La promesa a los muertos libaneses causados por Israel de darles entierro definitivo en su tierra

Las familias se recogen ante las tumbas de sus seres queridos, asesinados por ataques israelíes y enterrados temporalmente en los suburbios del sur de Beirut (Líbano), lejos de su pueblo de origen, el 31 de marzo de 2026.

Gwenaelle Lenoir (Mediapart)

Choueifat, Beirut y Tiro (Líbano) —

Una excavadora amarilla allana la tierra aún húmeda por las lluvias primaverales. A pocos metros de allí, unos montículos de varios metros de altura dejan entrever los residuos. A lo lejos se ven los edificios destrozados por los bombardeos aéreos, durante esta guerra o la anterior, la de 2024, conocida como la de los “sesenta y seis días”, que muestran sus desgarros.

La ciudad de Choueifat, cerca de Beirut, habitada por drusos y chiitas, forma parte de la vasta periferia sur de la capital libanesa, la Dahieh. Hezbolá tiene allí una fuerte presencia y Choueifat es sistemáticamente atacada por la aviación israelí.

A los pies de un vertedero ilegal se encuentra el pequeño cementerio del Imam Sadiq, completamente nuevo. El antiguo, ya sin espacio, se encuentra más arriba, a pocos metros. El nuevo está dividido en dos partes. Por un lado, unas cuantas losas de mármol apretujadas, coronadas por fotos en marcos y, a veces, por adornos. Este último lugar ofrece un ambiente cálido, casi acogedor, y uno piensa que los difuntos deben, al fin y al cabo, sentirse allí como en casa.

El otro, a dos pasos del primero, presenta una sobriedad militar. Las lápidas, estrechas y todas idénticas, dispuestas sobre la capa de cemento guardando la misma distancia, solo llevan el nombre del difunto y la fecha de su fallecimiento. Delante de algunas se ven ramos de flores o una foto.

En casi todas ondea la bandera amarilla con el puño levantado blandiendo un AK-47 verde, el emblema de Hezbolá. Mujeres vestidas completamente de negro, con el rostro cubierto por un velo estricto y el cuerpo envuelto en una abaya, sentadas en grupos en el suelo, conversan junto a sus padres, hermanos o maridos, enterrados allí.

Un rito muy practicado por los chiitas

Una pila de ataúdes, simples cajas de madera sin acolchado ni adornos, indica que quienes están enterrados allí no están destinados a permanecer allí para siempre. Esa morada no es la última. En esta parte del cementerio tienen lugar lo que en árabe se denomina los entierros en wadiaa, que significa literalmente “depósito”.

Los restos mortales están allí, por lo tanto, de forma provisional. El verdadero entierro, el definitivo, tendrá lugar más tarde, cuando las circunstancias lo permitan. Es decir, cuando se pueda acceder al pueblo de origen del difunto.

Esta práctica está muy arraigada en el islam. Un musulmán debe ser enterrado lo antes posible para que el cuerpo no se descomponga antes de reunirse con la tierra. Si no es posible llegar a su última morada a tiempo, se autoriza el entierro provisional. El difunto es entonces, contrariamente a la tradición, depositado en un ataúd de madera y enterrado así, para permitir el transporte de los restos mortales cuando llegue el momento.

Este tipo de entierro es, en circunstancias normales, bastante infrecuente. En tiempos de guerra, en cambio, suele ser practicado por los chiitas para todos los difuntos exiliados, personas mayores o enfermas fallecidas lejos de sus hogares, civiles víctimas de accidentes o ataques, y combatientes.

Los chiitas, en su mayoría originarios del sur del Líbano y de la llanura de la Bekaa, al este del país, y muy apegados a su tierra, suelen expresar el deseo de ser enterrados en su pueblo de origen, en ocasiones frente a la casa familiar.

