Perdona, pero tengo que marcharme
En sus primeras fantasías con él, lo que Natalia se imaginaba era cómo le decía que no. A veces era en una situación espontánea, una noche de verbenas que se alargaba en la que ambos acababan lejos del resto y subían juntos la avenida de camino al barrio. Él estaba muy borracho, como siempre, y Natalia, que era más comedida, se desviaba unos pasos para acompañarlo. Óscar le ofrecía un piti antes de entrar al portal, pero en su lugar le daba un beso. Ella dejaba que sus labios sorprendentemente húmedos se posaran un segundo en los suyos y daba un paso atrás, riéndose, ¿qué haces?, no seas tonto. En otras, el asunto se enrevesaba: quedaban para ver una película en su casa a solas y Natalia (la Natalia de su propia fantasía) no pensaba nada raro, al fin y al cabo casi todo el mundo estaba de vacaciones, así que acudía sin sospechar nada, ni siquiera cuando él se sentaba demasiado cerca y le acariciaba la cintura, o quizás ahí sí, pero se decía que no era tan grave hasta que el roce era inequívocamente sexual y él intentaba besarla. Perdona, no sé qué me pasa, se disculpaba Óscar cuando ella daba un respingo, es que desde que comenzó el verano creo que… Calla, lo cortaba Natalia, levantándose. No pasa nada, pero sabes que no podemos. En otras versiones se quedaba a dormir: Óscar era un insomne crónico, de ahí venía (en teoría) su arcana relación con la marihuana. Bien visto, puede que ese fuera también uno de los primeros motores de sus ensoñaciones: Natalia sentía que comprendía a Óscar, un hombre indudablemente necesitado de comprensión, sentía que a él le vendría bien una chica como ella, que lo entendiera en sus oscuridades, pero también fuese capaz de hacer su vida un poco más liviana, a diferencia de la miríada de mujeres con las que se acostaba y con cuyas historias extravagantes entretenía a todo el grupo cuando quedaban los fines de semana. Juntos dormían bien, sus cuerpos se giraban sin importunarse en el sueño, Natalia le hacía casi toda la noche la cucharita y ambos se recreaban en un estupor perezoso que ella asociaba con las siestas sin sueños de su adolescencia después de haber hecho algo importante, como un examen. Por la mañana, ambos se resistían a abandonar las sábanas, aunque ambos tenían que trabajar, él le acariciaba el pelo y le contaba algún detalle absurdo de su infancia, de su perro Rodolfo, le besaba la frente cuando Natalia lo hacía reír y luego la intentaba besar en los labios. Tengo que marcharme, decía ella, y Óscar decía ¿En serio? e intentaba retenerla, y entonces Natalia se incorporaba y le recordaba que Jesús era uno de sus mejores amigos, que eran amigos mucho antes de que Natalia comenzara a salir con Jesús, hacía ya cuatro o cinco años, que era, en todos los sentidos, una mala idea. Óscar ponía la misma cara que debía poner su perro Rodolfo cuando exigía sobras de la mesa, pero la dejaba ir, porque era un chico sensible, razonable y bueno. Óscar era bueno, Natalia lo sabía aunque muchos no se dieran cuenta. Era bueno.
A veces dejaba que otras fantasías continuaran la primera, la de una noche durmiendo juntos sin que al final sucediera nada: fiestas en las que Óscar estaba mal y Jesús y ella lo acompañaban a casa y compartían un incomodísimo taxi, al menos para Natalia y Óscar. Nocheviejas en las que Jesús la besaba con el año nuevo y Óscar apartaba la mirada. Cumpleaños de Natalia en los que Óscar, para sorpresa de todos, se acordaba de llevarle un regalo. A mí lleva sin regalarme nada desde el instituto, se mofaba Jesús más tarde, ya a solas en casa con ella, No sé qué le habrá dado. En una de esas posibles continuaciones, Óscar y ella se acostaban en una noche en la que Natalia (contra su costumbre) se había drogado y la droga había nublado su juicio. Sabía cómo era su polla porque hacía un par de años la había visto, flácida y mojada, en uno de los festivales de verano al que acudieron todos los del grupo y compartieron un bungaló. Era capaz de imaginársela en todo su esplendor, cómo se sentiría dentro. Estaba circuncidado.
