Valerio Rocco: “El Círculo tiene que pasar de ser el lugar donde ocurre todo a ser donde ocurren cosas chulas”

Valerio Rocco.

Hay muy pocos gestores sin miedo. Gestores al frente de instituciones culturales que no señalan a quien ejerce el poder como si gestionara un cortijo, que callan cuando la financiación pública se reduce por motivos difíciles de entender o que no cuestionan la falta de salud democrática del sistema. Gestores al frente de instituciones de titularidad pública más leales a la Administración que los eligió para el cargo que a la ciudadanía para la que trabajan. Gestores que lideran instituciones privadas o fundaciones que exhiben un perfil bajo como garantía de un apoyo institucional o empresarial en futuros proyectos. Gestores, la mayoría, que temen que esas condiciones de posibilidad que permiten su proyecto cambien en el futuro si abandonan la discreción, la corrección, la mansedumbre. 

El caso de Valerio Rocco Lozano (Roma, 1984), director del Círculo de Bellas Artes de Madrid (CBA) desde 2019, constituye una rareza, casi una excepción: señala al poder, cuestiona sus prácticas y estructuras, y se compromete con la vida pública desde un lugar político, sereno y reflexivo. No es poco. Acaba de celebrar el centenario del imponente edificio de Antonio Palacios, sede de una institución que en estos casi siete años de mandato ha convertido en refugio, plaza pública y lugar para el debate en torno a las ideas. Los tres, pilares de un proyecto que defiende y celebra, por encima de todo, la apertura: “Estamos diciendo a la gente que el Círculo como institución se abre completamente a la ciudadanía para ser, ante todo, un espacio de condición de posibilidad, un espacio que genere condiciones para que ocurran los debates, para que exista la diferencia, el disenso argumentado, tantas cosas que no existen fuera de aquí. Esta es una celebración con la ciudadanía de esa apertura que creo que refleja un nuevo espíritu en los últimos años bastante palpable”.   

En esta conversación con infoLibre, en plena resaca emocional tras la gran fiesta del centenario, Valerio Rocco avanza un horizonte de decrecimiento para el Círculo de Bellas Artes motivado por la necesidad de sostenibilidad y el drástico recorte de la financiación de la Comunidad de Madrid, que califica de “batalla personal” por parte del consejero de Cultura, Mariano de Paco. Habla también de su propio horizonte profesional, del miedo de la clase política y de un sistema institucional al servicio de las luchas partidistas y no del bien común. 

¿Qué ha celebrado estos días, en un plano más personal, después de casi siete años al frente del Círculo de Bellas Artes? 

He celebrado la creación del equipo. Alguna vez me han preguntado cuál será mi legado cuando me vaya de aquí y creo que si algo he hecho bien ha sido la generación de un equipo extraordinario que ahora mismo no sólo es excelente desde el punto de vista de las competencias o del entusiasmo, sino también por la manera de estar en la institución. El clima de trabajo que hay es difícilmente mejorable a pesar de la tensión, de las muchísimas cosas que hacemos y de lo saturados que están los equipos. Después de la fiesta del centenario, los miembros de la plantilla nos fuimos a una sala de la quinta planta a celebrar, a bailar, a compartir… y eso habría sido impensable hace unos años. Cuando llegué aquí, muchas personas se sentaban a comer solas, había muchísimas divisiones, distancias, envidias. Yo venía de la universidad, que también es un ámbito problemático, con muchos individualismos y malos rollos, pero aun así, la universidad me parecía más horizontal y más amable que lo que me encontré aquí. Y esto ha cambiado en poquísimos años de manera radical.  

Como gestor cultural, ¿qué es lo más importante que ha aprendido en este tiempo?

