, Better call Saul… Sin duda, nuestra natural atracción por la gente perversa (que podríamos explicar, en términos spinozianos, como una fascinación por aquellos que, libres de los límites de la empatía, la culpa o el miedo, nos parecen seductora o envidiablemente poderosos) es utilizada por la industria del entretenimiento para atraer nuestra atención. Véase al respecto, Por qué nos encantan los sociópatas, de Adam Kotsko. Pero hay más. El piscópata, que no tiene principios, sino sólo fines, y que, por lo tanto, lo convierte todo en un medio, esto es, en una mercancía, es la personalidad por excelencia del capitalismo desatado. No es extraño, pues, que, de forma más o menos consciente, sus productos culturales ensalcen y promuevan dicha figura.
¡Pero también hay series críticas! Sin duda, sólo que (y no olvidemos que, del mismo modo que antes hice de abogado del diablo, ahora estoy haciendo de fiscal de dios) el capitalismo ha sabido reciclar el anticapitalismo en mercancía. Bernat Garí Barceló llama “anticapitalismo estético” al doble movimiento mediante el cual el capitalismo monetariza y neutraliza, bajo la forma de series, cómics, videojuegos o libros, las críticas de las que es objeto. Según Garí Barceló, series como Black Mirror, Years and years o incluso El juego del calamar proporcionan al espectador “la comodidad de una distancia crítica, presumiblemente erudita y aparentemente sensible con las desigualdades estructurales, que viene a atemperar el malestar político, y a desactivar una acción real, a la vez que nos permite seguir consumiendo con total impunidad al final de cada jornada laboral.” A través de muchas de estas series, el propio capitalismo nos vendería su propia autocrítica, transformada, mediante un proceso de estetización o sublimación del malestar, en una fantasía consolatoria de nuestra falta de expectativas, y exculpatoria de nuestra propia pasividad. La Media Nelson ideal.
Digamos que, si José Antonio Maravall levantase la cabeza, no tardaría ni dos temporadas en reescribir La cultura del Barroco (1975) y Teatro y sociedad en la sociedad barroca (1972). Habría dicho, por ejemplo, que nuestros guionistas son, como lo fueron Lope de Vega o Calderón, unos “educadores del pueblo”: por su capacidad para “ejercer sobre la población una enérgica atracción” dirigida “a fijar su modo de reaccionar ante situaciones decisivas de su vida colectiva.” Habría dicho que todas nuestras series, como todas sus obras teatrales, no sólo pretendían distraer a un público “al que los pasquines y libelos trataban de soliviantar, sino también de robustecer la ideología colectiva y fortalecer el establecido sistema de distribución de los poderes sociales que debió considerarse amenazado”. Y habría dicho que el libro de estilo de Netflix o HBO constituye el Arte nuevo de hacer series en este tiempo. Como dicen los sabios parietales: “Emosido engañados”.
Pero tampoco se trata de echar al niño con el agua sucia del baño. La Eneida es propaganda, la Capilla Sixtina es propaganda, La vida es sueño es propaganda, El triunfo de la voluntad es propaganda, y prácticamente todas las obras culturales, en tanto que clasistas, racistas, machistas, colonialistas o whatever, son propaganda. Lo cual no significa que no puedan ser (ni que siempre sean) grandes obras. Porque del mismo modo que un buen verso pierde su escuela (Victor Hugo dixit), una buena obra pierde su ideología. Por otra parte, tampoco es que seamos tan tontos como para creernos todo lo que nos dicen (aunque, a veces, sí que somos tan malos como para que nos interese hacernos, como dicen los Evangelios, “los que no saben lo que hacen”), o que no seamos lo suficientemente listos como para aprovechar solo aquello que nos interesa.
En próximos episodios… Si me diese por envidiar a aquellos que vivieron la edad de oro del teatro griego, barroco o isabelino, con todos sus contorsionismos, contradicciones y mentiras, creo que me consolaría pensando que la gente del futuro me envidiará por haber vivido la edad de oro de las series, también con todos sus contorsionismos, contradicciones y mentiras. ¡Rabiad, nostálgicos del futuro, y mirad un poco a vuestro alrededor, no vaya a ser que os estéis perdiendo vuestra propia edad de oro envidiando las de los demás! Pero, ahora que lo pienso, qué rabia no poder conocer vuestras ficciones holográmicas o interactivas o virtuales o neuronales, o lo que sea… No, qué va, como dijo Thoreau en su lecho –o helecho– de muerte: “One world at a time”. “Un solo mundo a la vez.”
*Bernat Castany Prado es autor del ensayo de ‘Una filosofía de la risa’ de próxima publicación en Anagrama.