Lo cierto es que Natalia y Óscar habían compartido mucho tiempo aquel verano, y no siempre de noche, como solía suceder en su día a día. Aunque Óscar era poco proclive a utilizar el teléfono, se habían intercambiado algunos mensajes después de haber compartido una tarde de cine o piscina, de una noche de cervezas. Jesús apenas había estado aquel verano por Madrid, sus vacaciones de funcionario le permitían viajar sin límites, a diferencia de Natalia, que tenía que trabajar. Se llamaban todos los días, pero esas llamadas solían durar unos diez minutos, y también era verdad que Natalia se aburría, ella, que siempre decía necesitar más tiempo para sus aficiones: en la oficina se pasaba los días sin hacer nada, leyendo ebooks sin disimularlo; casi todo el mundo había huido de la ciudad y no renovaban ni las exposiciones ni la cartelera; los pocos que quedaban del grupo estaban hartos de verse las caras todas las tardes. Una de esas largas tardes de aburrimiento, Natalia le confió sus preocupaciones a Juan: creo que a Óscar le gusto, le dijo en el sofá mientras veían videoclips antiguos de Lady Gaga por puro aburrimiento. ¿En serio?, dijo Juan, y ella pasó a detallarle los motivos que la habían llevado a sospecharlo: le leyó algunos mensajes que habían intercambiado, le habló de aquel domingo en el que habían quedado para desayunar y al rato ella se había dado cuenta de que Óscar había ido de empalme. Pero ¿fuiste tú la que le dijo de desayunar?, quiso aclarar Juan, y Natalia asintió, pero solo lo había hecho porque Óscar, en una velada anterior, le había dicho que podían hacerlo, que llevaba mucho sin desayunar fuera de casa. Creo que está muy solo, dijo Natalia, y Juan asintió, dudoso. Puede ser. Pero no creo que sea nada, no te preocupes. O sea, puede que tontee contigo, concedió ante su silencio, pero solo como lo hace con cualquiera. No tienes por qué preocuparte, la tranquilizó, ni le vas a romper el corazón ni se va a poner pesado.
No creo que sea nada, confirmó Juan días después, cuando se marcharon de casa de María. Aquella noche Óscar y ella se habían pasado horas hablando a solas aprovechando que eran casi los únicos que fumaban, Natalia no había sabido cómo salir de la terraza, con las ganas que Óscar parecía tener de hablar con alguien de algo que no fuera tonterías del día a día o el nuevo disco de Bad Bunny. ¿De verdad no lo crees?, le insistió Natalia, y Juan le dijo que no, que de verdad no pensaba que tuviera de qué preocuparse. De hecho, creo que intentaba ligarse a la amiga de María, apuntilló Juan, y Natalia quiso explicarle por qué estaba segura de que no, pero ¿para qué? En su lugar, le escribió a Óscar para preguntarle si había llegado bien a casa y él le contestó enseguida y le pasó un vídeo del que habían hablado. Juan no se entera de nada, pensó Natalia, y por la noche se durmió con la fantasía en la que dormían juntos y él le hablaba del perro Rodolfo e intentaba besarla. Como no le había contestado a su último mensaje nocturno, lo saludó dándole los buenos días y preguntándole qué iba a hacer esa tarde. Tengo que ir a por unas cosas al Obramat, dijo él, quiero arreglar una cosa, y Natalia se ofreció a acompañarlo, a pesar de que iba a llegar justa de la oficina y el Obramat estaba en un barrio que le caía muy lejos. Le sorprendió que comprara esas cosas, un largo tablón de madera con algunos accesorios que subieron juntos a su casa. Óscar ya tenía el salón preparado para el bricolaje con algunas herramientas y papeles de periódico en el suelo, No hace falta que te quedes si te aburre, le dijo mientras ponía algo de música en un piso que no se parecía tanto al que Natalia había dibujado en sueños. Tenía sentido, apenas había estado ahí dos o tres veces, y siempre de after. Óscar pegó dos estantes de metal, cortó la madera y se la puso encima, como si fuese un aparador. No sabía que hacías estas cosas, valoró Natalia, que de verdad nunca jamás se lo habría imaginado. Tampoco la casa limpia, los pósters enmarcados o las ventanas con cortinas. Estudié escultura y trabajé muchos años en la tienda con mi padre, le explicó él. Ayúdame a recoger y te invito a una cerveza.