He aprendido todo. Ahora hay personas que me consideran un grandísimo gestor y cuando nos reunimos los directores de instituciones culturales, yo siento y agradezco muchísimo, y lo digo sin falsa modestia, que muchos me vean como un referente. Pero esas personas son exactamente las mismas que hace siete años tenían un enorme escepticismo sobre mi preparación, mis capacidades y no entendían por qué un profesor universitario y filósofo había sido nombrado director del Círculo. Lo que me ha hecho ver esta etapa es que con humildad, apoyándose mucho en los equipos, aprendiendo de otras instituciones y trabajando en red con ellas, cualquier persona con buena cabeza y buenas ideas puede gestionar una institución cultural. La gestión cultural es importante, pero por más que se sepan técnicas de econometría o de gestión de lugares públicos, si no se conoce el espacio en el que se está programando, la tradición de la que se proviene y cómo intervenir en ella para transformarla, no tiene sentido ser un gestor cultural. Yo era una persona razonablemente culta e interesada por la cultura y creo que las habilidades filosóficas, de argumentación y de negociación me ayudaron, pero vamos, sigo aprendiendo cada día.

Hablaba antes sobre ese legado que dejará cuando se vaya. ¿Qué hay en su horizonte ahora mismo?

Mi horizonte ahora mismo es el decrecimiento. Es un horizonte antiambicioso por obligación, por prescripción institucional. Es decir, yo soy un entusiasta por naturaleza, soy un apasionado. Todo aquello en lo que me he implicado en mi vida lo he hecho con una pasión desmedida. Mira, el otro día una de mis manos derechas me dijo: “Valerio, tu entusiasmo nos va a matar”. Necesitamos decrecer, necesitamos pensar mejor lo que hacemos, hacer menos cosas y prescindir de algunas, incluso a nivel presupuestario. Y, aunque parezca paradójico, creo que para la sostenibilidad de la institución, del proyecto y para la calidad de vida de sus trabajadores necesitamos decrecer. El Círculo tiene que pasar de ser el lugar donde ocurre todo a ser el lugar donde ocurren las cosas chulas. Y eso son menos cosas. 

¿Y en su propio horizonte profesional? 

Sigo en excedencia y cuando me vaya de aquí, si todo va bien, volveré a la universidad. El plazo para el que fui elegido en el primer mandato fue de dos años porque estaba a mitad de una junta directiva, luego fui renovado por cuatro más y ahora por otros cuatro. Voy a estar hasta finales de 2029. En teoría eso no tiene un límite y mi antecesor, Juan Barja, estuvo 16 años y en la historia de los directores del Círculo ninguno ha sido cesado: o bien se iban a otro lugar o se jubilaban. En mi caso, no me veo aquí, evidentemente, durante 35 años. Pero también es verdad que, por ahora, sigo con fuerza, entusiasmo y voluntad de cambiar, no tanto de hacer cosas nuevas, sino de corregir, matizar, mejorar y pulir lo que estamos haciendo. Eso me hace tener muchísimas ganas de seguir. Por otro lado, también creo que es muy bueno que haya renovación en las direcciones. Cuando eso cambie, creo que será evidente para todos, pero no sé cuál podría ser la siguiente etapa. La universidad y la filosofía son mi vocación y para lo que me he formado, pero te mentiría si te dijera que no me gustaría conocer otros espacios de gestión cultural y poder dirigir otros lugares, a lo mejor una experiencia internacional. Y para ser muy franco, hay personas a las que valoro y quiero mucho que me han dicho: “Valerio, el sector de la gestión cultural que tú no conoces bien es tremendo y cuando te vayas de aquí nadie te va a llamar, por muy bien que lo hagas tú no perteneces a este mundo”. En cambio, otras personas me han dicho todo lo contrario: “Todo el mundo te va a llamar porque todos te queremos”. No sé qué ocurrirá, francamente, el tiempo lo dirá. Cuando alguien lea esta entrevista dentro de diez años, dirá: "mira, en efecto nadie le quería".

¿En ese horizonte podría estar el Ministerio de Cultura?

