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Verónica Barcina Téllez

El reloj traído de Suiza a finales de los 80 marca los tiempos en Casa Manolo: al quinto cu–cu de las cinco se barajan las fichas sobre el mármol y comienza la partida hasta las seis y media, con dos cu–cu sin asomar el pájaro por el ventanuco sobre la esfera horaria. Todas las tardes, a las cinco en punto, marcadas con precisión suiza, sale el seis doble.

Manolo, el dueño de la taberna y del reloj, tiene cinco cincos entre las manos y un yerno detrás de la barra desde que se jubiló hace diecinueve años. Su pareja de dominó es Antonio, tres años mayor que él, un veterano del maquis y del estraperlo. Manolo huyó a Suiza en el 58, en busca y captura por guardar en casa una imprenta vietnamita.

Ya no beben alcohol, sólo agua. Tampoco fuman, pero siguen controlando el movimiento de gente a su alrededor con el rabillo del ojo por puro vicio de supervivencia adquirido a lo largo de una vida clandestina. La tele de cincuenta pulgadas colgada en una pared del bar habla esa tarde de tráfico de mascarillas y de influencias. Antonio y Manolo se miran cómplices.

Las miradas y las muecas no tienen que ver con la partida, sino con las peligrosas travesías de Antonio, “Enrique” en la época en que ejercía de paquetero por los Pirineos cargando fardos de arpillera con libros, cartas, documentos falsos, joyas y de vez en cuando algunas pistolas y munición; una paliza y unos años de cárcel solía ser el peaje a pagar por quienes eran trincados por picoletos que no aceptaban unos billetes como soborno. Las miradas se pueden traducir como “están estos descubriendo la pólvora”.

Las fichas, golpeando la mesa a su izquierda para hacer saber que el jugador pasa, hacen volver a Antonio de los Pirineos y soltar el cuatro doble, no tiene otra que poner. Un mirón comenta que todos son iguales, que todos van a lo mismo; otro asiente con la cabeza mientras afirma que nadie irá a la cárcel y un tercero, treintañero, con la voz muy elevada y trabada, proclama que lo que hace falta en el país es mano dura. 

El golpe de la ficha en la mesa atrae la atención de toda la clientela. Manolo ha cerrado a cincos la partida pero no la bocaA ti te daba yo mano dura para que supieras de lo que estás hablando”. El gesto afirmativo de varias cabezas alrededor lo animan a continuar.

 “Los de la mano dura son los que provocan que estas cosas pasen, los defensores de la libertad de mercado como Ayuso, los defensores de que el Estado deje las manos libres a los empresarios como Feijóo y los que viven de paguitas públicas sin dar un palo al agua como Abascal. Ésos son los que piden mano dura, pero para los demás.

Los defensores de la libertad de mercado como Ayuso, los defensores de que el Estado deje las manos libres a los empresarios como Feijóo y los que viven de paguitas públicas sin hacer nada como Abascal son los que piden mano dura, pero para los demás

“¡Manolo! –tercia Antonio, haciendo otra mueca cuando lo mira–. ¿Qué pollas haces?, ¿Dónde vas con el dos cinco? ¡Que es un tres, coño! A ver si estás en lo que estás”. Manolo se dispone a remover las fichas para comenzar otra partida porque la recién cerrada en falso no cuenta.

Un tercer jugador, viendo que el de la “mano dura” permanece en su sitio esbozando una sonrisa retadora, comenta con sorna para que lo oiga todo el mundo: “Decía mi abuelo que muchas veces la inteligencia tira del carro y es el burro quien da los palos. España va para atrás que enciende”. El cuarto jugador sale pegando con la ficha sobre el mármol: “¡Blanca doble! ¡Como la cabeza de media España!”.

El cu–cu” suena tres veces sin que asome el pájaro por la ventana del reloj traído de Suiza tras una huida de la mano dura que tanta desgracia, horror y dolor trajo a España. El burro da media vuelta con los ojos inyectados y se dirige a la barra dejando que el carro siga su camino. Miguel, el yerno de Manolo, se le acerca por detrás del mostrador y le habla, también en voz alta: “Aquí, ni se te ocurra. Vete a otro sitio con la farlopa y la maría”. Otra media vuelta y la “mano dura” enfila el camino que conduce a la calle.

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Verónica Barcina Téllez es socia de infoLibre.

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