Sacó dos botellines de Alhambra muy fríos y un cuenco metálico con anacardos, pero no se sentó a su lado, terminó de recoger y puso el aparador en el que iba a ser su sitio, junto a la puerta. Creo que pondré mis vinilos ahí, le dijo cuando acabó, pero tampoco entonces fue al sofá, sino que le dio la vuelta a una silla y se sentó frente a ella, a casi dos metros. ¿Todo bien?, insistió entonces Óscar, Pareces preocupada.
Cuando regresó a su propia casa por la noche, Natalia se dijo que tenía que hacer algo para que la situación avanzara: o bien cortarlo todo de raíz o bien facilitar que ambos tuvieran por fin un momento. Por mucho que Óscar pareciera disfrutar de su compañía (como mostraba lo mucho que se había alargado la velada, algunas miradas de Comprensión Profunda después de haber tenido a la vez la misma ocurrencia, que hubiese tenido la casa tan limpia para su llegada), no se había acercado a ella ni un milímetro, de hecho se había acercado tan poco que resultaba sospechoso. Si le diera igual, si no pensara que necesitara protegerse de su propio deseo, no habría puesto tantas barreras, se dijo, igual que tampoco habría invocado tantas veces el nombre de Jesús.
Amores tormentosos, en TintaLibre de verano
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Aquella fue la primera noche en la que moduló un poco su fantasía: cuando dormían juntos y él le hablaba del perro Rodolfo (esa misma tarde habían compartido muchas anécdotas de infancia y adolescencia; Natalia había sentido con claridad que le habría encantado conocerlo en el instituto) y la besaba, se apartaba, sí, pero no decía simplemente Tengo que marcharme y se escapaba de un salto, sino que lo abrazaba y le pedía Perdón, Perdóname, yo también querría, pero… En ese camino de la fantasía, en el que Natalia reconocía su deseo, ambos se recreaban un poco de más en ese gris, el de dormir juntos en la cama, intercambiaban miradas sentidas en esa Nochevieja ficticia y en ese taxi ficticio e incómodo que compartían con un ignorante Jesús. Sus ensoñaciones le asustaron un poco, así que al día siguiente recurrió a Juan y le explicó que Óscar la había invitado a su casa, a solas. Fue raro, le aseguró. ¿Hizo algo raro?, quiso saber Juan. Bueno, no me parece tan grave, valoró su amigo cuando le resumió todo, incluso que él se había ofrecido a pedir una pizza cuando se acabaron los anacardos. Pero si te preocupa, prueba a no hablarle durante unos días. Si insiste mucho, sabremos.
Natalia siguió su consejo, en parte porque Jesús iba a pasar unos días por casa. Óscar no le escribió en ningún momento y la espera solo le resultó soportable mientras Jesús estaba en casa, entreteniéndola. Cuando se marchó, Óscar y ella llevaban casi ocho días sin coincidir ni enviarse un mensaje, y aún tardó cinco días más en ocurrir. Durante aquella semana larga, Natalia se lo había figurado muchas veces insomne con su porro, mirando su conversación y dudando si escribirle, como ella. Quizás piensa que Jesús sigue aquí, se le ocurrió una de esas noches de espera, y casi se muere del alivio: eso explicaba la falta de insistencia, aunque también abría una puerta angustiosa, la de imaginarse su sufrimiento callado y a la espera de migajas. Tengo que escribirle mañana yo, se dijo, y con ese pensamiento por fin se le cerraron los ojos.
*Sara Barquinero es autora de las novelas ‘Los Escorpiones’ (2024) y ‘La chica más lista que conozco’ (2026), ambas en Lumen.