La nueva derecha
Los neocon españoles monetizan la liturgia de los insultos contra Sánchez con el respaldo de Milei
En el escenario se suceden los ídolos de la batalla cultural contra la izquierda: economistas, empresarios, algún millonario. Bastantes voces dedicadas al mundo de la comunicación o de la agitación en redes. Todos símbolos, en mayor o menor medida, del ecosistema ultra. Todos teloneros de la estrella indiscutible, el presidente argentino, Javier Milei, que por segundo año consecutivo ha cruzado el Atlántico a costa de sus compatriotas para cerrar el Madrid Economic Forum de este año (MEF26).
Todo sucede en el Palacio de Vistalegre de Madrid, el foro donde antes reinaron Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero o Pablo Iglesias y que hoy es el patio de juegos de la ultraderecha emocional, económica o política que ya manda en la mayoría de las comunidades autónomas y que se moviliza y se prepara para, en el plazo máximo de un año, volver al poder en España.
De la motosierra verbal de Milei los periodistas solo podemos ser testigos, porque está prohibido grabar. Desde que entra hasta que se va. Los organizadores exigen el control total de las imágenes: la estética, el encuadre, el montaje. Libran una batalla contra la papada presidencial que se dirime en términos de censura, pero también de iluminación, para que ningún contraluz comprometa su cuello o su mandíbula.
“Esto es el futuro. Hay que estar”, resume uno de los asistentes durante el descanso para comer, ataviado con americana oscura, jersey verde lima, camisa rosa, pantalones negros ajustados y deportivas blancas. No es el único que piensa así. A su lado, una chica vestida con una blazer, un vestido azul claro y zapatos de tacón, asiente. “Nos mienten todo el rato. Da gusto escuchar a quienes dicen la verdad”, confiesa otro participante, algo entrado en la treintena, con chaleco de plumas azul y pantalones claros.
“Una inversión”
Para describir el evento en sí, varios asistentes recurren a la misma palabra: “Espectacular”. Y a la hora de justificar el desembolso, los argumentos se vuelven pragmáticos. “Vale la pena la entrada. Mejor en esto que en copas“, apunta un joven con traje y camisa blanca desabotonada, desenfadadamente informal, mientras otro, con un look casi clónico, lo eleva a categoría económica: “Lo considero una inversión”.
En los eventos de la nueva derecha cultural española no hay gráficos de PIB o de la tasa de paro. El público que acude no busca eso. Va a otra cosa: a sentir que no está solo, que lo que piensa tiene nombre y argumento, que existe una comunidad dispuesta a decir en voz alta lo que —según el relato que estos foros cultivan con esmero— "en otros sitios te prohíben decir".
El MEF26 tiene una estructura de precios que habla de una comunidad muy desigual (49 euros / 299 Gold / 2.500 VIP con cena), pero eso no parece importar a la mayoría de los asistentes, convertidos en figurantes de un espectáculo mayor. El mercado estratifica y quien más paga, más accede. Lo organizan dos empresas andorranas especializadas en asesoramiento fiscal y consultoría digital, lo que añade una capa de coherencia —o de ironía— al discurso antiimpuestos que predican.
El verdadero producto del Madrid Economic Forum, el que justifica los 49 euros de la entrada estándar y los 2.500 de la VIP, no es la realidad. Es la pertenencia. Es la validación. Es la sensación de que uno forma parte de una minoría lúcida que ha visto lo que la mayoría todavía no quiere ver.
Estas reuniones evidencian la evolución más fascinante —y más inquietante— de cómo una parte de la derecha radical debate hoy la economía en España: menos hojas de cálculo y más épica política. Menos análisis y más liturgia.
El villano
Y, como se trata de épica, hay que invocar una y otra vez al villano. Y en el MEF26, como en cualquier lugar dominado por la derecha, desde una asociación de vecinos en un barrio rico hasta una discoteca pija, el villano es Pedro Sánchez. No el Sánchez de las estadísticas discutibles o las decisiones cuestionables de política económica —ese podría ser objeto de debate racional—, sino el Sánchez mitológico: el responsable de todo, el arquitecto de la decadencia, el enemigo a batir.
En este marco narrativo, la subida de la gasolina es culpa de Sánchez. Los aranceles de Trump son culpa de Sánchez. La pérdida de valores, la quiebra moral, la invasión migratoria, el adoctrinamiento en las aulas, la corrupción institucional: todo converge en una figura que hace tiempo dejó de ser un presidente con aciertos y errores para convertirse en un símbolo del mal que hay que derrotar. No derrocar en las urnas —eso también, pero es demasiado prosaico—, sino derrotar en la batalla simbólica, cultural, cotidiana.
Cuando el enemigo es una persona concreta y reconocible, la movilización emocional resulta infinitamente más eficaz que cuando el enemigo es un sistema abstracto o una tendencia estructural. El economista Juan Ramón Rallo, una de las estrellas del evento, puede explicar con sofisticación técnica por qué la intervención del Estado distorsiona los mercados, pero lo que enciende a la sala no es la curva de Laffer: es la mención de Sánchez. El aplauso más caluroso no lo recibe el argumento más sólido, sino el insulto más certero.