No, no. Yo amo mucho la gestión y la concibo al servicio del bien común. Teóricamente, la política sería mi lugar en un mundo perfecto pero creo que hoy en día las instituciones y las personas que las habitan y las dirigen al más alto nivel, me refiero a los ministerios o a las comunidades autónomas, no están ni al servicio de la gestión y de la resolución de los problemas ni al servicio del bien público. Están al servicio de dinámicas partidistas y de una confrontación política en la que el fin último es la supervivencia de los cargos orgánicos de los partidos, que son los que verdaderamente mandan. Yo no he pertenecido nunca a ningún partido político ni lo voy a hacer y además creo que no soportaría una disciplina de partido que no me permitiera un pensamiento libre y coherente con mis ideas. Creo que en otro momento de la vida política española yo habría podido tener un cargo de responsabilidad si alguien hubiera pensado que valía para ello, pero hoy sería incompatible con mi manera de entender mi vida y la gestión, y me da muchísima pena.

¿No tiene esperanza en el cambio de las estructuras y el sistema?

No, por el sistema de partidos en España, por el sistema rígido, vertical y absolutamente cercenador del talento y de la independencia de voces dentro de los partidos políticos. Y por eso, aunque considero que en el Gobierno hay muy buenos ministros, igual que considero que hay ministros mejorables y lo mismo ocurre en muchas de las estructuras públicas que conozco, sinceramente creo que no valdría para ello. Pero sí me gustaría vivir en un mundo en el que yo pudiera ser ministro porque creo que lo haría bien. 

Sin embargo, el CBA está trabajando desde hace tiempo en repolitizar la vida pública y la ciudadanía, en nutrir una masa crítica que está muy debilitada con el objetivo, creo, de poder modificar esas estructuras.

Estamos trabajando en repolitizar desde otro lugar la vida pública, eso sin duda. Estamos trabajando para dar voz, por ejemplo, a las personas que tienen algo importante que decir, fuera de los partidos o de las estructuras más tradicionales, sobre la vida en común. Eso lo estamos haciendo, pero creo que hasta que no se cambie el funcionamiento de los partidos no hay esperanza para la vida política institucional española. Creo que el primer gobierno de Pedro Sánchez fue un momento de enorme esperanza porque había personas enormemente competentes en sus disciplinas y, al mismo tiempo, muy comprometidas desde el punto de vista político y con la suficiente independencia como para ejercer contrapesos dentro del Gobierno y diálogos que fueran fructíferos para la vida política española. Pero creo que ese momento pasó y no veo mejoras en el horizonte. No estoy hablando del Ministerio de Cultura, hablo en general de la vida política española.

En un escenario de ficción, ¿qué medidas tomaría al frente del Ministerio de Cultura? 

Tomaría muchas, pero no las he pensado de manera sistemática. Las he pensado cuando me he encontrado con deficiencias. Haría cosas en relación a la internacionalización de la cultura española, que ahora mismo está absolutamente fragmentada, repartida entre el Ministerio de Exteriores y el Ministerio de Cultura con diferentes agencias, parcheada. Eso es un problema enorme en general, pero en particular para un país como España porque hay unas posibilidades de proyección, pero también de consecución de recursos fundamentales. Y luego está la imbricación de la cultura española con la cultura europea, algo que me parece crucial hoy en el panorama geopolítico. También promovería mucho la unión de las disciplinas de la cultura y su Ministerio con otras áreas. Yo vengo de la universidad y es increíble la desconexión que hay entre los ministerios de Educación, de Universidades, de Ciencia y de Cultura, pero también el de Transición Ecológica o el de Transición Digital. Deberían tener muchísimas cosas en común. Sin embargo, también hay ejemplos virtuosos y uno que me parece encomiable es lo que se está haciendo ahora en el ámbito de la salud mental. Desde hace dos años existe un Comisionado de Salud Mental (en el Ministerio de Sanidad) dirigido por una mujer extraordinaria, Belén González Callado, que está tendiendo muchos puentes con el Ministerio de Cultura para establecer estrategias conjuntas de promoción de la salud mental. Este es un ejemplo muy virtuoso que yo intentaría replicar con todos los demás.

¿Qué le pasa a un sistema que no es capaz de garantizar la independencia de las instituciones culturales, sometidas siempre al vaivén de los cambios de gobierno y a la posibilidad de injerencia política?

