Cristina Rota: "Me niego a morir aceptando que nos han quemado la memoria o que nos han vencido"
"Este libro no va de mí, no lo hubiera escrito de ser así. Sí me parecía interesante dejar un alegato sobre mi generación y la de nuestros hijos", asegura a infoLibre Cristina Rota (La Plata, Argentina, 1945), que, por una vez y sin que sirva de precedente, abandona el universo de la interpretación y llega a las librerías con Una historia de teatro y resistencia (Grijalbo, 2026). Una autobiografía a su pesar: una memoria viva, fragmentaria, atravesada por la experiencia de la violencia, la pérdida y la reconstrucción
¿Qué le lleva a una a escribir unas memorias?
Fue un error [risas]. Esto fue por una editora de Penguin, Ana Pérez, que me mandó varios correos y yo dije: "¡Ay, no! ¿pero esto qué es? Ahora no tengo ganas, no tengo tiempo”. Al final contesté y quedamos, aunque yo, en mi cabeza, ya había dicho que no, porque me preguntaba: "¿Para qué unas memorias? ¿a quién le interesa eso?". Me parecía muy narcisista, no me interesaba. Pasó el tiempo y, sin embargo, me puse a escribir, porque yo escribo mucho para mí, por impulsos, para que no me quemen la memoria. De repente, empecé a asociar mi infancia y mi entorno con la infancia de Chéjov, con las diferencias con Singer y luego con Lorca, y empecé a pensar en un cuento de Cortázar, Lejana, y en hacer una reflexión sobre la historia de tantas mujeres y tantos hombres desde el principio de los tiempos.
¿Qué siente al mirar atrás y ponerlo por escrito?
Por un lado, como diría Chéjov, me resultaba muy doloroso, ya que el recuerdo y el túnel del tiempo es como si me clavaran un cuchillo en el estómago. Por otro lado, era alentador también sentir que de eso va el libro, en realidad, de eso hablé todo el tiempo y no me daba cuenta: de que todos vivimos bajo un mismo cielo. Después fui ordenando los impulsos y recordando mi infancia con aquel río de La Plata tan doloroso durante los años siguientes, las villas miseria, el campo, luego el cementerio del otro lado... Me acordaba mucho de Chéjov en Taganrog, donde él vivía, con ese puerto destrozado, como nosotros. Vas pensando en tantas historias, y en ese cuento de Cortázar en el que ella piensa todo el tiempo en esa otra tan lejana que se puso a recorrer el mundo para encontrarse con aquella otra desposeída, sumida en el hambre, la desesperación, y en el medio del puente se dan un abrazo y por fin las dos son una, y ella desaparece para convertirse en esa otra tan lejana. Me persiguió todo el tiempo este pensamiento doloroso y alentador, por lo que este libro trata en realidad de eso, de pasar por el corazón.
Impresionan los episodios de violencia y abuso sexual contra las mujeres en la infancia y la adolescencia. Y lamenta que no haya avanzado tanto el mundo como parece.
No ha avanzado tanto, no. Yo estaba más preparada por mi madre, que era mucho más avanzada. Por eso yo le llamo ricordis, que es renovar, renacer, volver a pasar por el corazón. Es una palabra muy delicada, ya que cordis quiere decir corazón y antiguamente se consideraba el corazón el centro de la memoria y los sentimientos. Se trata de que no te quemen la memoria, ni la remota ni la presente, porque gracias a la remota uno puede hoy, en el presente, elaborar y leer los indicios de los peligros que acechan nuestro tiempo, y a lo mejor, quizá, maybe, perhaps, intentar atajar los peligros del desamor, de la insolidaridad y la impiedad. Por eso digo que mi historia es la tuya, la de la otra y la de aquel tan otro. Porque todo depende de que miremos nuestras raíces, nuestra memoria, y a quién le debemos la gratitud que nos hace crecer como seres humanos.
¿A quién le tiene gratitud?
Yo le debo tanto a aquellos maestros y profesores a los que echaron de la universidad, que eran perseguidos y nos daban clases clandestinas. Eso es arriesgar la vida. Esas son de las cosas que más te enseñan.
