ENTREVISTA
Alejandro Narden, escritor y periodista: “Me gustaría poder escribir en mejores condiciones”
A veces, la vida se interpone entre la realidad y la ficción. Cuando Alejandro Narden habla, uno no sabe distinguir si está relatando un fragmento de su novela o un recuerdo nostálgico de su vida. Una vida hasta el momento corta pero tan intensa que le ha llevado a publicar su segundo libro, Todos los principios (Plasson & Bartleboom). Una novela en la que el autor nos da la mano para recorrer junto a él la memoria y el duelo en una historia de venganza que sucede entre Madrid y Túnez.
Alejandro Narden (Plasencia, 1987) es escritor, guionista y periodista. Se licenció en Filología Árabe por la Universidad de Salamanca y fue residente de la XI promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. A lo largo de su vida ha residido en ciudades como Rabat, Susa, Roma, Barcelona, Córdoba o Madrid. Su primer libro, Horizonte aquí (Algaida), fue galardonado con el 25º Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla.
La vocación periodística le llegó durante su estancia en Túnez, pero la literatura lleva acompañándolo toda la vida...
Nunca me imaginé ser periodista, nunca tuve siquiera la ilusión lejana de querer ser periodista. No soy de esas personas que tuvo una vocación, pero el estar allí (en Túnez), ir encontrándome historias, publicar en una revista de periodismo narrativo, me hizo ver la profesión como una salida lógica.
Yo no paraba de preguntarme cómo en un salto tan breve alguien de mi misma edad vive una realidad tan distinta
Pese a ello, siempre he sido muy consciente de que la literatura me gustaba, aunque muy difícilmente iba a ser un oficio; iba a necesitar algo aledaño. El periodismo me ha dado muchas herramientas para ser escritor. Encontré extremadamente liberador escribir historias que no tuvieran que soportarse en mi propia fantasía, como algo casi divertido en el hecho de poner la mirada en algo que de verdad estaba ahí. Es más fácil escribir una novela cuando tu vecino, por ejemplo, es un exsoldado de Gaddafi (risas). A veces es un alivio contar historias en las que, al contrario que en literatura, no tienes que poner tú todo el andamiaje.
¿Qué busca transmitir Alejandro Narden con su literatura?
Mi literatura es un homenaje a todo lo que he leído hasta convertirme en la persona que soy. Estamos un poco hechos a medias de lo que vivimos y a medias de lo que leemos.
Cuando estuve en Túnez conocí a un chico que acabó ahorrando dinero para comprarse un Kalashnikov, y yo no paraba de preguntarme cómo en un salto tan breve alguien de mi misma edad vive una realidad tan distinta.
En el caso de esta novela, quería construir un torrente de conciencia justificado de alguna manera y lo encontré a partir de ese narrador sesgado que me gusta mucho y que tanto he leído. Quería además que en ella cupieran esas otras realidades que están tan cerca, pero que nos son ajenas: el soldado de Gaddafi, atentados islamistas, una historia de amor absolutamente universal… Quería jugar a eso que para mí ha sido una máxima, pero también un reto que es aquello de que "un minuto puede durar cien páginas" y de una frase a otra puedes estar en distintos lugares geográficos y temporales porque la literatura te lo permite.
En el prefacio hace alusión a una cita de Walter Benjamin: “No nos comunicamos a través del lenguaje, sino en el lenguaje”. ¿Cuánta importancia tiene para usted el lenguaje y cómo lo utiliza para que todo su mundo quepa?
Si me preguntan de dónde soy, nunca sé qué responder, mi patria más verdadera es el lenguaje. Nunca quiero olvidar eso que me dejó muy marcado de Pepe Guirao: “la pintura es una puta mancha en una tela”, pues la literatura al final no es más que palabras puestas una detrás de otra.
Me reconozco dentro de una tradición literaria en la que la voz es algo fundamental. Quiero conseguir un tono propio. Cuando tenga diez libros, si en algún momento los tengo, me gustaría que se me pudiera reconocer desde mi propio lenguaje, desde mi propia voz.
¿Quiénes son esos escritores en los que usted se ve reflejado?
Me encanta la prosa de Ferlosio. Hay un autor actual al que venero y con el que me siento muy reflejado, incluso temáticamente como es Matías Enard. Hay una autora italiana, Melania G. Mazzucco, que me encanta. A Don DeLillo lo he leído de cabo a rabo. Javier Marías, Annie Ernaux, Annemarie Schwarzenbach… hay un montón de autores que para mí son casi reverenciales.
Últimamente mi autor favorito vivo es un italiano de 80 años que se llama Francesco Pecoraro y que con su primera novela, siendo ya sexagenario, La vida en tiempo de paz, me dio una envidia tremenda, sentí que eso me gustaría haberlo escrito.
Su novela comienza con un insulto hacia sí mismo: “Idiota, idiota, cien veces idiota”.
Yo creo que todos memorizamos principios magnos de la historia de la literatura, como en El hombre sin atributos de Robert Musil o en Historia de dos ciudades… Por el tipo de narrador que yo quería construir quería dejar muy claro que el primer sesgo de una historia es desde dónde empiezas a contar, pero el siguiente es quién cuenta y cómo cuenta.
