¿Cómo pudo un campesino propiciar el final del Imperio Ruso? Antony Beevor busca la respuesta en 'Rasputín'
Grigori Rasputín (1869-1916) fue un campesino siberiano de encanto hipnótico y mirada ardiente, con poderes supuestamente telepáticos, que, aunque nunca ocupó un cargo oficial en la corte, ejerció una influencia decisiva sobre los Románov y protagonizó episodios de corrupción política y financiera, así como numerosos escándalos sexuales, aparentemente no muy propios de una persona de su naturaleza mística.
Un mito viviente, en definitiva, cuya sola presencia provocaba estupor en el San Petersburgo autocrático del zar Nicolás II a principios del siglo XX. También de la zarina Alejandra, que cayó bajo la influencia de este controvertido personaje de manera definitiva desde el momento en el que consiguió cortar una hemorragia de su hijo y heredero de la Rusia imperial, Alekséi Nikoláyevich Románov, que padecía hemofilia y supuestamente mejoró sorprendentemente mediante técnicas de hipnosis.
Este fue el punto de inflexión a partir del cual Rasputín comenzó a tener una influencia desmesurada en una corte a la que había llegado meses antes presentándose como un religioso que en realidad no era. "Los Románov le llamaban padre Grigori", recuerda a infoLibre el historiador inglés Antony Beevor (Kensington, Londres, 1946), que acaba de publicar Rasputín y la caída de los Románov (Crítica, 2026), una investigación sin precedentes que incluye los diarios secretos de la corte y archivos de la policía zarista.
A través de informes, entrevistas e interrogatorios inéditos, Beevor revela la verdad tras la leyenda de Rasputín: las motivaciones de su oportunismo político, su profunda hipocresía y la lujuria desenfrenada. Entre un thriller político y un misterio gótico, esta biografía revela una historia fascinante de perversión humana y caída de imperios.
El autor nos sumerge así en una Rusia al borde del abismo y traza no solo el retrato de un hombre magnético y destructivo, sino la crónica definitiva de la degradación moral de los Románov y, en consecuencia, el "derrumbe" de un imperio con dos siglos de antigüedad. Un momento histórico que tuvo una influencia decisiva en el devenir de todo un siglo XX que, efectivamente, no habría discurrido igual sin la aparición de Rasputín en la línea temporal.
"En cierto modo, es una contradicción de la teoría de los grandes hombres de la historia, porque él no tenía una posición oficial ni ningún movimiento masivo detrás de él y, sin embargo, tenía una gran influencia", destaca Beevor, antes de recalcar: "Nunca hemos visto otro ejemplo comparable en la Historia, en el que un campesino normal y corriente, de a pie, haya tenido tal influencia sobre un líder y, por tanto, en todo un régimen".
Es una contradicción de la teoría de los grandes hombres de la historia, porque él no tenía una posición oficial ni ningún movimiento masivo detrás de él y, sin embargo, tenía una gran influencia
Concede el historiador que puede resultar "paradójico", pero haber trabajado tanto en la Segunda Guerra Mundial —sus obras más aplaudidas mundialmente son Stalingrado (1998) y Berlín. La caída: 1945 (2002)— le ha ido provocando una "fascinación" cada vez mayor hacia la figura de Rasputín y "los orígenes del patrón del conflicto del siglo XX".
Y argumenta: "En mi libro previo, Rusia: revolución y guerra civil, 1917-1921, me quedó claro que estaban completamente en lo cierto los historiadores que habían dicho que la Primera Guerra Mundial fue la catástrofe original. Sin embargo, fallaron a la hora de observar la manera en que la Revolución y la Guerra Civil rusas crearon el patrón de conflicto para todo el siglo XX".
Esto fue debido, en su opinión, a que "el salvajismo, la destrucción y la crueldad fueron tan terribles que afectaron a toda Europa". "Y, desde luego, fue un factor determinante en la Guerra Civil española con Largo Caballero hablando del ‘Lenin español’ y la eliminación de toda la burguesía, así como en la extrema derecha y todo este círculo vicioso de retórica", prosigue.
Sin Rasputín no hubiera habido Lenin
Estas reflexiones llevaron al historiador a echar la vista más atrás, a los orígenes de todo lo que terminaría ocurriendo a lo largo del siglo, y al líder del Gobierno provisional ruso de 1917, Aleksandr Kérenski, quien dijo que sin Rasputín no hubiera habido Lenin: "De muchas maneras, esta es una de las importantes cuestiones contrafactuales de toda la era. Porque, sin Rasputín, realmente no hubiera habido Lenin. Y cuanto más lo estudiaba, más me parecía que Rasputín, por encima de cualquier otro individuo de la Historia, había influido o contribuido a la caída de la dinastía de los Romanov".
¿Cómo pudo un campesino prácticamente analfabeto desencadenar el fin de la Rusia imperial y, por extensión, propiciar la revolución bolchevique y los siguientes acontecimientos históricos? En plena Primera Guerra Mundial, la cercanía de Rasputín con la familia real rusa generó tal erosión de la confianza que, cuando estallaron disturbios en San Petersburgo en febrero de 1917 por la escasez de alimentos y el desempleo masivo, nadie en la élite del país estaba dispuesto a mover un dedo para salvar a los Romanov.
Por si fuera poco, al mismo tiempo cobraron fuerza los rumores de que Rasputín se estaba acostando con la zarina Alejandra. "Unas fake news que fueron suficientes para dar una impresión de debilidad del zar como un cornudo", recalca Beevor, para quien este es "uno de los motivos por los que, en febrero de 1917, solo dos meses después del asesinato de Rasputín —porque fue, efectivamente, asesinado—, ninguno de los que apoyaban al zar, o los oficiales del régimen de la Guardia Imperial, desenvainaron sus espadas" cuando estalló la revolución.
"Porque no era tanto una revolución como un derrumbe completo del régimen", apostilla el historiador, para quien se derrumbó "por la idea de que el zar no tenía ningún tipo de control sobre su propia familia", lo cual, en última instancia, "no era cierto". "En esa sociedad tan masculina, esas debilidades eran lo peor que podía pasar", apostilla.
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Sobre la persistencia del mito de Rasputín más de un siglo después de su asesinato, asegura el autor que en Rusia no gusta la forma en que ha sido "retratado en las películas de Occidente, que resaltan el alcohol, los bailes, las fiestas y, sobre todo, las mujeres". "Los rusos, de manera natural, se ponen a la defensiva ante eso y enfatizan la parte espiritual y de ese campesino que de alguna manera era un puente del pueblo con el monarca", apunta.
Mirando desde el presente a lo sucedido entonces, asegura el historiador que hay que "pasar la mayoría del tiempo luchando en contra de las ideas que plantean que existen paralelismos entre el pasado y lo que está sucediendo hoy", sobre todo en lo referente a la Segunda Guerra Mundial, porque "la mayoría de ellas suelen ser superficiales y pueden llevar a errores". "Eso es algo que los líderes se sienten obligados a hacer para sonar grandes, como Roosevelt o Churchill, y también a menudo los medios de comunicación para enfatizar una crisis", señala.
Así las cosas, aunque reconoce que en Rusia hay "descontento", la idea de que vaya a "existir algún tipo de revuelta contra Putin es una locura". También hay que recordar, a su juicio, que en Rusia "existe un gran miedo, que es como una memoria muscular del pueblo desde los tiempos turbulentos” de la dinastía Románov y la guerra civil: "Incluso cuando murió Stalin. ¿Por qué lloraba todo el mundo? No era solo porque amaran a Stalin, sino porque estaban aterrorizados de que fuera a haber revueltas, levantamientos u otra guerra".