Vales tu peso en oro, pero no peses tanto

Un recuerdo repetido. Afueras de la ciudad. Una empresa celebra una barbacoa en el jardín de una casa. Ha llegado ese calor de junio que aprieta de golpe el grito de las chicharras a mediodía. De las veinte personas que han ido a comer, la mitad son hombres y la mitad son mujeres. Se terminan los postres y pasadas las copas de después, los hombres se tiran a la piscina, han traído bañador. Las mujeres, no. Ellas se acercan a su borde, meten las piernas hasta las rodillas, arremangan sus camisas, mojan sus nucas abrasadas, se pasan la crema solar. ¿No os bañáis?, les dice uno de ellos. Por supuesto que no. Todas estas mujeres no quieren ser vistas en traje de baño. Porque están blancas, porque tienen pelo, porque la regla. La mayoría piensan que su cuerpo no se ajusta a la foto: creen que están gordas. Que se ha echado encima el verano y no han conseguido adelgazar uno, dos, cinco, diez, veinte kilos. Las fotos de la fiesta correrán por el grupo de WhatsApp y mostrarán a los hombres mojados, agarrados por los hombros, sus cuerpos fríos, sonriendo, y a ellas adornando el borde del agua

Pasando calor. 

Toda la vida a dieta. Quien no ha pronunciado esta frase desconoce el esfuerzo crónico e imposible por ajustar un metabolismo a los cánones de belleza cambiantes que caen sobre la mujer. Y, sin embargo, la respuesta es casi unánime: así no cabes. En el canon, en la ropa, en un ideal, en la foto. No siempre es glotonería, no es siempre dejadez, no es siempre voluntario, no es algo merecido, no siempre tiene consecuencias sobre la salud. Y otra cosa: si tu tendencia es que te engorde hasta el aire que respiras, adelgazar cuesta –además de una voluntad de hierro para conseguirlo que no siempre se tiene afinada porque la vida– dinero.

Desconoce el esfuerzo crónico e imposible por ajustar un metabolismo a los cánones de belleza cambiantes que caen sobre la mujer

Lo rozamos con la punta de los dedos. Lo llamaron body positive, pero tenía algo que chirriaba. Pretendía visibilizar todo tipo de cuerpos, pero siempre poniendo la belleza, lo que se aproximaba al canon normativo a pesar del peso, en el centro. Si eras gorda y fea, no eras curvy. Puedes tener unos muslos grandes, pero que en la cara no se te noten. Las curvys, si es que lo eran, fueron todas unas mujeres preciosas, de melenas largas y brillantes y rasgos de muñeca. Pero, de un tiempo a hoy, la delgadez ha vuelto con las inyecciones milagro y, con ella, toda una batería de cuidados estéticos enfocados en la mujer, amplificados por las redes sociales y el consumo desatado de productos. No conozco a ningún hombre que tenga una rutina facial o capilar consistente en pasos incontables antes de dormir. Los que yo conozco, se duermen, se despiertan y andan. 

Quienes hemos tenido toda la vida que pelear con el peso, desde que se nos negaron las papillas de cereales siendo bebés, sabemos la deformación en la autoestima que produce cualquier comentario acerca de nuestro físico no ajustado a ese canon. Palabras que nunca se olvidan: aquella amiga de mi abuela que me dijo que con lo guapa que era, debería estar más flaca, yo solo tenía siete años; aquella profesora de quinto en el colegio que quiso explicarme que nunca tendría la talla ideal poniéndome al lado de una compañera en educación física, y dio igual que yo fuera mejor que ella en cualquier deporte, eso no era importante; ese familiar que te quiere, pero que no pierde ocasión de decirte en un restaurante delante de todos que no comas más pan y, si lo haces, hola, culpa. Si te vas a embarazar, adelgaza; si te vas a casar, adelgaza; que viene el verano, adelgaza; que te van a hacer fotos, mete tripa, ponte de lado, vístete de negro, lo que sea para arañar un milímetro a la vista del otro. Cuánta resistencia y seguridad hay que tener para seguir sintiéndote alguien deseable, alguien que camina feliz por su vida, con toda esa desaprobación constante encima. Ya se lo digo yo: mucha. 

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