Su papá me pidió que, si le pasaba algo, tratara de que los chicos no fueran unos tarados. Pues bien, no son tarados. Con eso he cumplido
¿Puede este libro, la memoria de Cristina Rota, ser un manual de activismo y resistencia para las nuevas generaciones y que comprendan la importancia de defender las democracias incluso con el cuerpo? Tenemos a líderes de ultraderecha negacionistas en todo el mundo, y en Argentina, concretamente, a Milei, negando las cifras de desaparecidos en las dictaduras. Qué importante es contar una vida que es la de tantos, como bien dice.
Me niego a morir aceptando que nos han quemado la memoria o que nos han vencido. Yo no quería hablar de mí, sino de toda esa generación y dejar testimonio de eso para que no nos quemen y no nos venzan. Aquí también se lucha mucho por la memoria, aunque no sé qué resistencia hay. A pesar de este hombre que acabas de nombrar, que es un narcisista innombrable, en Argentina se siguen destapando fosas y acaban de encontrar una en La Perla, en Córdoba, e iban ya por el cadáver número 15. Todo en una fosa común, al estilo Hitler, y se sigue trabajando por eso a pesar de ese presidente. Por eso digo que es no vencerte. Y yo creo que este libro es, definitivamente, un homenaje a toda mi generación, a mis maestros, a la lucha, a la resistencia de no entregarse a los mandatos de una dictadura que destroza las libertades y la cultura, y que en aquella época sumía en el hambre a las clases más empobrecidas. Y, cuidado, que asesinaba y aniquilaba indiscriminadamente a todo aquel que no pensara como ellos.
Gracias a la memoria uno puede hoy, en el presente, elaborar y leer los indicios de los peligros que acechan nuestro tiempo, y a lo mejor intentar atajar los peligros del desamor, de la insolidaridad y la impiedad
¿Nos encaminamos a cometer errores que ya se cometieron antaño? ¿Hemos dado por sentada la democracia?
Es que no se puede dar por sentado nada. Decía un gran maestro de psicología social, Enrique Pichon-Rivière, y también Ricardo Bauleo, que no existe lo obvio, que no hay que dar nunca las cosas por sentadas, ni aun en tu propio grupo, en tu propio entorno, en una clase, en la sociedad. No hay que darlas, hay que pelearlas siempre, porque está el oponente que te vence para aniquilarte. Ya decía Lorca que el teatro es una de las herramientas más útiles y más altas para el engrandecimiento de un pueblo, porque no sólo está el representarlo, está el escribirlo, y eso implica un compromiso enorme con la vida. También se enojaba mucho Chéjov con los que le mandaban guiones, y les decía: "Mire, vaya, viva, y luego vuelva. [risas[ Váyase a la India, váyase a la estepa, vea cómo vive la gente pobre y cómo sufren". Y él hacía lo mismo.
Menciona muchísimo a Lorca y a Chéjov en este libro.
Bueno, sí... Son dos amores. Además, se lo traspaso a los alumnos, aunque no solo ellos dos, por supuesto.
Hasta el último día de mi vida quiero dejar legado de gente que piensa, de hacer escuela de pensamiento
Resistencia y teatro son dos palabras que quedan muy bien juntas y explican, en este caso ya sí, una vida muy particular como la suya.
El teatro me salvó la vida. También la complicidad de mi madre en eso, porque era muy difícil en esa época, así como una educación que venía de Perón, donde teníamos teatro universitario profesional, actividades extra y coprogramáticas de música, de pintura... Yo trabajé en la universidad porque entré en el teatro universitario, y eso fue como tener una cosmovisión del saber de la época que no hubiera tenido de otra manera. Eso me permitió hacer una catarsis tan grande, porque ahí era todo el rato expresar lo que sentías y de la forma en que deseabas. Fue extraordinario.
Después de haber recordado y plasmado por escrito todos aquellos años, ¿qué diría que le sigue dando el teatro a día de hoy?
Ahora es diferente, pero es una resistencia, francamente. Me resisto a que se cumpla el designio de Orwell del neohabla, a que maten el lenguaje a través de las redes, a que se muera ese caminito de palabras que son los adjetivos y los adverbios. Me niego a la limitación del lenguaje y a morir aceptando que nos han vencido, y hasta el último día de mi vida quiero dejar legado de gente que piensa, de hacer escuela de pensamiento. Y el teatro es una de las cosas más grandes en ese aspecto, porque hay que saber mucha, mucha dramaturgia, mucha historia, mucha antropología, mucho del ser humano y tener mucho compromiso con la vida para saber qué te está pasando a ti y qué le pasa al otro. Esa grandeza que tiene poder ver al otro y tener piedad por ti y por él.