Creo que hay un principio antropológico de base que explica esto, que es el miedo. Los políticos viven con miedo. Viven con miedo a la llamada del que les puede cesar. Y todo lo que hacen y lo que no hacen está supeditado a la no recepción de esa llamada. ¿Por qué se da eso? Una vez más, por el verticalismo y el cesarismo de nuestras estructuras políticas y de partido, que restan independencia, autonomía y libertad de maniobra a los máximos responsables de las consejerías o de los ministerios o de los departamentos en los ayuntamientos. Lo que no quiere el político son problemas, lo que no quiere son escándalos, lo que no quiere es que periodistas valientes o incómodas como puedes ser tú destapen algo que pueda poner a un periódico afín en contra, a parte de la opinión pública en contra. Creo que el ansia de control en realidad viene del miedo y de la inseguridad...

… A perder un sillón en un despacho

El problema es ese: personas que, en gran medida, tienen en la política su razón de ser y cuya aspiración desde pequeñitas ha sido ser ministros o llegar a esos lugares. Eso no se quiere poner en riesgo por nada del mundo y cualquier mínimo problema lo puede poner en riesgo, vistas estas lógicas de control y de absoluta arbitrariedad en el nombramiento y en la separación de las personas. Esto es algo que en España nos parece muy normal y que en Italia quiere ser implantado por Meloni, pero que un primer ministro o un presidente de comunidad autónoma pueda libremente, sin ningún tipo de explicación, nombrar y cesar a los miembros de su gobierno, en Italia es visto como algo antidemocrático porque tiene que ser el presidente de la República el que, con todas las garantías, acepte o no acepte las sugerencias del primer ministro. Aquí no. Hoy eres ministro, mañana no lo eres. Ayer no eras ministro y no tenías ni idea de que lo ibas a ser porque probablemente el que te iba a nombrar ni siquiera lo había pensado, recibes una llamada de teléfono y en ese momento lo tienes que decidir. Esto es absurdo. Habría que concurrir a las elecciones con la cartera de personas que te van a acompañar, con los equipos, como ocurre en las elecciones a rector en las universidades, donde los rectores van acompañados de las personas que van a desempeñar los distintos cargos. Con muchísima mayor razón, habría que concurrir a las elecciones ya con un equipo de ministros nombrados, que fueran copartícipes y corresponsables de la agenda de gobierno. Si eso no es así, los ministros son peones que hoy se ponen y mañana se quitan. Y, por lo tanto, es normal que tengan miedo y yo no lo justifico sino que lo condeno, pero es comprensible psicológicamente que en virtud de ese miedo intenten controlar aquello que les puede poner en peligro.

En La Plaza del Círculo elaboraron una serie de propuestas relacionadas con la calidad democrática hoy y una de ellas era la elaboración de un código ético del político con cargo público. ¿Qué recepción han tenido esas medidas? ¿Cómo han reaccionado los partidos?

La idea primigenia de La Plaza era generar puntos de encuentro sobre grandes temas sociales que posibilitaran esos puntos de acuerdo en los que pudieran estar todos los partidos. En las primeras reuniones hubo un consenso bastante general en que lo primero, aunque no estuviera en la agenda o en los fines iniciales de la iniciativa, era atender al funcionamiento de los partidos políticos y a las estrategias de toma de decisión en este país, lo que podríamos llamar la calidad democrática. Eso hizo que, en vez de atender enseguida debates de tipo temático como la vivienda, la sanidad o la educación, hubiera una aproximación previa a esa condición de posibilidad para que todo lo demás ocurra. Las respuestas no fueron claras y oscilaron entre la indiferencia y la poca atención mediática y política, pero creo que los partidos se lo tomaron en gran medida como un ataque. No ha tenido, en mi opinión, una recepción en el tono en el que se hacían esas propuestas, que era constructivo, democrático y plural. 

¿En qué momento están las relaciones con la Comunidad de Madrid después de la drástica reducción de su apoyo económico al CBA?

