Engendrar un lenguaje

Luis Bagué Quílez

Las ganas de comer Oreo – David Refoyo

La Bella Varsovia. Barcelona. 2026

No cabe duda de que la experiencia de paternidad se ha convertido en un motivo recurrente para los poetas del siglo XXI. Si hasta hace poco contábamos con una nutrida batería de testimonios de la maternidad en femenino —con la sonada excepción de Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, con el que se foguearon sucesivas generaciones de cantautores—, la mirada masculina parecía más esquiva a la hora de afrontar esa parcela de la intimidad doméstica. No obstante, algunos de los lanzamientos más destacados del pasado año (como El gran amor, de Andrés García Cerdán, y La domesticación, de Abraham Gragera) bregaban con las labores derivadas de la crianza a través una actitud que mezclaba el deslumbramiento metafísico con el desconcierto ante una rutina refractaria a cualquier norma.

Tras experimentar con distintos formatos textuales, desde el rabioso eslogan publicitario a la koiné de las (ya no tan) flamantes tecnologías, David Refoyo entregó en El fondo del cubo (2020) un libro en el que ya predominaba un registro más reflexivo y vivencial, pero que no había perdido por el camino su mordiente expresivo. Esas características reaparecen en Las ganas de comer Oreo, cuyo título remite, al igual que el poema homónimo, a lo que comúnmente conocemos como antojo. No obstante, en esa misma composición se sella la alianza entre los vínculos afectivos y el lenguaje: «Luego te pusimos nombre: / te engendramos».

A partir de este momento, Refoyo desempolvará metáforas singulares —la crianza como una feria a la intemperie, la paternidad como castillo de arena, la cuna como casa— que nos hablan de la ternura y de los temores ante la llegada de una nueva vida dispuesta a poner bocabajo viejos horarios y costumbres ancestrales. Aunque el poemario se divide formalmente en dos partes («La vida corta» y «Los días largos»), más un prólogo sin título, se aprecia una continuidad temática en ambas secciones. De hecho, la crónica del crecimiento de la niña se corresponde con una progresiva introspección autobiográfica en la figura del padre, que nos hace partícipes de dudas privadas y miedos universales. Esa doble focalización implica que el sujeto-autor se erija en el protagonista de algunos pasajes, mientras que en otros se resigne felizmente a ejercer de personaje secundario. Esta perspectiva, que muestra los matices de un aprendizaje recíproco, se refleja en la versatilidad estilística de un libro en el que coexisten piezas de extensión variable, poemas en prosa cercanos al desarrollo silogístico, brevísimas anotaciones aforísticas («No puedes bañarte dos veces / en el mismo fonema») y estampas cargadas de intensidad lírica («La hija, el libro, el árbol. / Pensar en la sequía / y la devastación»).

Contra el pecado original

Contra el pecado original

El descubrimiento cosmovisionario de su “paternidad responsable” le permite a Refoyo contrastar las viñetas que se conjugan en presente con la evocación fragmentaria de secuencias pretéritas que ilustran diferentes modelos familiares y dispares criterios pedagógicos: “Un grito. Una zapatilla voladora. / El olor azul del guiso porque siempre la olla”. Junto con esa dislocación temporal, el autor acude con frecuencia a los clichés de la mitología (el hilo de Ariadna, el cuerpo mutante de Tiresias, la condena de Sísifo o la travesía de Ulises) como correlato histórico-cultural de una vivencia acaso menos épica, pero no de menor impacto emotivo. Al lado de dichos referentes, hallamos diversos apuntes que conectan con la sociedad infoxicada en la que vive inmerso el adulto: “y guardo tres likes en el saquito de nada / que llevo en el bolsillo donde guardo también / unas manos temblorosas y ansia / y un amor”; “no corrí a Twitter a compartir tu hazaña”. En este sentido, la colisión entre expectativas y realidad se plasma en uno de los textos más juguetones del volumen, donde el designio teórico de una enseñanza inclusiva se ve saboteado por la evidencia empírica: “Vestías de rosa porque te gustaba / el rosa. El rosa que tanto había odiado. / El color de las niñas, el de los pijos. // Y ahora yo también visto el rosa / y juego con muñecas con vida propia”. Con un tono menos jovial, la víspera de la noche de Reyes, con su aleación de misterio e incertidumbre, pone de manifiesto que “la magia y la mentira / no vienen del mismo sitio”.

Pero un padre, salvo que se demuestre lo contrario, también es un ciudadano del mundo. Por eso, la segunda mitad del libro se abre en ocasiones hacia preocupaciones colectivas, como las guerras y las crisis migratorias (“Hace años que no encendemos la tele / como si así las bombas callaran / y el Mediterráneo fuese puente, / pero es tumba”), o las consecuencias de una pandemia a la que se alude eufemísticamente (“Lo llamamos vacaciones porque cuarentena / suena a sanatorio, a lepra, a siglo XX”). Más allá de la corteza anecdótica de estos versos, Las ganas de comer Oreo se revela como una lectura capaz de aunar una conmovedora levedad y una hondura insospechada. He aquí, en suma, a un autor en plena posesión de sus facultades estéticas que no vacila en rematar su periplo vital y su peripecia verbal reescribiendo al mismísimo Claudio Rodríguez: “Siempre el amor se funda en el lenguaje”.

* Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario.

Luis Bagué Quílez

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