Una misión para el futuro

Rafael Espejo

La vida no fue sueño - Juan Carlos Abril

Pre-Textos. 2026

«Fueron la juventud y la leyenda. // Lejos quedan los días/ de la inmortalidad». Así, manteniendo su fidelidad al carácter mitológico que, en mayor o menor medida, ha trabajado en sus libros anteriores, Juan Carlos Abril consigue con La vida no fue sueño (Pre-Textos, 2026) la culminación de ese posicionamiento que persigue aprehender la realidad distanciándose de ella para asignarle un sentido, una interpretación entre emocional y estética. Parece haber tomado nota de sí mismo cuando respondía así a una pregunta de José Andújar Almansa en la antología Centros de gravedad (Pre-Textos, 2018): «La poesía no se comprende desde la racionalidad, hay que ir al sótano de las emociones. No podemos adentrarnos del todo en lo que desconocemos».

Pues bien, desde «red de túneles / del inconsciente», desde esa propensión al mito convierte al yo poemático de La vida no fue sueño en un personaje que emprende un viaje en busca de sí mismo: del que fue, del que es, del que será. Aunque para una lectura adecuada de este libro habría que obviar cuanto antes el tema de la identidad (tan compleja, por lo demás, que «una emoción no te define»). No creo que sea ese el leit motiv de este extenso poema en tres movimientos, por más que la primera persona con que arranca la trama pueda inducir a esa conclusión errónea, «torpes estereotipos/ para un autorretrato/ sin diálogo posible».

Dispuesto, como he apuntado, a modo de tríptico («Hacia el olvido», «Noche del arrepentimiento» y «Balanza de sombras), La vida no fue sueño narra el proceso de desaparición de alguien que discurre sobre todo lo que vivió («Adelante. Entra, entra en el sueño: / no hay demasiado excepto niebla») para proyectarse en un futuro en el que tampoco puede depositar una gran esperanza («Quise cambiar el mundo / y ahora sólo espero / salir de aquí con dignidad»). Es decir: viene de un pasado que «sorprendentemente no existe» y se adentra en un futuro incierto (cierto…) donde sólo espera que un día puedan distinguirse «entre falsas estrellas, las estrellas». Digamos que ese alguien escribe para salvarse. Confía en que sus versos le sobrevivan. Más incluso: confía en pervivir en el poema («No tengo pruebas, / pero tampoco dudas»).

Esa ambición ingenua, ese temor, esa desorientación y esa vulnerabilidad resultan de verdad emocionantes, una alegoría triste y bella de la existencia humana. «Estaba solo allí con mi bandera/ y la verdad».

Durante el recorrido (una especie de nebulosa formada por recuerdos, sueños y pensamientos) el personaje va perdiendo la voz e incluso la presencia, de modo que en la última parte de ese tránsito aparece desdibujado, casi fantasmal: sólo está en conciencia. Quizá ese desdoblamiento justifica el relevo de la primera a la segunda persona a partir del segundo movimiento. ¿O se trata de una injerencia del narrador, a la manera de Unamuno en Niebla? Porque otro de los grandes aciertos de este libro es su carácter dialógico, la conversación que el autor veladamente establece con algunos de sus maestros. El lector avezado encontrará ejemplos de intertextualidad salpimentados a lo largo de las páginas. Algo, por cierto, muy moderno y muy liberador: al fin se entiende que los homenajes en ningún caso deben ser tomados por deudas. Yo al menos agradezco que un autor (un poeta) no pretenda abrumarme con su catálogo de autoridades, exhibirse ante mí con los cien ojos del plumaje de un pavo real. Prefiero que en la búsqueda de su verdad se vislumbren momentos personales e inexplicables como este: «Tu boca abierta / y las palabras».

Sin ser la originalidad, a mi entender, un valor añadido a la creación poética, aquí Juan Carlos Abril asume riesgos que dignifican su apuesta. Desde la desobediencia métrica (una ruptura suave, aplicada con celo, que produce otra armonía, otra pulsión) hasta la propia arquitectura del libro, pasando por la superposición de planos. Así, La vida no fue sueño admite diferentes tipos de lecturas: narrativa, filológica, lírica, hermética, surrealista, creacionista e incluso metafísica. Quiero decir: es una obra disimuladamente compleja, por lo que cada cual podrá leer aquí un libro diferente, o varios libros a la vez.

Palabras a puñetazo limpio

Sea como sea, La vida no fue sueño transmite una emoción y una complicidad que no ha de pasar desapercibida al lector. A Juan Carlos Abril, ya desde su plena madurez creativa (y, sobre todo, desde su arraigada creencia en la poesía) no le tiembla el pulso para incluir efectos fonéticos («Lábil habilidad»), paradojas («Parece que desaparece») o equívocos («le he pedido al silencio / su lección de silencio») en un relato con tintes eminentemente dramáticos. La templanza y la sabiduría junto al carácter lúdico que todo poema debería transmitir. La valentía de reconocerse sombra y hacer con ello una broma: «Me miro en el espejo / y no veo nada».

Queda mucho por decir para hacer justicia a esta magna obra. Pero quédense con esto: La vida no fue sueño es, objetivamente, el mejor libro de Juan Carlos Abril. Hasta la fecha.

*Rafael Espejo es poeta y profesor de escritura creativa. Su último libro publicado es A la vuelta recogeré el camino. Poesía reunida (Milenio, 2025).

Rafael Espejo

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