El familiar de un desaparecido queda herido para toda la vida, en un duelo permanente que no se resuelve nunca porque siempre está esperando
Da mucho que pensar la definición que hace de “desaparecido”: una persona que no está ni viva ni muerta, sino que tiene una tercera identidad, que muere todos los días y no muere nunca.
Todos los que desaparecieron a la gente en la dictadura estaban muy bien asesorados por psicólogos y sociólogos. Efectivamente, es una tercera identidad, no está ni vivo ni muerto, y así no se puede acusar a nadie, pero el familiar queda herido para toda la vida, en un duelo permanente que no se resuelve nunca porque siempre está esperando. Te puedo asegurar que eso es así por toda la gente que he conocido y por nosotros mismos.
Tras su llegada a España en 1978, cuenta también que le costó asumir que usted misma era una exiliada.
¿Sabes qué pasa? Que para mí llamarme exiliada, llamarnos exiliados a mí y a mis hijos, era un privilegio, un estatus que me daba vergüenza, como buscar respeto o aprobación. Por respeto a tanto desaparecido, torturado, violado, a tanto dolor de madres y padres, no pude nunca. Jamás dije que era exiliada ni comenté lo que me había pasado, la gente se fue enterando por otros exiliados, por amigos, pero no por mí. Igual que tenía mucha vergüenza de llorar, era como un permiso que me resultaba vergonzoso.
Llamarme exiliada era un privilegio, un estatus que me daba vergüenza. Por respeto a tanto desaparecido, torturado, violado, a tanto dolor de madres y padres, no pude nunca. Jamás dije que era exiliada
A pesar de todo el dolor, a partir de la mitad de la historia, las páginas del libro parecen reflejar cada vez más luz con los avances de la escuela de teatro en Madrid y el juicio a los dictadores en Argentina. ¿La lucha de toda una vida puede conseguir que entre la esperanza por alguna rendija?
Sí, Machado decía eso hacia el final de su vida, en el 37: "Quizás no nos hayan vencido, quizás a la larga nosotros seamos los vencedores". En el 85, verdaderamente, aunque Alfonsín estaba con las dos botas puestas a cada lado de sus orejas, se atrevió a llevar adelante un juicio que nadie sabía lo que le podía costar. El alegato final que hace el fiscal es un poema que escribe con Carlos Somigliana, un dramaturgo argentino maravilloso de los que no mataron. Que, por cierto, me enteré en el 85 de que estaba vivo, porque yo ya no sabía a quiénes de los nuestros habían matado y a quiénes no. Pero llegar ahí requirió mucha muerte y una gran lucha, porque, además, la reparación vino en 2004, pero se empezó en el 85. Fue muy reparador, pero, en fin, como ves, este libro no va de mí, no lo hubiera escrito de ser así.
El caso es que se supone que había dicho que no lo escribiría.
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Es que finalmente me llamaron y por supuesto que sí que había sido un sí, pero tácito. Yo nunca creí que había dado el sí y tuve que entregar lo que tenía, que eran cosas sueltas, pensamientos, impulsos... Y luego ya seguí escribiendo, porque sí me parecía interesante dejar un alegato sobre mi generación y la de nuestros hijos.
Es también un acto de justicia vital y poética poder asistir al estreno de Una noche sin luna, protagonizada por su hijo Juan Diego Botto, en el Teatro San Martín de Buenos Aires, donde tantos buenos ratos pasó con su marido desaparecido, Diego Botto. ¿Esa también es una reparación?
Sí. Y quizás sea una tontería, o arrogancia, pero siento que de alguna manera he cumplido con el padre de Juan Diego y María, y con todos aquellos compañeros y compañeras que lucharon conmigo, que tanto vivimos y sufrimos. Él me pidió que, si le pasaba algo, tratara de que los chicos no fueran unos tarados. Pues bien, no son tarados. Con eso he cumplido.