Librepensadores

La estrella que siempre estuvo ahí

Carlos Solsona

Bowie sabía que Blackstar era su testamento: la oscuridad de su simbología (ésta jamás era baladí cuando se trataba de él), su temática melancólica, y, sobre todo, las constantes evocaciones al Scott Walker más perturbador, nos hacia sospechar que más pronto que tarde la estrella se fundiría en negro. Bowie decidió hacer uno de sus mejores y más desgarradores álbumes para despedirse de su público. Pocos pueden ponerle música tan lúcidamente a su propia muerte.

A Mercury tuvo que ayudarle Brian May, y aun así tuvimos una de las más emotivas despedidas jamás escritas. Johnny Cash, para decirnos adiós, hizo suya una canción de uno de los más célebres bowiefilos (Trent Reznor) y le añadió un testamento visual a modo de videoclip. Otros relataron fríamente su suicidio (Adrian Borland) o evidenciaron su falta de aliento en clave de desamor (Gene Clark), pero nadie convirtió ese momento en algo tan bello como él.

Con la muerte de Bowie se cierra una página en la historia de la música, página que ya nadie más podrá abrir. Él era un género en sí mismo, fue avant la lettre en prácticamente todo. Inspiró a la gran mayoría y se dejó iluminar por otros muchos. En su virtuosa (y camaleónica, en el buen sentido) adaptación a las tendencias musicales embrionarias en cada momento, Bowie siempre se mantuvo a la vanguardia y apostó por su eclecticismo innato, marcando con ello el estilo que las definirían y acuñarían. Cuando los Beatles se bajaron de la furgoneta, Bowie estaba testeando los motores desde la cabina del Major Tom. Cuando Andy Warhol molestaba hasta al más moderno de los visitantes de su Factory, Bowie molestaba (y mucho) a Warhol escribiendo una canción sobre él. Supo reírse amistosamente del mismísimo Marc Bolan y con ello su imagen se hizo inseparable del concepto de Glam Rock. Y lo mejor de todo aquello es que lo consiguió sin caer en lo patético y siendo capaz de marcar el rumbo de todos y cada uno de los estilos que transitaba, llevándose siempre por parte de sus iconos una devoción sincera.

Pero, sobre todo, Bowie supo apostar como nadie por sus compañeros de viaje, apostó y se convirtió en el Tarantino de la música, no por su gusto por el pop, sino por ejercer de rey de las segundas oportunidades, atreviéndose a recoger del vertedero a artistas que, o bien se habían pasado de moda, o bien de farlopa. Sin Bowie, probablemente jamás tendría el presente constancia de figuras tales como Iggy Pop o Lou Reed. De las ruinas de Velvet Underground y The Stooges, Bowie fue capaz de rescatar a dos almas en pena que vagabundeaban por las calles de Nueva York en busca de heroína. Bowie, como podría relatar una de sus últimas canciones y su particular adiós, Lazarus, fue capaz hacer resucitar a esos dos iconos y catapultarlos hacia la gloria que hoy merecen. Poco se habla del papel decisivo que tuvo David Bowie en el Transformer y el Lust for Life. Las malas lenguas dicen que los compuso prácticamente enteros como acto de amistad, aunque todos creamos que fueron ellos. Cada vez que escuchéis los coros del muy tarareado estribillo de The Passenger, fijáos de ahora en adelante en la voz de Bowie de fondo, ya no volverá a sonar igual.

En fin, el 10 de enero fue un día muy triste para los que amamos la música y pecamos de cierta mitomanía. Es inmundo sentirse triste por una persona que no tuvo dificultades durante toda su vida al mismo tiempo que hay miles de personas muriendo en las cunetas sin que nadie llore por ellos. Lo sé, pero también es cierto que el individuo romántico del que estamos hechos cada uno de nosotros tiende a focalizar su atención en lo irrepetible. Es cierto que el sentimiento mitómano puede llevar al fascismo, que hay un aura perversa detrás de toda esta multitud de elegías. Pero, al fin y al cabo, en lo que a las pasiones se refiere el corazón acaba siendo rehén. No puedo ocultar que estoy muy triste por la noticia, aunque me la esperara. Mi verborrea no tiene otro sentido aquí que tratar de homenajear algunos aspectos de ese grandioso ser que se acaba de despedir de nosotros magistralmente.

Nunca habrá nadie como él. Bowie fue único. Una leyenda, no solo por lo que representó si no por lo que hizo y por lo que nunca sabremos si hizo, pues el misterio siempre formó parte del Duque Blanco.

Adiós, David Robert Jones. 

"This way or no way

You know I'll be free

Just like that bluebird

Now, ain't that just like me?" (Lazarus). 

Carlos Solsona es socio de infoLibre

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