Dos cementerios abiertos en Tiro

“La gente teme que, si son enterrados lejos de casa, su tumba no sea cuidada, o incluso que sea abandonada o destruida, o que se construya encima”, explica Saada Allaw, escritora y periodista del medio independiente Legal Agenda, que ha trabajado mucho sobre el tema. “Incluso alguien que no vive allí se desplaza al pueblo de origen de su familia, visita a sus seres queridos, y allí posee terrenos y árboles. El apego a esta tierra es muy profundo”.

Pero las guerras obligan a los chiitas del sur y, en menor medida, de la Bekaa a éxodos forzosos. La mayoría de los desplazados son de confesión chiita. Los cristianos y sus pueblos suelen quedar a salvo del ejército israelí, ya que el Estado hebreo los considera aliados potenciales y juega con las divisiones confesionales, que están a flor de piel.

Los lugares destinados a los entierros en wadiaa pueden encontrarse en cualquier lugar donde haya chiitas desplazados. En Tiro, por ejemplo, se han habilitado al menos dos lugares. También en ciudades drusas, en terrenos privados o cedidos por los ayuntamientos, a menudo en lugares que ya han servido para este fin.

Con cada alto el fuego, los restos enterrados en wadiaa son repatriados hacia el sur o a la Bekaa y enterrados según las normas. Así ocurrió tras el fin de la ocupación israelí del sur del país, en 2000, y posteriormente tras los conflictos de 2006 y 2024.

“El ataúd, cerrado y enterrado provisionalmente, se transporta al pueblo donde debe ser enterrado el difunto, y allí se vuelve a enterrar. Nunca se abre, porque no exponemos los restos de los muertos”, explica Abou Hadi, miembro de la sección de medios de comunicación de Hezbolá, enviado al cementerio del Imam Sadiq para ser nuestro interlocutor.

Este rito conlleva una promesa: volveremos a nuestros pueblos, ya que es allí y en ningún otro lugar donde enterraremos a nuestros muertos de verdad

Saada Allaw, periodista y escritora

El cementerio de Choueifat está, en efecto, bajo el control de Hezbolá, como lo atestiguan las banderas y los hombres que allí ofician. Todas las personas enterradas aquí en wadiaa son “mártires”, combatientes caídos en el campo de batalla o civiles asesinados durante los ataques.

Es, por tanto, Hezbolá quien proporciona el gran toldo que protege a los familiares de los difuntos de la lluvia, del sol y de la mirada de los drones durante la breve ceremonia previa al entierro. También pone a disposición el equipo de sonido para la oración y el homenaje, las fotos de los fallecidos, todas elaboradas con el mismo diseño, la comida para la familia durante los tres días de luto y, según Abou Hadi, 200 dólares mensuales a las familias de quienes han muerto por el partido.

“Este cementerio provisional se abrió en 2024 y luego se cerró cuando las familias pudieron recuperar a sus muertos y enterrarlos en su pueblo”, añade Abou Hadi. “En aquel momento acogió hasta 500 mártires. Lo volvimos a poner en servicio a principios de marzo y, hasta hoy, hemos recibido ya a 200 mártires.”

El duelo imposible

El 29 de marzo fueron enterrados, en medio de una multitud y bajo una lluvia torrencial, los periodistas Ali Choeib, corresponsal de guerra del canal Al-Manar, perteneciente a Hezbolá, Fátima Ftouni y su hermano Mohammad Ftouni, periodista y cámara, respectivamente, de Al-Mayadeen, medio de comunicación cercano a Irán.

Los tres habían sido asesinados el día anterior por un ataque israelí a su vehículo cerca de Jezzine, fuera de la “zona roja” de los combates. Israel acusó a Ali Choeib, muy famoso en el Líbano, de ser miembro de la unidad de inteligencia de la rama militar de Hezbolá, sin aportar pruebas.

Los tres eran originarios de pueblos del sur del país cercanos a la frontera, actualmente inaccesibles. En sus entierros en wadiaa se vivieron manifestaciones de dolor y activismo, acompañadas de gritos de “¡Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel!”, algo poco habitual en tiempos normales.

