Después de España, Alemania: Trump vuelve a golpear la cohesión de la OTAN

El canciller alemán, Friedrich Merz, durante un ejercicio de las Fuerzas Armadas alemanas.

Fabien Escalona (Mediapart)

Cuando la relación de fuerzas está desequilibrada, es comprensible sentir la tentación de doblegarse ante la grosería y la intimidación. Pero, a largo plazo, esa estrategia rara vez sale bien. Eso es precisamente lo que acaba de experimentar amargamente el canciller alemán.

Hace apenas dos meses, el 3 de marzo, Friedrich Merz fue recibido en la Casa Blanca por Donald Trump. El cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos acababa de desencadenar una nueva guerra contra Irán, ahora convertida en un atolladero militar, económico y humanitario. Merz no solo no se distanció de esta aventura contraria al derecho internacional, sino que se mostró impasible cuando Trump, frustrado porque las fuerzas estadounidenses ya no podían utilizar sus bases en Europa para este conflicto, arremetió con críticas contra sus homólogos español y británico.

Al presidente Pedro Sánchez, calificado de aliado “deplorable” ante las cámaras, no le gustó nada esa falta de solidaridad por parte del canciller. Desde entonces, la ira de Washington hacia Madrid no ha remitido. A finales de abril, se filtró oportunamente un correo electrónico interno del Departamento de Defensa estadounidense, en el que se planteaba abiertamente la posibilidad de “suspender” a España de la OTAN (algo que no tiene base jurídica). Ironías de la historia, esa ira acabó dirigiéndose sobre todo contra el propio Merz, al anunciar represalias mucho más concretas contra su país.

El detonante fue una breve frase pronunciada por el canciller el pasado lunes ante unos estudiantes de secundaria en Renania del Norte-Westfalia. “Toda una nación está siendo humillada por los dirigentes iraníes, en particular por esa supuesta Guardia Revolucionaria”, afirmó refiriéndose a Estados Unidos, del que lamentó que se hubiera embarcado en un conflicto “claramente sin ninguna estrategia”. Unas declaraciones que reflejan un cambio de postura, condicionado por las reacciones dentro de su propia coalición y por el coste económico que la guerra en Oriente Medio supone para Alemania y para el conjunto de Europa.

Una decisión punitiva y descoordinada

“No sabe de lo que habla”, replicó rápidamente Donald Trump en su red social Truth Social. Posteriormente, el Pentágono anunció, el viernes 1 de mayo, la retirada de 5.000 soldados estadounidenses actualmente desplegados en Alemania. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, este país es el que alberga, en Europa, el mayor número de efectivos del ejército americano (36.000 de los 86.000 repartidos por todo el continente). Aunque los detalles aún son imprecisos, el traslado podría llevar entre seis y 12 meses.

El asunto ocupó las portadas de la prensa alemana durante todo el fin de semana. Los responsables de la coalición gubernamental intentaron claramente minimizar la gravedad de la decisión estadounidense. Boris Pistorius, el ministro socialdemócrata de Defensa, explicó que tal retirada de tropas “era previsible”. En la misma línea se expresó Friedrich Merz, quien declaró el domingo por la noche, durante una entrevista en la cadena pública ARD, que no “renunciaba a trabajar en favor de las relaciones transatlánticas [ni] a colaborar con Donald Trump”.

Esto le dice mucho a Putin sobre la cohesión de esta alianza

Gesine Weber, investigadora

Sin embargo, el problema no se limita a la retirada de 5.000 militares en sí misma. Esa reducción no impediría que Alemania siguiera siendo el segundo país del mundo, después de Japón, con más tropas estadounidenses desplegadas en su territorio. Además, supondría simplemente volver anterior a 2022 y a la invasión a gran escala de Ucrania, en un contexto en el que desde hace tiempo se insta a los europeos a implicarse más en su propia defensa. Pero lo que resulta mucho más preocupante es el carácter descoordinado y punitivo de la decisión.

“Desde un punto de vista estrictamente militar, no es significativo”, confirma la investigadora Gesine Weber, del think tank Center for Security Studies de Zúrich (Suiza). “Pero el efecto psicológico es grave, ya que este episodio demuestra que la OTAN no soporta las críticas entre aliados y que los desacuerdos políticos provocan respuestas directamente relacionadas con la seguridad, al menos por parte de su miembro más poderoso. Esto le dice mucho a Putin sobre la cohesión de esta alianza”.

No se trata de la única represalia en el ámbito militar anunciada a finales de semana. Al parecer, el Pentágono estaría revocando una decisión, tomada bajo el mandato de Joe Biden, de desplegar en Alemania un batallón encargado de manejar misiles de crucero Tomahawk y misiles hipersónicos Dark Eagle. Se trata de misiles de largo alcance, capaces de causar a Rusia daños similares a los que esta podría intentar infligir a sus vecinos europeos en caso de escalada.

“El hecho de que […] este vacío en materia de disuasión convencional no se haya subsanado es un verdadero problema”, opina Nico Lange, ex alto cargo del Ministerio de Defensa alemán, citado por el Wall Street Journal. “Tenemos nuestras propias tropas, pero nadie en Europa cuenta aún con esa capacidad específica”. “Una vez más”, añade Gesine Weber, “esto es una señal para Rusia de que la voluntad de Estados Unidos de defender a los europeos y participar en la disuasión es limitada, en cualquier caso más que con Biden”.

