Ya tengo epitafio para Feijóo. Y te sorprenderá
Feijóo llega a la política en 1991. O, mejor dicho, a la práctica de lo que la derecha española entiende por política: ponerle corbata al BOE, llamarlo gestión y esperar a que nadie pregunte a dónde va el dinero de los españoles.
Atrás quedan sus años en la escuela de Os Peares, donde ya situaba a Huelva en el Mediterráneo, quizá porque para él los mapas siempre han sido como los programas electorales: algo meramente orientativo. Atrás queda el internado privado de los Maristas de León, donde conoció el sonido heartland de Bruce “Sprinter”; y atrás quedó también el año que no se pasó en la mili gracias, dicen las malas lenguas, a un justificante médico fabricado para la ocasión porque lo libró del servicio armado a la Patria. ¿Firmado tal vez por alguien cercano a su mentor opusino Romay Beccaría? Nunca lo sabremos. Un justificante, por cierto, que debería estar guardado en el Archivo General Militar de Guadalajara y al que solo tienen acceso él y su familia directa. Le invito desde estas páginas a que lo publique para dejarme por mentiroso.
El caso es que “Míster Brifin” no hizo la mili, pero hizo algo más rentable: dejó que la Patria le hiciera servicios a él. También quedan atrás los cinco años de Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela. Se licenció en 1984, pero no olvidemos que Alberto “Anotop” es el genio que dijo que la luz del sol dilata las pupilas.
Dije que Feijóo llega a la política antes que el AVE a Sevilla porque ese año fue cuando Fraga le nombra secretario general técnico de la Consejería de Agricultura en la Xunta y posteriormente de la de Sanidad por indicación de Romay Beccaría. Y, a partir de ahí, a chupar de la teta del Estado como un campeón y a asistir, desde sus diferentes cargos en las Administraciones y el Partido Popular, a todos los contubernios y delitos de los gobiernos de José María Aznar y de M. Rajoy. Pese a que él y su sayón Tellado “el Converso” repitan estos días hasta la arcada que “ese PP del que se habla mal no era el de ellos”. Claro. Ellos pasaban por allí. Como esos curas que están cerca del cadáver, pero solo para dar consuelo.
Feijóo dice que ha renovado el PP, pero esa renovación ha consistido en cambiarle el ambientador al coche fúnebre que es su partido
Porque, claro, cuando entre 1996 y 1998 Aznar impulsa la Ley del Suelo —origen del pelotazo inmobiliario— y se privatizan grandes empresas estatales como Endesa, Repsol o Telefónica —que, fíjate tú, cayó en manos de Villalonga, amigo de la infancia del Cid con labio leporino, e investigado judicialmente por el escándalo de las stock options—, Feijóo solo era presidente del INSALUD. Una figura menor.
Porque, claro, cuando en el año 2000 se hunde el Prestige, provocando una de las mayores catástrofes ecológicas de España y del mundo, Feijóo era solo presidente de Correos y amigo del narco Marcial Dorado. Dicho de otro modo, un “pobre” dirigente integrado en la estructura de poder del PP con derecho a paseos en yate para fardar. (Fardar de coger y soltar fardos, se entiende).
Feijóo no veía narcotráfico, veía emprendimiento logístico en los márgenes de la ley. Igual que no veía Huelva en el Atlántico. En ambos casos, no era un problema moral, era cartográfico.
Porque, claro, cuando en 2003 se produce el accidente del YAK 42, el avión en mal estado que voló con malas condiciones climatológicas se estrelló y se produjeron inadmisibles confusiones en la identificación de los cuerpos de los militares fallecidos o, ese mismo año, cuando se produce la entrada de España en la guerra ilegal de Irak con aquel personaje grotesco de grotesco bigote que hablaba en mejicano, Feijóo solo era consejero de Política Territorial, Obras Públicas y Vivienda en la Xunta. Casi nada.
Porque, claro, cuando en 2004 se producen los atentados del 11M y Aznar y sus ministros mienten miserablemente a los españoles adjudicando la autoría a ETA por la casete de la Orquesta Mondragón que apareció en una furgoneta, Feijóo había dejado de ser consejero para ser solo un simple vicepresidente primero de la Xunta con voz y voto en la estructura nacional del Partido Popular. ¿Y qué hizo? Lo que mejor se le da además de vivir en casas ilegales: mirar hacia otro lado con la precisión de un búho sedado.
Porque, claro, cuando en 2009 estalla el caso Gürtel y, en 2013, el caso Kitchen con la caja B, el espionaje a Bárcenas, el intento de secuestro a su familia y la destrucción de pruebas que implicaban a un tal M. Rajoy en la trama corrupta, Feijóo solo era presidente del PP de Galicia y presidente de la Xunta. Un mindundi que apagaba incendios con náuticos y manguera de jardín.
Pero ahora viene lo mejor. Si escarbamos un poco más en la Kitchen, comprobamos que hasta 20 directivos de aquella etapa siguen con Alberto Tres Sueldos Feijóo. Entre ellos Cuca Gamarra, Javier Arenas, Esteban González Pons, Dolors Montserrat, Carmen Navarro, José Antonio Morago, la fan de Nacho Cano María del Mar Blanco, Pío García-Escudero o Martínez Maíllo, entre otros.
Feijóo dice que ha renovado el PP, pero esa renovación ha consistido en cambiarle el ambientador al coche fúnebre que es su partido. Están los de siempre, solo que ahora peinan canas y lucen bótox.
Porque, claro, cuando en 2020 la pandemia asoló España, a pesar de haber sido vicepresidente y vicesecretario general del Servicio Gallego de Salud, secretario general de Asistencia Sanitaria del Ministerio de Sanidad, presidente del INSALUD y máximo responsable de la sanidad gallega en ese momento, Feijóo no solo no arrimó el hombro, sino que puso palos en las ruedas al Gobierno.
Porque, cuando en Valencia morían 229 personas sepultadas bajo el lodo y el presidente Mazón —a prisión— comía en El Ventorro con una amiga, Feijóo solo era presidente del PP, informado "en tiempo real" por el que fuera cantante melódico y, más tarde, guardaespaldas político de Mazón cuando la gestión negligente y criminal de este convirtió al barranco del Poyo en una fosa común.
Feijóo quiere hacerse pasar por el hombre que siempre está lo suficientemente lejos de los marrones para no dar la cara, pero sí lo suficientemente cerca de la caja para cobrar. Con esa cara de funcionario miope y alelado que surte efecto porque oculta su cobardía y transmite moderación.
Feijóo es un ectoplasma con nóminas. Un muerto político que algún día –lejano espero– morirá (como todos) físicamente. Y el epitafio grabado en su lápida servirá, además, de biografía: “Yo no sabía nada”.
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Alfredo Díaz es socio de infoLibre.