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Defender la Constitución española

Rafael Granizo

Igual que ayer, tras una elecciones, el partido mayoritario, el partido con mayores corruptelas sentenciadas en España ha vuelto a hacer de su capa un sayo. Si ayer, el señor Rajoy justificaba el rechazo a su programa electoral por la pésima gestión de su antecesor Zapatero, trayendo la reforma laboral y la subida de impuestos, hoy, apenas unos días tras las elecciones, ha vuelto a saquear, impunemente, la hucha de las pensiones, esto es, otros 8.700 millones del fondo de reserva de las pensiones contributivas.

Y como las vergüenzas no vienen solas hoy, amanecemos con la noticia de que una gestora se hará cargo del Partido Popular en Palma por vínculos con una red corrupta que, parece ser, no es la del propio partido con todo lo que ha llovido sobre él. “Acabar con todo”, esa y no otra parece ser la consigna del Partido Popular. Salarios paupérrimos, contratos basura, ley mordaza, la reforma del artículo 135, aniquilar el estado del bienestar, o ahora, desmantelar el Fondo de Reserva de las Pensiones es lo que toca, seguramente justificándolo con un nuevo adjetivo, un nuevo Zapatero de turno.

Junto a las incesantes esquelas del deterioro democrático que diariamente asoman en los medios de comunicación con corruptelas del partido ganador de las últimas tres elecciones y que, aún, tiene cerca de ocho millones de votos apoyando sus desmanes con fariseísmos impropios de sociedades avanzadas, le hacen a uno pensar en cómo proteger a una democracia, ya de pandereta, que éstos nuevos demócratas que arrasan abocándonos a un futuro desmoralizador. Cabe preguntarse si es legítimo e incluso democrático aceptar las urnas aún sabiendo que quien tiene que gobernar se dedica a la desmembrar la propia Constitución, aboliendo derechos constitucionales primarios de equidad y de igualdad.

La historia justifica esta aparente injusticia con casos como el de Hitler en Alemania, utilizando las vías democráticas para conseguir dictaduras frente a sus ciudadanos. Hoy, en España, ya nadie piensa que todos somos iguales ante la ley, que tenemos los mismos derechos y privilegios, ni siquiera lo piensan los que han votado al Partido Popular, porque a ellos, esto de la democracia, véase sus votos, siempre les ha importado un bledo. Ya se ha dicho muchas veces que los que jalean a este partido jalean igualmente y en la misma dirección el empobrecimiento democrático frente a la indignación de nobles ciudadanos. Acudo a este adjetivo “nobles” porque hasta ellos mismos, los que han votado a un partido corrupto, saben, por mucho que lo escondan que es un adjetivo donde se puede vivir.

Hoy la tan pobre, y ya muy vieja, Constitución no deja de ser un mero enunciado más de un grafiti; parece aparcada frente a un brasero ajena a todo lo que pasa, como esas mujeres, ya ancianas, que parecen molestar en casa después de haberte dado la vida. ¿Cómo defenderla pues de estos desmanes, nos preguntamos los, aún, constitucionalistas? ¿Cómo se puede defender, semejante señora con loas a la corrupción y al saqueo, aunque sea en forma de voto? ¿Acaso es permisible que un país se pueda permitir por mayoría vivir corruptamente? Es la propia Constitución quien debe defenderse de estos abusos, vistiéndola con librea que repela ataques que mine la moral de su propio pueblo. ¿Cómo? Deben ser los políticos quien busquen recursos para ello y no para ellos, como lo han estado haciendo. Si la grandeza de la Constitución está por encima de los partidos, ¿por qué no blindarla frente a éstos?

Si la Constitución es la casa común de todos y nos protege a todos por igual, tanto a los unos como a los otros, a excepción de la Casa Real, ¿por qué no la protegemos frente a mayorías que buscan nocivas artimañas para deslegitimarla convirtiéndola en adúltera? Por todo lo dicho lo único que parece claro es que los ciudadanos y los partidos caminan por rumbos diferentes. Unos buscando derechos y libertades que los iguale; los otros beneficios que los distinga. Da igual si son nuevos o viejos, lo hemos visto en estas dos últimas elecciones. Los viejos partidos a lo suyo, incluso, buscándose como dos enamorados; los nuevos, innovando postureo, los de Albert mostrando el mismo ADN con tintes más joviales para ucedizar el PP, el de Pablo Iglesias convertido en un fauno absolutamente perdido en su laberinto, tan perdido que tan solo le hizo falta un día para tirar todo lo conseguido por tierra, tras la gran cosecha de votos de diciembre con su apuesta por el referéndum catalán, frente a la indignación social que fue lo que ocurrió realmente durante el 15M. Tergiversar un hecho tan relevante en la historia de España ya es una mezquindad.

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Señor iglesias, en ninguna plaza se habló de dicho referéndum como prioridad, había indignación social por los desmanes de los políticos con sus políticas, como así lo manifestásteis en vuestra propia campaña electoral. ¿A qué viene dar prioridad a un hecho secundario como es el referéndum frente a la indignación? ¿Qué es de la emergencia social a la que tanto aludisteis? ¿Quizás refrendando vuestro mesianismo con la puesta en escena de El adefesio de Alberti, queriendo suplantar al Che Guevara bajando del asalto al cielo y ofreciéndose poco menos que una ristra de ministerios y cargos al mejor estilo far west de John Wayne? Ristra que muchos de sus votantes, entre los que me encuentro, la han convertido en ajos, para luchar contra el mal fario de su joven mesías, hoy ya abocado a ceder su sitio en el cielo. Permítanme ya para terminar esta ristra de palabras, alentar a la defensa de la democracia con una Constitución que se proteja tanto de las veleidades de los partidos políticos, como de los mecenas salvadores de patrias. Ya lo decía Roosevelt: “Una democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia”, aunque solo sea por ser ella. La Constitución española es hasta el momento, aunque parezca papel mojado, la única que nos protege, nos iguala y nos respeta al común de los ciudadanos de este país llamado España.

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Rafael Granizo es socio de infoLibre

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