Librepensadores

Europa en guerra

Dos detenidos este martes por la policía en el barrio de Vallecas, Madrid.

José M. Marco Ojer

Es evidente que los primeros responsables de los atentados son los que disparan, los que ponen las bombas y quien de forma directa les apoya dándoles información o prestándoles infraestructura. No son menos responsables quienes con sus ideas radicalizan a estos jóvenes para que se inmolen en nombre –en este caso– de Alá.

Es evidente también que este tipo de acciones merece el rechazo más absoluto y la acción de las fuerzas de seguridad para evitar nuevos atentados.

Por otra parte, es normal que nos influya y sintamos más la muerte de nuestros vecinos franceses que la de otras víctimas lejanas con las que en principio tenemos pocas vinculaciones –aunque esto no excusa nuestra a veces total indiferencia–. Pero esta cercanía, nosotros también fuimos víctimas de los atentados yihadistas, puede cegarnos a la hora de hacer un análisis más objetivo que vaya más allá de la reacción inicial y visceral: nos atacan luego bombardeamos.

Los fanáticos no necesitan excusas objetivas, si no las hay se las buscan. Pero esto no quita que además de aplicar medidas policiales hagamos un análisis de nuestros actos para aprender de nuestros errores.

Si nos remontamos unos años, podemos plantearnos por qué después de la guerra de Irak aumentó el terrorismo islámico, podemos pensar que las intervenciones en estos países han traído consecuencias que fuimos incapaces de predecir y que han complicado todavía más la situación. En la actualidad podemos preguntarnos de dónde proceden sus armas y municiones, quién compra el petróleo que producen y con el que se financian –según Putín varios países del G20 lo compran– o podemos pensar si no pueden evitarse las donaciones particulares que reciben de acaudalados partidarios de Arabia Saudí, Quatar o Kuwait.

Desde un punto de vista más social, podemos pensar por qué musulmanes moderados o incluso personas no musulmanas se acaban radicalizando y uniendo a estos grupos. El Consejo de Seguridad de la ONU calcula que 25.000 extranjeros se han unido como combatientes a Al Qaeda o al Estado Islámico.

Habría que pensar en la influencia que tiene la enorme desigualdad entre nuestros países y los suyos, y si nuestra contacto ha servido para aumentar su desarrollo -su educación en principios como la libertad o la tolerancia- o si por el contrario el contacto con los países occidentales ha causado justo el efecto contrario.

Tendríamos que pensar por qué los hijos de los emigrantes no se han integrado en la sociedad en la que incluso han nacido y continúan siendo considerados emigrantes, con el agravante de que también son considerados ajenos en el país de origen de sus padres; quedándoles exclusivamente como referencia, como grupo en el que estar integrados, su religión.

Es verdad que son culturas muy diferentes a las occidentales, pero también es verdad que se ha tendido a mantenerlos en “guetos”: suburbios marginales con un alto porcentaje de población musulmana, marginados de la sociedad autóctona en la que debieran integrarse.

Muy afectados, los jefes de los Gobiernos occidentales no son capaces de ponerse de acuerdo en una política unitaria y la única respuesta hasta ahora ha sido más aviones y más bombas entrando en una dinámica difícil de romper y en la que los que más sufren son los civiles de ambos lados que ni entran ni salen en las políticas de sus gobiernos: 132 ahora en París, 191 en el atentado de los trenes en Madrid, 3.000 en los atentados del 11-S, al menos 100.000 en la guerra de Irak, 220.000 en la guerra de Siria –el 27% menores de edad–.

Civiles que aquí acabamos conociendo con nombre y apellidos, si tenían hijos y sus planes de futuro. Pero que cuando son de allí los llamamos daños colaterales, daños colaterales con familias y vecinos que si no lo eran se radicalizan y que acaban creyendo que más guerra, más atentados, solucionarán el problema.

José M. Marco Ojer es socio de infoLibre

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