Cuando leo y también cuando escribo es como realizar una exploración de todas las decisiones que no tomé
En el momento en el que imponías un narrador que lo primero que hace es insultarse a sí mismo y que al final de la página te advierte de que lo que vas a leer es una venganza. Joder, te deberían saltar las alarmas. Me parecía que marcaba muy bien el tono ya desde la primera frase de cómo iba a ser ese flujo de conciencia al que se iba a someter ese narrador.
La novela cuenta la historia de un chico que “persigue” a su exnovia hasta Túnez con la intención de recuperarla, aunque sabe que es imposible. ¿Cuánto de Alejandro Narden hay en el narrador? ¿Es una novela autorreferencial?
No, la tentación biografista está, pero no coinciden los años y tampoco coinciden los hechos. Casi todas las partes que son puramente reales son aquellas que me sirven para otro juego que me gusta mucho que es el de la verosimilitud a la que obliga un relato frente a las lógicas de la realidad. Cuando leo y también cuando escribo es como realizar una exploración de todas las decisiones que no tomé.
Y es verdad que me aprovecho de mi situación de ser testigo de un momento para retratarlo con cierta fidelidad, pero más allá de eso, si uno me busca en la historia, me tendría que buscar en todos los personajes y eso está muy lejos de una autoficción o algo parecido.
¿Cómo hace para que casen en su novela los conceptos de ‘memoria’, una ficción donde parece que todo cabe, y ‘frontera’, un lugar creado para limitar el paso?
Son dos obsesiones que me acompañan siempre. Sobre todo por lo más tangible, que son esas líneas arbitrarias que trazamos y que condicionan nuestro futuro desde una sinrazón absoluta. Vivimos muy cerca de una frontera en la que únicamente kilómetros de manga de mar separan una vida próspera de otras que ni siquiera pueden tener un marco de expectativas parecido al nuestro.
Sobre la memoria, cuando uno trata de recordar, simplifica algo que es un articulado muy complejo y al intentar recordarlo es como zambullirse en una piscina de la que luego ya no puedes salir. Braceas, braceas, braceas y nunca sabes del todo cómo vas a salir. Si vas a salir empapado, si vas a poder, si vas a tener que necesitar la escalerilla para subir o vas a tener que pedir a alguien que tire tu mano para subir el bordillo. Esa cosa de sumergirse en el recuerdo con el riesgo de la nostalgia me gustaba mucho y reconozco que es una tentación que a mí como autor me servía para construir mucho más aún a este narrador y esos viajes.
Hay una frase del escritor Ray Loriga que dice: “La memoria es como un perro estúpido, le tiras una piedra y te trae cualquier otra cosa”.
A veces malversamos recuerdos voluntariamente. Dentro de esa rememoración en la que el narrador intenta ser transparente en su deshonestidad, luego resulta que poco a poco lo que va trasluciendo es algo mucho más cercano a lo real.
Digamos que esta novela se sale un poco del canon, es un reto para el lector. ¿Cómo de difícil es publicar una novela como esta hoy día?
Nos pasa a todos, perdemos capacidad de atención, tenemos más dificultad para postergar la gratificación de cualquier cosa que hagamos y por tanto el grado de de esfuerzo casi gimnástico que requieren algunos libros nos parece insólito. Lola Larumbe recibió algo de cera porque en una entrevista reciente en El País dijo que hace 30 años se leían mayoritariamente realmente cosas más complejas. Y un poco de razón tiene.
La precariedad se apodera de aquellos oficios que tienen algo de identitario, vocacional, el mercado se aprovecha de ese entusiasmo
Si miras entre el año 1991 y 92 se publicaron en ese curso: Corazón tan blanco, Las pirañas de Sánchez-Ostíz o El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, son libros de una complejidad sintáctica y gramatical muy alta con un fraseo exigente. Hoy esto, incluso para gente que se dedica a oficios librescos, es incluso complicado de leer y en ese tiempo fueron enormemente populares, recibieron premios… Creo que en general la preeminencia del móvil y nuestras formas de consumo de cualquier tipo de contenido han cambiado, nuestra atención se ha visto reducida y esto también influye en lo literario.
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Tuvo que pedir vacaciones en su trabajo para sacar tiempo y terminar su novela. ¿Qué tendría que cambiar para que esto dejara de ser así?
Hay gente que hace una apuesta que yo no me he atrevido a hacer, que es dedicarle todo el tiempo a la literatura y luego ya sobrevivir como puedan. A lo mejor lo que me ha faltado es valentía. La precariedad se apodera de aquellos oficios que tienen algo de identitario, vocacional, el mercado se aprovecha de ese entusiasmo. Ya lo dejó clarísimo Remedios Zafra en El entusiasmo, un libro que no solamente no pierde vigencia, sino que cada día es más patente.
Además ocurre un fenómeno, no sé si más pujante que antes, pero al menos muy perentorio, que es que aquellos que se dedican a oficios culturales son aquellos que tienen unas condiciones de cuna que se lo permiten porque no les preocupa cómo van a pagar el alquiler o con qué van a comer. No sé realmente qué o cómo se podría cambiar esta situación. No sé. En Noruega simplemente por una especie de proteccionismo del idioma, a aquellos que publican novelas en noruego les dan una especie de manutención anual. Ese es el camino. Al final yo escribo porque es lo único que no he sido capaz de abandonar del todo, que no he sido capaz de dejar de hacer y me gustaría poder hacerlo en mejores condiciones.