Además, Trump ha amenazado con aranceles adicionales a los coches fabricados en Europa, lo que afectaría principalmente a la industria alemana, especialmente la del poderoso sector del automóvil. La relación con las palabras de Merz es menos clara que en el caso de las represalias en materia de seguridad, pero la lógica de presión y chantaje, propia del "padrino Trump", es la misma.

Una arriesgada “apuesta” transatlántica

Debido al desequilibrio comercial entre Estados Unidos y Alemania, a favor de esta última, la administración Trump siempre se ha mostrado severa con este país europeo. Pero el episodio actual marca un claro deterioro de las relaciones e ilustra hasta qué punto tiene sus límites la estrategia “conciliadora” de Merz.

De hecho, sabemos lo complaciente que se mostró el canciller, incluso con anterioridad a este año, ante la escalada militarista de Washington y Tel Aviv en Oriente Medio. En junio de 2025, durante la anterior oleada de bombardeos contra Irán, elogió así el “trabajo sucio” realizado por el Estado hebreo en nombre del bando occidental. Incluso se atrevió a decir, durante el secuestro del presidente venezolano por parte de Estados Unidos en enero de este año, que “la evaluación jurídica de la intervención estadounidense [era] compleja”.

Alemania apenas ha iniciado preparativos en caso de una parálisis de la OTAN o de su evolución hacia un marco coercitivo

Al elevar su gasto militar, Alemania aparece además como uno de los mejores alumnos de la OTAN, después de que Trump arrancara a sus miembros el compromiso de dedicar el 3,5% de su riqueza nacional a este fin de aquí a 2035. Por otra parte, llama la atención que la estrategia militar de Berlín, presentada a finales de abril por Pistorius, esté concebida íntegramente en el marco de una Alianza Atlántica que no ha cambiado de naturaleza, y en la que el Ejército alemán es el pilar de unos planes de defensa concebidos desde una visión estadounidense.

“Es una apuesta”, advierte preocupada Gesine Weber, “que presupone contar con un socio estadounidense realmente dispuesto a apoyar la defensa del continente. Pero lo que vemos es más bien una serie de indicios de una retirada caótica, problemática por su imprevisibilidad, ya que no ofrece ninguna visibilidad a los dirigentes europeos sobre su calendario ni su dirección”.

La dependencia de Alemania respecto de Estados Unidos en materia de seguridad, economía e incluso cultura es muy profunda, lo que contribuye a explicar, junto con el temor a un abandono total de Ucrania por parte de la Administración Trump, las contorsiones a las que se ha visto sometido el Ejecutivo alemán. Pero los beneficios obtenidos no son, a estas alturas, muy convincentes. “Ni un Merz obsequioso ni una simpatizante como Giorgia Meloni han logrado orientar de forma duradera los bandazo de Trump en favor de la UE”, señaló el exdiplomático austriaco Klemens Fischer al Tagesspiegel.

Berlín apenas ha iniciado preparativos ante una posible parálisis de la OTAN orquestada por Washington, o ante su evolución hacia un marco cada vez más coercitivo bajo la égida de una potencia estadounidense desinhibida, como han dejado entrever las pretensiones de anexión de Groenlandia. Y, en cualquier caso, no lo ha hecho de manera coordinada con los demás Estados miembros de la Unión Europeani ha contribuido a tranquilizarlos sobre las modalidades de su rearme nacional.

El director de la revista Internationale Politik Quarterly, Henning Hoff, resumió el problema de la política exterior alemana, tanto con Merz como con su predecesor Olaf Scholz: ambos cancilleres han proclamado rupturas históricas al tiempo que deseaban mantener prácticamente intacto ese famoso vínculo transatlántico. “En la mente de los responsables alemanes de la política exterior”, escribe, “el orden [internacional] actual se asemeja al gato de Schrödinger: muerto y vivo al mismo tiempo. Eso crea un gigantesco agujero negro donde debe encontrarse la estrategia alemana.”

Para darse cuenta de hasta qué punto la defensa del continente se encuentra en una encrucijada, el mejor barómetro quizá no sea Madrid —donde Sánchez se apoya en una antigua desconfianza popular hacia las grandes potencias y las guerras imperialistas— sino Varsovia.

Los liberales que gobiernan Polonia no están, sin duda, tan alineados con Washington y la extrema derecha trumpista como sus rivales nacional-conservadores que le precedieron. Se preocupan sobre todo por tener varias cartas en la manga para la defensa del país. En una nación que se adhirió a la OTAN en 1999 y que también está muy vinculada a Estados Unidos en materia de seguridad, las recientes declaraciones del primer ministro Donald Tusk no son baladíes.

El 24 de abril, Tusk confesó al Financial Times que “la cuestión más importante para Europa [era] saber si Estados Unidos [estaba] dispuesto a demostrar tanta lealtad como prevén [los] tratados [de la OTAN]”. El sábado, tras el anuncio de la retirada de los 5.000 soldados estadounidenses, declaró en X: “La mayor amenaza para la comunidad transatlántica no proviene de sus enemigos externos, sino de la continua desintegración de nuestra alianza”.

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Traducción de Miguel López

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