Este sábado en Vistalegre hubo para casi todos. Para Yolanda Díaz, para Óscar Puente (al que el agitador profesional Vito Quiles llamó “Oscargután” mientras se quejaba entre risas de ser víctima del odio), y sobre todo para Sarah Santaolalla, acusada entre risas y aplausos por casi todos de inventarse una agresión. Y cuyo caso utilizó el columnista de Abc Juan Soto Ivars como contraargumento para denunciar la existencia de denuncias falsas de mujeres contra hombres.
Rituales
Los organizadores del MEF26 —y sus equivalentes en El Despertar, celebrado en el mismo recinto dos meses antes— saben que los eventos políticos más eficaces no son conferencias. Son rituales. Y un ritual tiene estructura: una apertura que crea expectativa, un desarrollo que construye tensión, un clímax (Milei) que libera energía y un cierre que consolida comunidad.
El MEF no es ajeno a esta lógica. La sucesión de ponentes está diseñada para generar un crescendo emocional. Los momentos de análisis frío alternan con los de indignación compartida. El networking, que tiene lugar en espacios aledaños, no es solo intercambio de tarjetas: es reconocimiento mutuo entre miembros de una tribu que se sabe en minoría y se declara perseguida, pero se autopercibe como vanguardia.
En ese contexto ritual, el insulto cumple una función precisa. El grito de "¡Pedro Sánchez! ¡Hijo de puta!" —que en estos ambientes ha dejado de ser una excepción escandalosa para convertirse en un grito casi festivo— no es solo una expresión de odio. Es un rito de paso, una contraseña, una declaración de pertenencia. Quien lo grita no está simplemente insultando a un político: está afirmando su identidad, declarando en qué bando está, demostrando que no tiene miedo a decir lo que "el sistema" supuestamente censura.
Uno de los pilares más sólidos de este ecosistema es precisamente esa narrativa. Sus participantes se perciben —y son activamente invitados a percibirse— como portadores de una verdad incómoda que "los medios mainstream", "la izquierda cultural" y "el Gobierno de Sánchez" se empeñan en silenciar.
Un silenciamiento que no existe
Lo de menos es que los ponentes del MEF26 tengan presencia regular en los grandes medios nacionales. Rallo escribe en El Mundo y aparece en televisión con frecuencia. Lacalle es comentarista habitual en medios de gran audiencia. Soto Ivars trabaja en Abc. Jano García acumula cientos de miles de seguidores en plataformas de acceso libre. Vito Quiles es uno de los agitadores digitales con mayor visibilidad del espectro ultra. Si esto es silenciamiento, habría que preguntarse qué es exactamente tener un altavoz en España.
Pero la percepción de marginalidad tiene un valor funcional que la realidad no puede desactivar fácilmente. Sentirse perseguido, cohesiona. Sentirse censurado, moviliza. El agravio, real o construido, es el combustible más eficiente de la política identitaria. Y el MEF, como todos los eventos de este ecosistema, lo administra con pericia.
Sobre la tarima, pocas ideas originales. Los oradores se llaman a sí mismos libertarios, pero su pensamiento no va mucho más allá del ultraliberalismo radical que deriva de la Escuela de Chicago con escala en la de Austria: la fe ciega en el mercado desregulado, la hostilidad al Estado del bienestar y la convicción de que la desigualdad es un resultado natural —y hasta deseable— de la libre competencia. La austeridad y la desregulación como dogmas. Nada especialmente revolucionario.
El espejo del pasado
Se presentan como insurrectos que desafían el orden establecido, pero lo que defienden desde el escenario es, en esencia, lo mismo que movía a los robber barons —los magnates del ferrocarril, el acero y el petróleo— en el capitalismo salvaje de la América de finales del siglo XIX: acumulación sin límites, Estado mínimo y trabajadores sin protección. Aquel modelo generó una desigualdad tan extrema que abonó directamente el terreno para los grandes movimientos obreros y las revoluciones sociales de comienzos del siglo XX. La historia, aparentemente, no figura entre las asignaturas de los organizadores del foro.
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Al final del día, cuando los asistentes abandonan el Palacio de Vistalegre con sus bolsas de patrocinador, sus selfis con los ponentes y su nivel de adrenalina todavía elevado, los datos del paro siguen siendo los que son. Y la inflación sigue obedeciendo a dinámicas que ningún foro de Carabanchel puede controlar. Tampoco se han producido cambios en la situación de los jóvenes que pagaron 49 euros y que seguirán enfrentando las mismas dificultades de acceso a la vivienda, al empleo estable y a un futuro reconocible cuando salgan por la puerta.
En un foro para convencidos no cambia la narrativa, pero sí la intensidad de las convicciones y de la emoción que las guía. En lugar de apuntar hacia las estructuras que producen desigualdad —muchas de las cuales el MEF defiende activamente—, la rabia se canaliza hacia una persona, hacia un Gobierno, hacia un enemigo manejable y reconocible.
Eso es, en definitiva, lo que los organizadores venden. No un análisis. No una solución. Una historia con protagonista, antagonista y final abierto para que cada asistente se sienta protagonista de su propia batalla. A 49 euros la entrada. Con suplemento VIP para poder cenar con los héroes.