Tuvimos una comparecencia de nuestro presidente en la Asamblea de Madrid en la que fue muy duramente atacado tanto por Vox como por el PP y ahí no se mostró ningún espíritu de reconciliación. Por otro lado, últimamente hemos recibido un apoyo físico y sentimental bastante claro por parte del PP nacional.

¿Puede ser más explícito?

Sin entrar en detalles, hemos recibido cartas de [Alberto Núñez] Feijóo en el peor momento de la crisis y mensajes muy claros de la cúpula del partido, de Borja Sémper, de Jaime de los Santos... con una clara disconformidad del PP nacional con lo que estaba ocurriendo. También ha habido mucha presencia en nuestras inauguraciones, que antes no ocurría, y mucho entusiasmo del Ayuntamiento de Madrid con el Círculo de Bellas Artes, con la presencia del alcalde en muchísimas iniciativas nuestras y un apoyo incondicional del Ayuntamiento a todos nuestros proyectos cuando podría haberse desmarcado. Lo más enigmático fue la visita durante dos semanas seguidas de Isabel Díaz Ayuso, que vino en marzo a dos eventos externos: a una cátedra de ABC y a la inauguración del Salón de Arte Moderno durante ARCO. Llevaba muchos años sin venir y su actitud hacia nosotros, en privado y en público, en los discursos que hizo, fue extremadamente positiva, muy conciliadora. La conclusión a la que nos lleva esto es que el consejero [de Cultura, Mariano de Paco] ha hecho de esta batalla algo personal, lo cual nos entristece porque creemos que las personas deberían dejar a un lado sus convicciones personales y trabajar en virtud del bien común y de la resolución de los problemas, pero hay una absoluta cerrazón por su parte a solucionar esto. Nosotros tenemos voluntad de diálogo. Hemos vuelto a mandar los posibles proyectos susceptibles de financiación innumerables veces y no hemos recibido contestación positiva. Pero esperamos que este bloqueo, que se ha vuelto más personal que institucional, se pueda resolver en virtud de la conciencia generalizada que hay en la Comunidad de Madrid, el Partido Popular y el Círculo de Bellas Artes, de que este problema no tiene sentido y nunca debería haberse producido. Todos estamos a favor de solucionarlo menos el consejero, que no quiere porque no ha dado ningún paso en esa dirección. 

La temporada que viene, la programación del CBA va a girar sobre la idea de ilusión y seguramente ese eslogan coincida con el de algún partido que concurra a las elecciones generales.

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Probablemente, muy bien visto. Es la ilusión entendida como mentira, engaño y trampantojo y, por otro lado, como pasión y entusiasmo. El gran elemento central de la programación 2026-27 es la exposición El asalto de la ilusión, que hacemos en coproducción con el Centro Arts Santa Mónica de Barcelona y es extraordinaria, muy experiencial, con algunos de los mayores artistas del mundo, una exposición que te hace reflexionar de una manera muy física, muy corporal, transitando por estructuras o viendo la tramoya de esos trucos y engaños a los que estamos constantemente sometidos. También habrá una novedad que a mí personalmente me hace ilusión y es que después de 150 años del Baile de Máscaras de Carnaval y de casi 10 de la Noche de muertos, el año que viene, si todo va bien, tendremos una tercera fiesta en el Círculo: la de Midsommar, la fiesta de San Juan pero con un estilo nórdico. 

¿Se va a percibir ya en esta nueva temporada esa estrategia de decrecimiento que anunciaba al principio de esta conversación?

Por supuesto. Y para ser completamente franco, se debe en parte a la bajada de la financiación de la Comunidad de Madrid, pero también por la salud de los equipos. Vamos a pasar de nueve exposiciones a seis, de 15 conciertos de música clásica a diez y de ocho conciertos de jazz a siete. Vamos a prescindir, y es una pena, de algunas cosas escénicas que hacíamos, pero creo que esa visión del Círculo como lugar en el que pasa todo ya la tenemos y ahora tenemos que concentrarnos en la calidad.  

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