DESDE LA CASA ROJA

Mejor persona

Camino por el centro de la Ciudad de México. Cae el sol del último día de abril sobre la serpiente retorcida del Templo Mayor de Tenochtitlan, sobre la catedral que se hunde, sobre mi propia piel blanca de invierno que no está acostumbrada todavía al rayo de verano. Me acuerdo de otros paseos. Era una cría de veintidós años cuando vine la primera vez. Cuántas veces se puede volver a un país que no es el tuyo.

Me refugio del calor en una librería de viejo de la calle Donceles, detrás del zócalo volcánico. En esa calle, hay varios comercios donde compran y venden libros antiguos. Puedes echar el día entero buscando. La cantidad de ejemplares abruma. En algunos recovecos de la librería, las estanterías tienen cinco metros. Pienso en todos esos títulos, autores, páginas que ha vuelto el tiempo amarillas. Cuánto le costó a cada uno escribirlos, cuánto desvelo, cuánto pensamiento, en qué momento de la Historia clavaron la pluma sobre el papel. 

Me detengo en una mesa. Un cartel lo indica: “Baratos. A veinte pesos”. No llegan a un euro. Saco libros de los montones. Cojo uno y suelto otro. No puedo cargar la maleta con esto. Me llevo Las moradas, de Santa Teresa, por 20 pesos, un libro editado en Madrid en 1910. Una preciosidad impresa con tipos móviles que apenas pesa nada. 

Quién recuerda los ríos que se escribieron sobre si leer nos hacía mejores o peores personas hace solo unos meses

Encuentro después un pequeño libro amarillo en la pila de baratos. Es Crónica del alba, de Ramón J. Sender. Veo que es una primera edición, aquí, en México, en 1942. Editorial Nuevo Mundo. Ese año, Sender trasladó su residencia a Estados Unidos, donde permanecería exiliado hasta su muerte. Esta novela se publicó en España más de veinte años después, sorteando la censura, Sender había sido combatiente del ejército republicano.

Los libros. Las polémicas suben y bajan como la espuma de las orillas. Quién recuerda los ríos que se escribieron sobre si leer nos hacía mejores o peores personas hace solo unos meses. Los libros pueden sujetar ideas terribles también. Y pueden ser leídos por quienes propagan el mal. Pero qué sabría yo de México sin los libros que me lo contaron, qué entendería del exilio sin la poesía de los que se marcharon forzados y cómo me ayuda a entender a los que se desplazan ahora. Buenas personas las hay que leen y que no, pero si puedes hacerlo, por qué desperdiciar la oportunidad de entender otras vidas distintas, de no sentirte solo, de masticar la belleza de las palabras. De sujetar ese objeto que se abre y no solo cuenta la historia que está escrita sino la que lo ha traído hasta tu mano.

Leer no nos hace mejores, pero frente a esta enorme cantidad de libros de este laberinto de Ciudad de México, asumo mi posición: no somos nada en esta historia infinita. Los que leemos y los que no, los que escribimos y los que no. Leer nos sujeta en este mundo difícil, nos cuestiona, nos lleva al lugar del otro y hasta nos refugia en un día de calor infernal. Leer es un acto de egoísmo que desemboca, misteriosamente, en la empatía. 

Más sobre este tema
stats