En días normales, los entierros se suceden a un ritmo de uno por hora, asegura el portavoz de Hezbolá, al que de vez en cuando se acercan ayudantes para mostrarle un cuaderno de notas de color beige. “Aquí está toda la información sobre los mártires que serán enterrados aquí en wadiaa: su nombre, su edad, el lugar donde murieron, su pueblo de origen, la identidad de sus familiares y su residencia actual. Hacemos todo lo posible para que sean enterrados lo más cerca posible de los familiares desplazados, para que estos puedan asistir a la ceremonia y luego venir a visitar a su mártir”, añade.

Otro cuaderno, azul y de gran tamaño, conservará la misma información, de forma ordenada, una vez realizado el entierro en wadiaa. Hay que mantener el recuerdo lo más preciso posible para permitir el entierro definitivo.

Este rito suspende, de hecho, el proceso de duelo, que no puede comenzar ya que el entierro no es definitivo

Silva Ali Ballout, psicoterapeuta

El entierro provisional, muestra del apego a la tierra, es en sí mismo un acto de “resistencia”, de la negativa de los chiitas del sur del país a contemplar que su región pueda pasar definitivamente bajo el control de Israel. “Es una forma de resiliencia para los habitantes del Sur”, asegura Saada Allaw. “Este rito encierra una promesa: volveremos a nuestros pueblos, ya que es allí y en ningún otro lugar donde enterraremos a nuestros muertos para siempre”.

Este significado casi político cobró gran relevancia durante la guerra de 2024. Porque estos entierros provisionales, numerosos pero imposibles de cuantificar, se hicieron visibles gracias a las redes sociales, que aún estaban en sus inicios durante el conflicto de 2006. Y sobre todo porque el secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, que murió en un bombardeo israelí masivo el 27 de septiembre de 2024 en Haret Hreik, un barrio de Dahieh, fue enterrado en wadiaa antes de su entierro definitivo tras la firma del alto el fuego. Tal fue también el destino de su presunto sucesor, Hachem Safieddine, asesinado menos de un mes después.

El martes 31 de marzo tiene lugar el entierro de los restos de un combatiente muerto en el frente. La familia Aboud —muchas mujeres, algunos niños, pocos hombres— rodea el ataúd de madera. En medio de las palabras de consuelo del jeque, difundidas a todo volumen por los altavoces, se oyen gritos y llantos. Por mucho que el “mártir” es calificado de “bienaventurado” en la narrativa de Hezbolá, el dolor abruma a los escasos asistentes.

La ceremonia no debe prolongarse: “Al cabo de unos veinte minutos, pido a la gente que se marche”, dice Abou Hadi. “Es una zona de guerra, peligrosa.” Con una sonrisa, este hombre afable de unos cincuenta años, vestido con vaqueros, camisa y chaqueta, y con una barba corta y bien cuidada, señala al cielo. El ruido constante de un dron es exasperante y los aviones militares siguen sobrevolando la zona.

Este ambiente de peligro dificulta el duelo, sobre todo porque los familiares también se ven desplazados. Y el rito del entierro en wadiaa refuerza esa sensación de vulnerabilidad. “De hecho, suspende el proceso de duelo, que no puede comenzar, ya que el entierro no es definitivo. El marco social que acompaña a un entierro no existe en este caso”, explica Silva Ali Ballout, psicoterapeuta y profesora de la Universidad Libanesa. “También suscita un sentimiento de culpa, por no haber podido cumplir la última voluntad del difunto de ser enterrado en su casa, en su tierra.”

Las consecuencias no son solo individuales, prosigue la psicóloga, sino también colectivas: “Dado que las regiones chiitas son las que están en el punto de mira de la muerte, el entierro en wadiaa se convierte en un rasgo de la identidad chiita, una especificidad que aleja a la comunidad de la nación y refuerza a la vez el sentimiento de aislamiento y de persecución.” Y, paradójicamente, el de ofrecer mártires gloriosos al país.

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Este rito, promesa de un regreso a su tierra, puede entonces avivar las tensiones entre comunidades. Así es como los muertos entran en la política y los ritos funerarios son el reflejo de las heridas de un país.

 

Traducción de Miguel López

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